Hasta ahora he tratado sólo de un sector de Melanesia y naturalmente las conclusiones a que he llegado tienen un alcance limitado. Estas conclusiones, sin embargo, están basadas en hechos observados por un método nuevo y han sido consideradas desde un nuevo punto de vista con objeto de estimular a otros observadores a seguir una línea de estudio similar en otras partes del mundo. Resumamos el contraste que hay entre los puntos de vista corrientes sobre este tema y los hechos aquí presentados. En la moderna teoría antropológica del derecho se afirma universalmente que todas las costumbres son ley para el salvaje y que éste no tiene más ley que sus costumbres, al mismo tiempo que obedece automática y rígidamente todas las costumbres por pura inercia. Por lo tanto, no hay derecho civil ni su equivalente en las sociedades salvajes. Los únicos hechos relevantes son ocasionales infracciones en desafío de las costumbres —los delitos—. No hay mecanismo decisión de las reglas primitivas de conducta excepto el castigo del delito flagrante. La antropología moderna ignora, y aun a veces explícitamente niega, la existencia de normas sociales de ninguna clase o de motivos psicológicos que hagan obedecer al hombre primitivo y cumplir con cierta clase de costumbres por razones puramente socia-les. Según Hartland y todas las demás autoridades, sanciones religiosas, los castigos sobrenaturales, la responsabilidad del grupo y la solidaridad, el tabú la magia son los principales elementos de la jurisprudencia en las sociedades salvajes. Como he indicado más arriba, todos estos argumentos son o bien simplemente falsos o sólo parcialmente ciertos, o por lo menos puede decirse que colocan la realidad de la vida nativa en una falsa perspectiva. Quizá no sea ya necesario seguir arguyendo que no hay hombre, por "salvaje" y "primitivo" que sea, que actúe contra sus propios instintos, u obedezca sin saberlo una ley que astutamente se siente inclinado a eludir o voluntariamente a desafiar; o que actúe espontáneamenteen forma contraria a todos sus apetitos e inclinaciones. La función fundamental del derecho es contener ciertas propensiones naturales, canalizar y dirigir los instintos humanos e imponer una conducta obligatoria no espontánea; con otras palabras, asegurar un tipo de cooperación basado en concesiones mutuas y en sacrificios orientados hacia un fin común. Una fuerza nueva, diferente de las inclinaciones innatas y espontáneas, debe estar presente para que esta tarea se lleve a cabo. A fin de hacer que esta crítica negativa sea concluyente, hemos presentado un caso concreto para mostrar los hechos del derecho primitivo tal como son y hemos mostrado en qué consiste la naturaleza obligatoria de las reglas jurídicas primitivas. El melanesio de la región que aquí tratamos siente incuestionablemente el mayor respeto por las costumbres de su tribu y la tradición como tal. De ese modo se puede conceder mucho a las viejas teorías discutidas. Todas las reglas de su tribu, triviales o importantes, agradables o pesadas, morales o utilitarias, son consideradas por él con reverencia y sentidas como obligatorias. Pero la fuerza de la costumbre, el atractivo de la tradición por sí solos no serían bastante para contrarrestar las tendencias del apetito, la codicia o los dictados del interés personal. La mera sanción de la tradición — el conformismo y el conservadurismo del "salvaje"— opera a menudo y opera sola en la imposición de usos y costumbres, así como en la conducta pública y privada en todos los casos donde son necesarias algunas reglas para establecer el mecanismo de la vida común y la cooperación junto con procederes ordenados —es decir, opera donde no hay necesidad de chocar con el interés personal y la inercia, ni de hostigar a acciones desagradables o detener propensiones innatas. Hay otras reglas, dictados e imperativos que requieren y tienen su tipo especial de sanciones además del mero atractivo de la tradición. Los nativos de la parte de Melanesia que hemos descrito tienen que ajustarse, por ejemplo, a un tipo de ritual religioso muy estricto, especialmente en entierros y en lutos. Hay también imperativos de conducta entre parientes. Y finalmente hay la sanción del castigo tribal ocasionado por una reacción de cólera e indignación de toda la colectividad. La vida humana, la propiedad y, por último, aunque no menor en importancia, el honor personal, están salvaguardados, en una comunidad melanesia, por esta sanción del castigo tribal, lo mismo que instituciones tales como jefatura, exogamia, rango y matrimonio, que desempeñan un papel principalísimo en la constitución de sus tribus. Cada clase de reglas mencionadas se distingue de las restantes por sus sanciones y por su relación con la organización social de la tribu y de su cultura. Estas reglas no forman esa masa amorfa de usos de la" tribu o "conglomerado de costumbres" del que tanto hemos oído hablar. Esta última categoría, las reglas fundamentales que salvaguardan la vida, la propiedad y la personalidad forman la clase que se puede describir como "derecho penal", muy a menudo exagerada por los antropólogos y falsamente asociada con el problema de "gobierno" y "autoridad central" e invariablemente arrancada de su contexto propio de otras reglas jurídicas, ya que —y aquí llegamos al punto más importante de todos— existe una clase de reglas obligatorias que regulan la mayoría de los aspectos de la vida de la tribu y las relaciones personales entre parientes, miembros del mismo clan y de la misma tribu, que fijan las relaciones económicas, el ejercicio del poder y de la magia, el estado legal de marido y mujer y de sus respectivas familias. Éstas son las reglas de una comunidad melanesia que corresponden a nuestro derecho civil. No hay sanción religiosa a estas reglas, ni miedo, supersticioso o racional, que las haga cumplir, ni castigo tribal en caso de que alguien las infrinja, ni siquiera el estigma de la opinión pública o de la censura moral. Ahora pondremos al descubierto las fuerzas que hacen cumplir estas reglas y veremos que no son simples, pero sí claramente definibles, que no pueden describirse con una sola palabra o concepto, pero son muy reales de todos modos. Las poderosas fuerzas compulsivas del derecho civil de Melanesia hay que buscarlas en la concatenación de las obligaciones, en el hecho de que están ordenadas en cadena de servicios mutuos, un dar y tomar que se extiende sobre largos períodos de tiempo y cubre amplios aspectos de interés y actividad, añadiéndose a todo esto la forma conspicua y ceremoniosa como tienen que cumplirse la mayor parte de las obligaciones legales. Esto es efectivo porque afecta a la unidad y al amor propio, y al deseo de autoafirmación y ostentación de la gente. Resulta, pues, que el poder compulsivo de estas reglas procede de la tendencia psicológica natural por el interés personal, de la ambición y de la vanidad puestas en juego por un mecanismo social especial dentro del cual se enmarcan estas acciones obligatorias. Con una "definición mínima" del derecho, más amplia y más elástica, no hay duda alguna de que se descubrirán nuevos fenómenos legales del mismo tipo que los encontrados en el noroeste de Melanesia. No hay duda de que las costumbres no se basan sólo en una fuerza universal, indiferenciada y ubicua, la inercia mental, aunque ésta existe indudablemente y añade su parte a las otras compulsiones. En todas las sociedades debe haber una clase de reglas que son demasiado prácticas para ser apoyadas por las sanciones religiosas, demasiado gravosas para ser dejadas meramente a la buena voluntad y demasiado personalmente vitales para los individuos para que cualquier instancia abstracta pueda hacerlas cumplir. Éste es el terreno de las reglas jurídicas y me aventuro a predecir que se encontrará que la reciprocidad, la incidencia sistemática, la publicidad y la ambición serán los factores principales en el aparato vinculador del derecho primitivo.
SEGUNDA PARTE EL CRIMEN PRIMITIVO Y SU CASTIGO
I LA INFRACCIÓN DE LA LEY Y EL RESTABLECIMIENTO DEL ORDEN
Se encuentra en la naturaleza misma del interés científico, que no es más que curiosidad depurada, el que éste se dirija más fácilmente hacia lo extraordinario y sensacional que hacia lo normal y corriente. Al principio, en una nueva línea de investigación o en una rama de estudio todavía joven, es la excepción, la aparente violación de la ley natural lo que atrae la atención y conduce gradualmente al descubrimiento de nuevas regularidades universales, puesto que — y aquí nos encontramos con que en esto estriba la paradoja de la pasión científica — el estudio sistemático sólo se ocupa de lo milagroso para transformarlo en natural. A la larga, la ciencia construye un universo bien regulado, basado en leyes generalmente válidas, impulsado por fuerzas definidas que todo lo penetran y ordenado de acuerdo con unos pocos principios fundamentales. Ésto no quiere decir, claro está, que la ciencia tenga que barrer del reino de la realidad los portentos, la aventura de lo maravilloso y lo misterioso cuando precisamente la mente filosófica se mantiene en marcha gracias al deseo de nuevos mundos y nuevas experiencias, y la metafísica nos atrae con la promesa de una visión que está más allá del borde del más lejano horizonte. Sin embargo, en el ínterin, la disciplina de la ciencia ha cambiado el carácter de curiosidad, la apreciación de lo que realmente es maravilloso. La contemplación de las grandes líneas del mundo, el misterio de datos inmediatos y fines últimos, el ímpetu sin sentido de la "evolución creadora" hacen que la realidad sea suficientemente trágica, misteriosa y cuestionable para el naturalista o estudioso de cultura si se detiene a reflexionar sobre la suma total de sus conocimientos y contempla sus límites, pero para la mente científica madura no pueden existir ya las emociones de un accidente inesperado ni la sensación aislada de nuevos paisajes aislados en la exploración de la realidad. Cada nuevo descubrimiento es sólo un paso más en el mismo camino, cada nuevo principio extiende o desplaza nuestro viejo horizonte. La antropología, que es todavía una ciencia joven, está ya en camino de liberarse del yugo del interés precientífico, aunque ciertas tentativas recientes de ofrecer soluciones extremadamente simples, a la par que sensacionales, a todos los enigmas de la cultura están todavía dominadas por la pura curiosidad. En el estudio del derecho primitivo podemos percibir esta sana tendencia en el reconocimiento gradual, pero firme, de que el salvajismo no está regido por estados de humor, pasiones y accidentes, sino por la tradición y el orden. Incluso así todavía queda algo del viejo interés "sensacionalista" en la excesiva acentuación de la injusticia criminal y en la atención dedicada a las infracciones del derecho y a su castigo. El derecho en la antropología moderna es todavía casi exclusivamente estudiado en sus usos singulares y sensacionales, en casos de crímenes horribles seguidos de venganza tribal, en descripciones de brujería criminal y las represalias a que ésta da lugar, en incesto, adulterio, violación de tabúes o asesinato. En todo esto, además del atractivo dramático de los incidentes, el antropólogo puede, o cree que puede, reconstruir algunos aspectos asombrosos, inesperados y exóticos de la ley primitiva: una solidaridad trascendente del grupo de parientes que excluye todo sentimiento de interés personal; un comunismo jurídico y económico; sumisión perfecta a una ley de la tribu rígida e indiferenciada.
(11 Así, Rívers habla de un "sentimiento de grupo del sistema de clan con su acompañamiento de prácticas comunistas" que se supone existente en Melanesia, y añade que para tales nativos el "principio de cada hombre por sí mismo está más allá de su capacidad de comprensión" (Social Organization,p. 170). Sidney Hartland se imagina que en las sociedades salvajes "el mismo código en el mismo Divino Nombre y con igual autoridad puede formular las regulaciones necesarias para las transacciones comerciales y las relaciones conyugales más íntimas, así como para un complicado y espléndido ceremonial de adoración divina" (Primitive Law,p. 214). Ambas manifestaciones conducen a error. Compárense, también, las referencias de la Primera Parte, Capítulos I y X.
Como reacción contra el método y los principios que acabo de exponer, he tratado de abordar los hechos del derecho primitivo en las islas Trobriand desde el otro extremo. He empezado con la descripción de lo ordinario, no de lo singular; de la ley obedecida y no de la ley quebrantada; de las corrientes permanentes en su vida social y no de sus tempestades ocasionales. De la relación expuesta he podido llegar a la conclusión de que contrariamente a las teorías mejor establecidas, la ley civil — o su equivalente salvaje — está extraordinariamente bien desarrollada y regula todos los aspectos de la organización social. Encontramos también que se distingue claramente — y así la distinguen los nativos — de las otras formas de conducta, ya sean éstas las de la moral, las costumbres, las reglas del arte o los mandamientos religiosos. Las reglas de su derecho, lejos de ser rígidas, absolutas o dictadas en nombre de Dios, están mantenidas por fuerzas sociales que se estiman racionales y necesarias, elásticas y adaptables. Lejos también de ser exclusivamente una cuestión de grupo, sus derechos y sus deberes son principalmente de la incumbencia del individuo, que sabe perfectamente bien cómo cuidar sus intereses y comprende que tiene que cumplir con sus obligaciones. En realidad, vemos que la actitud del nativo respecto del deber y el privilegio es muy parecida a la de una comunidad civilizada — hasta el extremo de que no sólo estira la ley, sino que también a veces la quebranta —. Si sólo mostrásemos las reglas en perfecto funcionamiento, si el sistema sólo se describiese en buen equilibrio, presentaríamos un aspecto muy parcial del derecho en las Trobriand. Repetidamente he indicado que la ley funciona sólo muy imperfectamente, que hay muchas imperfecciones y fallos. La descripción completa de los aspectos criminales y dramáticos es necesaria aunque, como ya he dicho, estás cuestiones no deben ser exageradas. Hay asimismo una razón más por la que debemos estudiar de cerca la vida nativa en desorden. Encontramos que en las islas Trobriand las relaciones sociales están gobernadas por un número de principios legales. El más importante de éstos es el derecho matriarcal, que establece que el niño está corporalmente relacionado y moralmente ligado por parentesco con su madre y con ella solamente. Este principio gobierna la sucesión en la categoría social, el poder y las dignidades, la herencia, los derechos de propiedad sobre terrenos, de ciudadanía local y de pertenencia en calidad de miembro al clan totémico. El statusentre hermano y hermana, las relaciones entre los sexos y la mayor parte de su intercambio social particular y público están definidos por reglas que forman parte del derecho matriarcal. Los deberes económicos de un hombre para con su hermana casada y su familia inmediata constituyen un aspecto extraño e importante de este derecho. Todo el sistema está basado en la mitología, en la teoría nativa de la procreación, en algunas de sus creencias mágico-religiosas y penetra todas las instituciones y costumbres de la tribu. Pero al lado del sistema jurídico matriarcal, por así decir en su sombra, hay otros sistemas menores de reglas legales. El derecho matrimonial que define el statusde marido y mujer, con sus arreglos patrilocales y con su limitada, pero clara, concesión de autoridad al hombre, además de potestad sobre su mujer e hijos en ciertos asuntos específicos, está basado en principios jurídicos ajenos al derecho matriarcal, aunque en algunos aspectos está entrelazado con ellos y ajustado a ellos. La constitución de una comunidad de poblado, la posición de su jefe y de su distrito, los privilegios y deberes del mago público — todos ésos son otros tantos sistemas jurídicos independientes. Ya que sabemos que la ley primitiva no es perfecta, surge el problema: ¿cómo se conduce este cuerpo compuesto de sistemas bajo circunstancias apremiantes? ¿Es que cada sistema está bien armonizado dentro de sus propios límites? Y, lo que es más, ¿es que tal sistema se mantiene dentro de sus límites o tiene tendencia a invadir terreno ajeno? Una vez más tenemos que recurrir a los elementos criminales, desordenados y desleales de la comunidad para que nos proporcionen el material necesario para responder a estas preguntas. Así, pues, en lo que ahora vamos a exponer — lo que haremos concretamente y con cierto detalle— tendremos presentes los problemas principales que aún no están solucionados: la índole de los actos criminales y del procedimiento jurídico en sus relaciones con el derecho civil; los factores principales que han desempeñado un papel activo en restablecer el equilibrio perturbado; las relaciones y los posibles conflictos entre los diversos sistemas de la ley nativa. Mientras estuve en las Trobriand dedicado de lleno al estudio sobre el terreno de los nativos de allí, siempre viví entre ellos, planté mi tienda de campaña en su poblado y de esta manera estuve siempre presente en todo lo que ocurría, ya fuese trivial o importante, monótono o dramático. El suceso que ahora voy a relatar ocurrió durante mi primera visita a las islas Trobriand a los pocos meses de haber empezado mi trabajo de estudio sobre el terreno en el archipiélago. Un día, un súbito coro de gemidos y una gran conmoción me hicieron comprender que había ocurrido una muerte en algún lugar de la vecindad. Me informaron que Kima'i, un muchacho conocido mío, que debería tener unos dieciséis años, se había caído de un cocotero y había muerto. Inmediatamente me trasladé al poblado más próximo, que es donde había ocurrido el accidente, y allí me encontré con que los actos mortuorios estaban ya en pleno desarrollo. Como éste era el primer caso de muerte, duelo y entierro que yo presenciaba, en mi interés por los aspectos etnológicos del ceremonial me olvidé de las circunstancias de la tragedia, a pesar de que en el poblado ocurrieron simultáneamente uno o dos hechos singulares que debieran de haber despertado mis sospechas. Descubrí que, por una coincidencia misteriosa, otro muchacho había resultado herido de gravedad, al mismo tiempo que en el funeral se percibía claramente un sentimiento general de hostilidad entre el poblado donde el muchacho había muerto y aquel donde se había trasladado el cadáver para proceder a su entierro. Sólo mucho más tarde pude descubrir el verdadero significado de estos acontecimientos: el muchacho se había suicidado. La verdad es que había quebrantado las reglas de exogamia y su compañera de delito era su prima materna, la hija de una hermana de su madre. Esto era sabido desde hacía cierto tiempo y generalmente desaprobado, pero no se había hecho nada hasta que un pretendiente despreciado por la muchacha, y que por lo tanto se consideraba personalmente agraviado, tomó la iniciativa. Este rival había amenazado con usar magia negra contra el joven culpable, pero esto no había surtido ningún efecto. Entonces, una noche insultó al rival en público y lo acusó de incesto ante la colectividad, lanzándole ciertos epítetos intolerables para un nativo. Para el infortunado joven sólo había un remedio, un solo modo de escapar a la vergüenza. A la mañana siguiente se atavió y adornó con sus galas de los días festivos, subió a un cocotero y se dirigió a la comunidad hablando desde las hojas del árbol despidiéndose de ellos. Explicó las razones que le movían a un acto tan desesperado y lanzó una acusación velada contra el hombre que le había empujado a su muerte, sobre el que ahora los miembros de su clan tenían el deber de vengarle. Luego, según la costumbre, se lamentó ruidosamente, saltó del cocotero que tenía unos veinte metros de alto y se mató en el acto. A todo esto siguió una lucha dentro del poblado en la que su rival fue herido; la pelea se repitió durante el funeral. Este caso abría cierto número de importantes líneas de investigación. Me encontraba en presencia de un crimen manifiesto: el quebrantamiento de la exogamia del clan totémico. La prohibición exogámica es una de las piedras angulares del totemismo, del derecho matriarcal y del sistema clasificatorio del parentesco. Todas las hembras del clan de un hombre son llamadas hermanas por éste y le son prohibidas como tales. Es un axioma de la antropología el hecho de que nada suscita un horror más grande que el quebrantamiento de esta prohibición y que, además de una fuerte reacción de la opinión pública, hay también castigos sobrenaturales que acompañan este delito. Y se sabe que este axioma no está desprovisto de base factual. Si se interrogase a los nativos de las Trobriand sobre este asunto, se vería que todos confirmarían este axioma, es decir, que los nativos muestran horror a la sola idea de violar las reglas de la exogamia y que creen firmemente que el incesto de clan puede ir seguido de llagas, enfermedades e incluso la muerte. Éste es el ideal de la ley nativa y en cuestiones morales es fácil y hasta agradable adherirse estrictamente al ideal cuando se juzga la conducta de los otros o se expresa una opinión sobre la conducta en general. No obstante, cuando se trata de aplicar la moralidad y los ideales a la vida real, las cosas toman un aspecto diferente. En el caso descrito era obvio que los hechos no concordaban con el ideal de conducta. La opinión pública no se mostraba ultrajada en absoluto por el conocimiento del delito y por los insultos que la parte interesada lanzó públicamente contra el culpable. Incluso entonces, el muchacho tuvo que castigarse a sí mismo; por lo tanto, la "reacción del grupo" y la "sanción sobrenatural" no fueron los principios activos en el caso; adentrándome más en la materia y recogiendo información concreta, descubrí que la violación de la exogamia —por lo que respecta al comercio sexual, no al matrimonio — no es un caso raro ni mucho menos, y que la opinión pública se muestra indulgente aunque decididamente hipócrita. Si el asunto se lleva a cabo ocultamente, con cierto decoro, y si nadie en particular suscita dificultades, la "opinión pública" murmurará, pero no pedirá un castigo severo. Si, por el contrario, se produce escándalo, todo el mundo se volverá contra la pareja culpable y, por el ostracismo y los insultos, uno de ellos o los dos podrán ser inducidos al suicidio. En cuanto a la sanción sobrenatural, este caso me condujo a un descubrimiento interesante e importante. Me enteré de que hay un remedio perfectamente bien establecido contra cualesquiera consecuencias patológicas de esta transgresión, un remedio que si se aplica correctamente está considerado como prácticamente infalible. Es decir, que el nativo posee un sistema de magia que consiste en hechizos, encantamientos y ritos ejecutados sobre el agua, las hierbas y las piedras, que cuando se lleva a cabo correctamente resulta completamente eficaz para deshacer los malos resultados del incesto de clan. Ésta era la primera vez en mi trabajo que me encontraba con lo que podría llamarse un sistema bien establecido de evasión y esto en el caso de una de las leyes más fundamentales de la tribu. Más tarde descubrí que semejantes desarrollos parásitos en las principales ramas del orden tribal existen en otros varios casos, además de los que sirven para contrarrestar el incesto. La importancia de este hecho es obvia. Muestra claramente que una sanción sobrenatural no salvaguarda siempre una regla de conducta por medio de un efecto automático; contra la influencia mágica puede haber contramagia. Desde luego que es mucho mejor no correr el riesgo — ya que puede haberse aprendido mal la contramagia o llevarse a cabo de un modo imperfecto—, pero el riesgo no es grande. La sanción sobrenatural muestra por lo tanto una elasticidad considerable en conjunción con un antídoto adecuado. Este antídoto metódico nos enseña otra lección. En una comunidad donde las leyes no sólo se quebrantan ocasionalmente, sino que se trampean sistemáticamente por métodos bien establecidos, no puede esperarse una obediencia "espontánea" a la ley, una adhesión ciega a la tradición, ya que dicha tradición enseña al hombre subrepticiamente cómo eludir algunos de sus mandatos más severos — y no se puede ser empujado hacia adelante espontáneamentey tirado hacia atrás espontáneamente¡todo al mismo tiempo! La magia para deshacer las consecuencias del incesto de clan es quizás el ejemplo más definido de elusión metódica de la ley, pero además hay otros casos. Así, un sistema de magia para hacer que una mujer deje de querer a su marido e inducirla al adulterio es una forma tradicional de burlar la institución del matrimonio y la prohibición del adulterio. Las varias formas de magia deletérea y maléfica pertenecen a una categoría ligeramente diferente: magia para destruir cosechas, para frustrar los esfuerzos de un pescador, para hacer que los puercos se escapen a la selva, para agostar los bananeros, cocoteros y palmeras de areca, para echar a perder una fiesta o una expedición de kula. Esta magia, dirigida a instituciones establecidas y actividades importantes, es realmente un instrumento de delito suministrado por la tradición. Como tal es un departamento de tradición que trabaja contra el derecho y está directamente en conflicto con él, ya que el derecho bajo formas diversas salvaguarda aquellas actividades e instituciones. El caso de hechicería, que es una forma especial y muy importante de magia negra, lo discutiremos ahora, lo mismo que ciertos sistemas no mágicos de elusión de la ley tribal. La ley de exogamia, la prohibición de matrimonio y comercio sexual dentro del clan es a menudo mencionada como uno de los mandamientos más rígidos y generales de la ley primitiva, ya que prohibe las relaciones sexuales dentro del clan con la misma severidad sea cual fuere el grado de parentesco existente entre las dos personas interesadas. La unidad del clan y la realidad del "sistema clasificatorio de parentesco" están máximamente vindicadas en la prohibición del incesto de clan. Une a todos los hombres y a todas las mujeres del clan como "hermanos" y "hermanas" mutuos y los excluye absolutamente de toda intimidad sexual. Un análisis cuidadoso de todos los hechos relevantes en las islas Trobriand desmiente completamente esta teoría. Se trata otra vez de una de estas ficciones de la tradición nativa tomadas al pie de la letra por la antropología e incorporadas en peso a sus enseñanzas.
(12 Como ejemplo ilustrativo invirtiendo el papel de salvaje y civilizado, de etnógrafo e informante, he aquí el siguiente: muchos de mis amigos melanesios que tomaron al pie de la letra la doctrina del "amor fraternal" predicada por los misioneros cristianos y la prohibición de guerra y de matanza también predicada y promulgada por los funcionarios del gobierno, no podían conciliar los relatos de la Gran Bretaña que les llegaban a través de agricultores, comerciantes, inspectores y trabajadores de las plantaciones, con las doctrinas predicadas. Estos relatos llegaban hasta los más remotos poblados melanesios y papúes. Se mostraban verdaderamente asombrados al oír que en un solo día los hombres blancos exterminaban a tantos otros de su propia raza como se necesitarían para constituir varías tribus melanesias de las mayores. Forzosamente llegaron a la conclusión de que el hombre blancoera un mentiroso tremendo, pero sin tener la certidumbre de dónde estribaba la mentira, si en la simulación moral o en su jactancia de proezas guerreras. )
En las Trobriand, la violación de la exogamia se considera de modo muy diferente según que los dos culpables estén estrechamente emparentados o sólo unidos por lazos de clan común. Para los nativos, el incesto con una hermana es un crimen indecible, casi inimaginable — lo cual, repetimos, no significa que no se cometa nunca —. El quebrantamiento de la ley de exogamia en el caso de una prima hermana por línea materna es una ofensa muy seria que puede tener, como hemos visto, consecuencias muy trágicas. A medida que el grado de parentesco se aleja, la severidad disminuye cuando el acto se comete con una persona que meramente pertenece al mismo clan; entonces la violación de la exogamia no es más que una ofensa venial que se perdona fácilmente. De modo que, respecto a esta prohibición, las hembras del clan de un hombre no son un grupo compacto, un "clan" homogéneo, sino un conjunto de individuos bien diferenciados cada uno de los cuales está en una relación especial con él según el lugar que ocupa en su genealogía. Desde el punto de vista del nativo libertino, la suvasova(la violación de la exogamia) es desde luego una forma de experiencia erótica especialmente interesante y picante. La mayoría de mis informantes no sólo admitían, sino que incluso se vanagloriaban de haber cometido esta ofensa o la de adulterio (kaylasi) y tengo registrados muchos casos concretos, auténticos, que prueban este hecho. Hasta ahora he hablado sólo de comercio sexual. El matrimonio dentro del mismo clan es un asunto mucho más serio. Incluso hoy en día, en que el rigor de la ley tradicional se ha aflojado de un modo general, hay sólo dos o tres casos de matrimonio dentro del clan, siendo el más notorio el de Modulabu, jefe del gran poblado de Obweria, que está casado con Ipwaygana, una renombrada bruja de la que también se sospecha que sostiene relaciones sexuales con los tauva'u, espíritus malignos sobrenaturales que traen enfermedades. Ambos pertenecen al clan Malasi. Es un hecho notable que este clan está tradicionalmente asociado al incesto. Hay un mito de incesto entre hermano y hermana que es la fuente de la magia de amor, y precisamente sucedió en el clan Malasi. El caso más notorio y reciente de incesto entre hermano y hermana también ocurrió en este clan.
(13 Para una relación más extensa sobre este tema, véase el artículo del autor sobre "Complex and Myth in Mother-Right", Psyche,vol. V, n. 3, enero de 1925; reimpreso en op. cit. Sex and repression in Savage Society,junto con este trabajo.)
De modo que la relación de la vida real con el estado de cosas ideal, tal como está reflejado en la moral y el derecho tradicional, es muy instructivo.
II LA HECHICERÍA Y EL SUICIDIO COMO INFLUENCIAS LEGALES
En el capítulo anterior he descrito un caso de violación de la ley tribal y he expresado la naturaleza de las tendencias delictivas, así como de las fuerzas que se disponen a restablecer el orden y equilibrio de la tribu tan pronto como éste ha sido trastornado. En nuestro relato tocamos dos puntos importantes: el uso de la hechicería como medio de coerción y la práctica del suicidio como expiación y desafío. Ahora dedicaremos un espacio más amplio a la discusión de estos dos temas. En las Trobriand, la hechicería es practicada por un limitado número de especialistas — por regla general hombres de inteligencia y personalidad destacadas que adquieren el arte por medio del aprendizaje de cierto número de hechizos y sometiéndose a ciertas condiciones. Ejercen su poder en beneficio propio y profesionalmente, cobrando unos honorarios; como la creencia en la hechicería está profundamente arraigada y cada enfermedad grave y cada muerte son atribuidas a la magia negra, al brujo se le tiene un temor reverente y a primera vista su posición conduce inevitablemente al abuso y al fraude. Y, en efecto, frecuentemente se ha afirmado que la hechicería es el principal agente criminal en Melanesia y en otras partes. Este modo de ver representa sólo un aspecto del cuadro en lo que se refiere a la región que conozco por experiencia personal, el noroeste de Melanesia. La hechicería confiere gran poder, riqueza e influencia a un hombre y éste emplea todo esto para sus propios fines, pero el mismo hecho de que tiene mucho que perder y poco que ganar si comete abusos flagrantes le hace ser moderado por regla general. El jefe, los notables y los otros brujos le vigilan muy cuidadosamente; lo que es más, se cree que más de un brujo ha sido liquidado por otro que actuaba en beneficio de un jefe y por órdenes de éste. Los poderosos —jefes, hombres principales y ricos — tienen naturalmente derechos preferentes a los servicios profesionales del brujo mediante pago. El hechicero no se presta a peticiones injustas o fantásticas cuando los que le llaman son gente de menor importancia. Es demasiado rico e importante como para hacer algo que esté fuera de la ley, y por lo tanto puede permitirse ser honrado y justo. Por otra parte, cuando tiene que castigarse una verdadera injusticia o un acto completamente fuera de la ley, el brujo sabe muy bien que la opinión pública está con él y se muestra dispuesto a defender una buena causa y a recibir sus honorarios completos, y en tales casos el amenazado, al saber que un brujo actúa en su contra, puede acobardarse y compensar el daño hecho o llegar a un arreglo equitativo. Así pues, ordinariamente, la magia negra actúa como una auténtica fuerza jurídica ya que se emplea para hacer cumplir las reglas de la ley tribal, previene la violencia y restablece el equilibrio perturbado. La costumbre de descubrir las razones por las que se ha matado a un hombre por medio de la brujería nos suministra un interesante final que ilustra el aspecto jurídico de la hechicería. Esto se consigue si se logra interpretar correctamente ciertas señales o síntomas que aparecen en el cadáver exhumado. Se procede a abrir la tumba de doce a veinticuatro horas después del entierro preliminar, a la primera puesta subsiguiente del sol, y entonces el cuerpo es lavado, ungido y examinado. Esta costumbre ha sido prohibida por orden del gobierno, porque el hombre blanco la encuentra repugnante cuando precisamente el hombre blanco no tiene oportunidad de presenciarla ni nada que hacer allí, aunque todavía se practica subrepticiamente en los poblados más remotos. He asistido varias veces a una exhumación, y en una ocasión en que ésta se llevó a efecto antes de ponerse el sol, pude obtener fotografías. Todo el proceso es altamente dramático. La muchedumbre se apiña alrededor de la tumba, algunos empiezan a remo- ver la tierra entre ruidosos lamentos, mientras otros entonan fórmulas mágicas contra las mulu-kwausi(brujas volantes que matan hombres y devoran cadáveres), al propio tiempo que escupen jenjibre mascado sobre todos los presentes. A medida que se acercan más y más al envoltorio de esteras que amortajan el cadáver, se lamentan y cantan cada vez más fuertemente hasta que, entre un estallido de gritos y alaridos, se descubre el cadáver y la multitud avanza y se apretuja más cerca. Todos se empujan hacia adelante para ver el muerto, mientras se distribuyen fuentes de madera llenas de crema de coco entre los que están más cerca para que la empleen en lavar al difunto. Se quitan todos los ornamentos del cadáver, se le lava rápidamente, se le envuelve de nuevo y se le entierra. Las señales tienen que percibirse durante el tiempo que el cadáver está fuera de la tumba. No es un asunto estrictamente regulado y frecuentemente hay diferencias de opinión. A menudo no hay señales claras y todavía más a menudo los presentes no pueden llegar a coincidir en sus veredictos. Sin embargo, hay ciertas marcas (kala wabu)sobre las que no puede haber ninguna duda, que inequívocamente indican un hábito, propensión o características del difunto, las cuales habrían provocado la hostilidad de alguien que comisionó a un brujo para que matase a la víctima. Si el cuerpo muestra arañazos, especialmente en el hombro, similares a kimali,los arañazos eróticos inferidos durante la unión sexual, esto significa que el difunto ha sido culpable de adulterio o ha tenido demasiado éxito entre las mujeres, lo cual ha provocado el disgusto de un jefe, de un hombre poderoso o de un brujo. Este frecuente caso de muerte produce también otros síntomas: por ejemplo, que el cuerpo exhumado aparezca con las piernas separadas; o con la boca fruncida como para emitir el chasquido con que se llama a la persona deseada a una cita secreta. O que el cadáver aparezca hormigueante de piojos, pues es sabido que despiojarse mutuamente es una de las ocupaciones afectuosas favoritas de los enamorados. Algunas veces aparecen ciertos síntomas antes de la muerte: el otro día un hombre moribundo movía el brazo de un lado a otro en un gesto de llamamiento apasionado y, efectivamente, después de su exhumación se pudo comprobar que había marcas kimali en sus hombros. Y en otro caso concreto el moribundo chasqueaba la lengua; más tarde, cuando se procedió a su exhumación, pudo verse que estaba cubierto de piojos. Era notorio que este hombre se había dejado despiojar en público por alguna de las esposas de Numakala, uno de los anteriores jefes supremos de Kiriwina, y por lo tanto era obvio que había sido castigado por orden superior. Cuando las señales que se descubren en el cuerpo sugieren ornamentación, pintura del rostro o ciertos adornos propios de la danza, o simplemente cuando la mano del cadáver tiembla como la del maestredanza al manejar el kaydebu(escudo de danza) o el bisila (manojo de hojas de pandano), esto quiere decir que su propia belleza personal o las habilidades que ganan el favor del bello sexo han puesto en marcha la brujería contra el difunto donjuán. En cambio, tonos rojos, negros y blancos en la piel, dibujos sugestivos de los diseños de la casa y almacén de un noble, protuberancias como las vigas de un rico almacén de ñame, significan que el difunto se había permitido adornos demasiado ambiciosos en su cabaña o almacén, despertando así el resentimiento del jefe. Tumores en forma de taro o deseo insaciable por este vegetal poco antes de la muerte, indican que el difunto tenía huertos de taro demasiado espléndidos o no pagaba suficiente tributo de este artículo al jefe de su tribu. Los plátanos, los cocos, la caña de azúcar producen mutatis mutandisefectos similares mientras que el betel (fruto de la areca) pinta de rojo la boca del muerto. Si se encuentra el cuerpo con la boca espumeante, esto demuestra que el difunto era demasiado adicto a comer de un modo opulento y fastuoso, o a jactarse de su comida. La piel suelta que cae formando pliegues representa en particular el abuso de una dieta a base de cerdo o de tratos fraudulentos en la administración de cerdos que son monopolio del jefe y que sólo se confían al cuidado de hombres de menor importancia. El jefe también castiga que un hombre no se atenga al ceremonial y no se incline suficientemente ante él; tal hombre será después encontrado en su tumba completamente doblado; materia putrefacta fluyendo en hilillos de la nariz representa en este código de brujería post mortemlos valiosos collares de discos de conchas y por consiguiente un éxito demasiado grande en el comercio de kula; mientras que hinchazones circulares en los brazos indican lo mismo en mwali (conchas para los brazos). Por último, un hombre muerto por la sencilla razón de que él mismo es un brujo, produce, además del espíritu normal (baloma),un fantasma material (kousi)que ronda la tumba y hace varias travesuras.
(14 Véase el artículo sobre "Baloma" que aparece en el Journal of the Royal Anthrop. Inst.,1916, donde describo detalladamente la creencia en los dos principios que sobreviven, sin mencionar que el kousise encuentra exclusivamente en el caso de un brujo. Esto lo descubrí durante mi tercera expedición a Nueva Guinea.)
A menudo, el cuerpo de un brujo aparece desarreglado y desfigurado en su tumba. He obtenido esta lista discutiendo casos concretos y anotando los síntomas vistos en realidad. Es muy importante comprender que frecuentemente, yo diría en la mayoría de los casos, no se encuentran señales en el cuerpo, o los presentes no se ponen de acuerdo sobre ellas. Ni que decir tiene que un hombre enfermo siempre sospecha, mejor dicho, cree que sabe, quién es el hechicero culpable de su enfermedad, en favor de quién actúa y por qué razón, de modo que el "hallazgo" de una marca tiene todas las características de una corroboración a posterioride lo que ya se sabía. Así, pues, la lista expuesta, que incluye las "causas de muerte" abiertamente discutidas y halladas, tiene una significación especial: nos muestra qué ofensas son las que no se consideran deshonrosas o despreciables en modo alguno y las que no son demasiado pesadas para los sobrevivientes. De hecho, el éxito de carácter sexual, la belleza, habilidad en la danza, ambición de riqueza y temeridad en la exhibición y goce de los bienes materiales, demasiado poder por medio de la brujería, etc., todas estas cosas son faltas o pecados envidiables, pero peligrosos, ya que despiertan la envidia de los poderosos al propio tiempo que rodean al culpable de un halo de gloria. Por otra parte, como contra todos estos delitos reacciona el jefe del distrito — jurídicamente y castigándolos legalmente — los sobrevivientes se ven libres del pesado deber de la venganza. Sin embargo, el punto verdaderamente importante de nuestro razonamiento es que todos estos síntomas típicos nos muestran lo mucho que se reprocha cualquier posición que resalte, cualquier exceso de cualidades o posesiones que no esté justificado por la posición social, cualquier hazaña personal o virtud que no vayan asociadas al rango o poder del individuo. Todas estas cosas son punibles y el que vigila la mediocridad de los otros es el jefe, cuyo privilegio esencial y deber hacia la tradición es imponer la dorada medianía a los demás. En tales asuntos, sin embargo, el jefe no puede emplear la violencia física directa contra sus vasallos cuando sólo tiene la sospecha, la sombra de una duda, o cuando sólo la tendencia a destacarse señala al delincuente. Como medios legales correctos sólo puede recurrir a la hechicería y recordar que tiene que pagarla de su propio bolsillo. Antes de las "órdenes" del hombre blanco, se le permitía usar la violencia para castigar cualquier violación directa de la etiqueta o del ceremonial, así como ofensas flagrantes tales como adulterio cometido con alguna de sus esposas, robo de sus pertenencias personales o cualquier insulto particular. Cualquier hombre que se hubiese atrevido a colocarse por encima de la cabeza del jefe, a tocarle la parte prohibida de su cuello o espaldas, a usar ciertas expresiones sucias en su presencia o a cometer tal quebrantamiento de la etiqueta como aludir sexualmente a su hermana, hubiera sido inmediatamente alanceado por uno de los servidores del jefe. Esto sólo se aplica en toda su verdadera extensión al jefe supremo de Kiriwina. Hay casos registrados en los que un hombre ofendió al jefe accidentalmente y tuvo que huir para salvar la vida. Un caso reciente es el de un hombre que durante una batalla había insultado al jefe desde el campo enemigo. Este hombre fue muerto después de concluirse la paz y su muerte fue considerada por todos como un justo castigo a su ofensa, por lo que no fue seguida de venganza. Así podemos ver que en muchos, de hecho en la mayor parte de los casos, la magia negra se considera el principal instrumento del jefe para imponer sus privilegios y prerrogativas exclusivos. Desde luego que estos casos se convierten imperceptiblemente en auténtica opresión y crasa injusticia de la que podría citar algunos casos concretos. Pero incluso entonces, puesto que invariablemente se coloca al lado de los poderosos, ricos e influyentes, la brujería es un apoyo de los intereses creados; de aquí que a la larga lo sea de la ley y el orden. Es siempre una fuerza conservadora y suministra la fuente principal del saludable miedo al castigo y de la retribución que son indispensables en cualquier sociedad ordenada. Por lo tanto, casi no hay nada más pernicioso — en las muchas formas de interferencia europeas entre los pueblos salvajes — que la viva animosidad con la que el misionero, el colono y el funcionario persiguen por igual al brujo.
(15 El hechicero, que es partidario del conservadurismo, el viejo orden tribal, las viejas creencias y distribución del poder, odia naturalmente la presencia de los innovadores y destructores de su Weltanschauung.Por regla general, es el enemigo natural del hombre blanco que, como lo sabe, le odia equitativamente.)
La aplicación imprudente, fortuita y poco científica de nuestra moral social, de nuestras leyes y costumbres a las sociedades nativas, así como la destrucción del derecho nativo, de los mecanismos cuasijurídicos y de los instrumentos de poder, sólo conducen a la anarquía y a la atrofia moral, y a la larga a la extinción de la cultura y de la raza. En resumen, la hechicería no es exclusivamente ni un método de administrar justicia ni una forma de práctica criminal. Puede usarse de ambas formas, aunque no se emplea nunca en oposición directa a la ley, prescindiendo de lo a menudo que se usa para causar perjuicios a un hombre más débil en favor de uno más poderoso. Sea cual fuere la forma como se emplee, es un modo de fortalecer el statu quo,un método de expresar las desigualdades tradicionales y de contrarrestar la formación de otras nuevas. Puesto que la tendencia conservadora es la faceta más importante de una sociedad primitiva, la hechicería en sí es un agente benéfico de enorme valor para la cultura primitiva. Estas consideraciones demuestran claramente lo difícil que es marcar un límite entre las aplicaciones cuasilegales y las cuasicriminales de la brujería. El aspecto "penal" del derecho en las comunidades salvajes es quizás aún más vago que el aspecto "civil"; nuestra idea de "justicia" casi no tiene aplicación aquí y nuestros medios de restablecer el alterado equilibrio de la tribu son lentos y engorrosos. Del estudio de la hechicería hemos aprendido algo de la criminología de las Trobriand; pasemos ahora al suicidio. El suicidio, aunque no sea en modo alguno una institución puramente jurídica, posee incidentalmente un aspecto que lo es. Se practica por dos métodos seguros: el lo'u(lanzarse desde lo alto de una palmera) y tomando veneno irremediable de la vesícula biliar de un pez globo (soka);luego hay el método más suave de tragar parte del veneno vegetal tuvaque se usa para aturdir a los peces. Una abundante dosis de emético devuelve a la vida el envenenado por tuva,veneno que consiguientemente se emplea en peleas de enamorados, disputas matrimoniales y casos similares, de los cuales ocurrieron varios durante mi permatencia en las Trobriand, y ninguno de ellos resultó fatal. Las dos formas fatales de suicidio se usan como medio de escapar a situaciones sin salida y la actitud mental que las acompaña es algo compleja, abarcando el deseo del propio castigo, la venganza, la rehabilitación y el agravio sentimental. Un número de casos concretos, brevemente descritos, servirán para ilustrar mejor la psicología del suicidio. Un caso similar al de Kima'i descrito más atrás era el de una muchacha de nombre Bomawaku que estaba enamorada de un joven de su propio clan. Ella tenía ya un pretendiente oficial y conveniente por el que no sentía ningún afecto. Esta muchacha vivía en su bukumatula(dormitorio de solteras), construido para ella por su padre, donde recibía a su amante ilícito. Su pretendiente lo descubrió y la insultó en público, inmediatamente después de lo cual Bomawaku se puso su vestido de las fiestas y sus mejores adornos, se lamentó desde lo alto de una palmera y se tiró abajo. Ésta es una vieja historia que me contó un testigo presencial en reminiscencia de la tragedia de Kima'i. Esta muchacha también había buscado un escape de un atolladero intolerable en el que la habían colocado su pasión y las prohibiciones, pero la causa inmediata y verdadera del suicidio era el momento del insulto en público. Si no hubiese sido por esto, el conflicto entre amor y prohibición, más profundo pero menos acerbo, no la habría conducido nunca a un acto tan arrebatado. Mwakenuwa, de Liluta, un hombre de alto rango, grandes poderes mágicos y destacada personalidad, cuya fama ha llegado hasta nuestros tiempos a través de dos generaciones, tenía entre otras una esposa de nombre Isowa'i por la que sentía gran afecto. Acostumbraba pelearse con ella, y un día, en el curso de una violenta discusión, la insultó de la peor forma posible (kwoy lumuta), usando una expresión que especialmente de marido a mujer se considera intolerable. (16 Para una relación y análisis del ultraje y las expresiones obscenas, véase la obra ya citada Sex and Repression in Savage Society,o el artículo del autor en Psyche,v. 3, 1925.)
Isowa'i actuó de acuerdo con la idea tradicional del honor y se suicidó en el acto por lo'u,es decir, saltando desde una palmera. Al día siguiente, durante los lamentos por Isowa'i, Mwakenuwa la imitó y su cadáver fue colocado al lado de ella para ser llorado conjuntamente. En este caso se trataba más de un asunto de pasión que de derecho, pero el caso sirve para demostrar la fuerte oposición del sentimiento tradicional y del sentido del honor a todo exceso, a todo lo que se sale de la regularidad y del sereno tono habitual. Y también nos muestra hasta qué punto el sobreviviente pudo conmoverse ante el destino escogido por la esposa que se había quitado la vida. Un caso similar fue el ocurrido hace algún tiempo en el que el marido acusó a su mujer de adulterio, después de lo cual ella se tiró desde lo alto de una palmera y él la imitó. Otro suceso de fecha más reciente fue el suicidio por envenenamiento de Isakapu, de Sinaketa, acusada de adulterio por su esposo. Bogonela, una esposa del jefe Kouta'uya de Sinaketa, descubierta en flagrante delito, durante la ausencia de éste, por una de sus coesposas, se suicidó en el acto. Hace algunos años, en Sinaketa, un hombre importunado constantemente por una de sus esposas que le acusaba de adulterio y otras transgresiones, acabó suicidándose por envenenamiento. Bolubese, esposa de uno de los anteriores jefes supremos de Kiriwina, se escapó de su marido y huyó a su propio poblado, donde, amenazada por sus parientes (tío materno y hermanos) de que la devolverían por fuerza a su marido, se suicidó por lo'u(saltando de una palmera). Llegaron a mi conocimiento varios casos similares ilustrativos de las tensiones entre marido y mujer, entre enamorados, entre parientes. En la psicología del suicidio pueden registrarse dos motivos: primero, hay siempre algún pecado, crimen o explosión pasional que debe ser expiado, ya sea una violación de las reglas de la exogamia, un adulterio, una injusticia hecha o una tentativa de escapar a las propias obligaciones; segundo, una protesta contra los que han sacado a la luz este pecado, han insultado públicamente al culpable y le han colocado en una situación intolerable. A veces uno de estos dos motivos puede ser más destacado que el otro, pero por regla general es una combinación de ambos en proporciones iguales. La persona públicamente acusada admite su culpa, carga con todas las consecuencias y se castiga a sí misma, pero al mismo tiempo declara que se la ha tratado mal, apela a los sentimientos de quienes le han empujado a este extremo si éstos son sus amigos o parientes o, si son sus enemigos, apela a la solidaridad de sus parientes y les pide que lleven a cabo una venganza (lugwa).El suicidio no es ciertamente un medio de administrar justicia, pero proporciona al acusado y oprimido — tanto si es culpable como si es inocente — una forma de escape y de rehabilitación. Esto tiene gran significación en la psicología de los nativos, es un freno permanente contra la violencia de conducta y de lenguaje, y de cualquier desviación de la costumbre o de la tradición que pudiese dañar u ofender a otro. Así, pues, el suicidio, como la hechicería, es un modo de hacer que los nativos observen estrictamente la ley, un medio de evitar los tipos de conducta extremos e inusitados. Ambos (el suicidio y la hechicería) son influencias pronunciadamente conservadoras y como tales constituyen sólidos puntales de la ley y el orden. ¿Qué es lo que hemos aprendido de los casos de delito y su castigo descritos en este capítulo y en los precedentes? Hemos visto que los principios por los que se castiga el delito son muy vagos, que los métodos de llevar a cabo su justo castigo son impredecibles y variables, gobernados por el azar y la pasión personal más que por cualquier sistema de instituciones fijas. En realidad, los métodos más importantes son un subproducto de instituciones no legales, costumbres, arreglos y sucesos tales como la brujería y el suicidio, el poder del jefe, la magia, las consecuencia sobrenaturales de los tabúes y actos de venganza personal. Estas instituciones y usos están lejos de ser jurídicos en su función principal y sólo sirven el fin de mantener y hacer cumplir los mandatos de la tradición de una forma muy parcial e imperfecta. No hemos encontrado ningún arreglo ni costumbre que pueda clasificarse como una forma de "administración de justicia", de acuerdo con un código y por métodos fijos. Todas las instituciones legalmente efectivas que hemos encontrado son más bien formas de acabar rápidamente con un estado de cosas ilegal o intolerable, de restablecer el equilibrio en la vida social y de dar salida a los sentimientos de opresión y de justicia experimentados por los individuos. El delito en la sociedad de las Trobriand sólo puede definirse vagamente — a veces es una explosión de pasión, otras el quebrantamiento de una prohibición formal, en ocasiones una tentativa contra determinada persona o propiedad (asesinato, robo, asalto) e incluso a veces el dejarse dominar por excesivas ambiciones o la riqueza no sancionadas por la tradición, en conflicto con las prerrogativas del jefe o de algún notable. También hemos visto que las prohibiciones más definitivas son elásticas ya que existen metódicos sistemas de eludirlas. Vamos a proceder ahora a la discusión de ciertos casos en los que el derecho no es quebrantado por un acto de naturaleza definitivamente ilegal, sino confrontado con un sistema de uso legalizado casi tan fuerte como la misma ley tradicional.
III SISTEMAS JURÍDICOS EN CONFLICTO
El derecho primitivo no es un conjunto de reglas homogéneo y perfectamente unificado basado en un principio desarrollado en un cuerpo consistente. Esto, por lo menos, hemos podido deducir de nuestro examen previo de los hechos jurídicos en las islas Trobriand. Antes al contrario, el derecho de estos nativos consiste en un número de sistemas más o menos independientes, sólo parcialmente ajustados unos a otros. Cada uno de éstos — matriarcado, derecho paterno, derecho matrimonial, prerrogativas y deberes de los jefes, etc.— tiene su campo o esfera que le es propio, pero también puede exceder sus límites legítimos. Todo esto da como resultado un estado de equilibrio tenso con sus ocasionales conflictos. El estudio del mecanismo de tales conflictos entre principios jurídicos, tanto paternos como encubiertos, es extremadamente instructivo y nos revela la verdadera naturaleza de la trama social de una tribu primitiva. Por lo tanto, procederé ahora a la descripción y análisis de un par de casos. Describiré primero un suceso dramático que servirá para ilustrar el conflicto entre el principio fundamental de la ley, el derecho matriarcal, y uno de los sentimientos más fuertes, el amor paterno, alrededor de los cuales se agrupan muchos usos tolerados por la costumbre aunque en realidad vayan contra la ley. Los dos principios de derecho matriarcal y amor paterno se observan del modo más preciso en la relación de un hombre con el hijo de su hermana y con su propio hijo respectivamente. Su sobrino matrilineal es su pariente más próximo y el heredero legal de todas sus dignidades y cargos. Por otra parte, su propio hijo no es considerado como un pariente; legalmente no está emparentado con su padre y el único lazo que les une es el statussociológico de matrimonio con la madre. (17 Cf. "The Father in Primitive Psychology" (1926), trabajo publicado originalmente en Psyche,vol. IV, n. 2.)
Y, sin embargo, en la vida real propiamente dicha, el padre se siente mucho más unido a su propio hijo que a su sobrino. Entre padre e hijo hay invariablemente amistad y cariño personal; entre tío y sobrino no es infrecuente constatar que el ideal de solidaridad perfecta se ve a menudo frustrado por las rivalidades y sospechas inherentes a cualquier relación de sucesión. Así, pues, el poderoso sistema legal de derecho matriarcal va asociado a un sentimiento más bien débil, mientras que el amor de padre, que es una ley mucho menos importante, está apoyado por un sentimiento personal muy fuerte. En el caso de un jefe cuyo poder sea considerable, la influencia personal pesa más que los dictados de la ley y la posición del hijo es tan fuerte como la del sobrino. Éste era el caso en el poblado capital de Omarakana, la residencia del jefe principal, cuyo poder se extiende sobre todo el distrito, cuya influencia comprende muchos archipiélagos y cuya fama se esparce por todo el extremo oriental de Nueva Guinea. Pronto descubrí que existía una enemistad de largo tiempo entre sus hijos y sus sobrinos, disensión que asumía una forma realmente aguda en las siempre frecuentes peleas entre su hijo favorito Namwana Guya'u y su segundo sobrino por orden de sucesión, Mitakata. El estallido final se produjo cuando el hijo del jefe acusó gravemente al sobrino durante un litigio ante el funcionario del gobierno residente en el distrito, hasta el extremo de que Mitakata, el sobrino, fue condenado y encarcelado por un mes. Cuando la noticia de lo sucedido llegó al poblado, el regocijo inicial de los partidarios de Namwana Guya'u fue de corta duración y seguido de pánico, ya que entonces todo el mundo comprendió que las cosas habían llegado a una crisis. El jefe se encerró en su tienda personal lleno de negros presentimientos sobre las consecuencias que esto tendría sobre su favorito, quien había actuado temerariamente y atropellado la ley de la tribu, su sentido y su verdadero espíritu. Los parientes del joven encarcelado hervían de rabia y de indignación a duras penas contenidas. Al caer la noche, el sumiso poblado se preparó para una cena silenciosa y cada familia para su comida solitaria. En la plaza central no se veía un alma; Namwana Guya'u no aparecía por ninguna parte, el jefe To'uluwa estaba escondido en su tienda, la mayoría de sus esposas y sus familias también permanecían en el interior de sus chozas. Súbitamente se oyó una voz fuerte y penetrante que atravesaba el silencioso poblado. Bagido'u, el presunto heredero, hermano mayor del muchacho encarcelado, de pie ante su choza, hablaba en voz alta dirigiéndose al ofensor de su familia: "Namwana Guya'u, tú eres causa de males. Nosotros, los Tabalu de Omarakana, te permitimos que permanecieses aquí para vivir entre nonosotros. En Omarakana tú tenías comida abundante, comiste nuestra comida, participaste de los cerdos y del pescado que nos traían como tributo. Tú navegaste en nuestra canoa. Construiste una choza en nuestra tierra. Y ahora nos has hecho daño. Tú has mentido. Mitakata está en la cárcel. Nosotros no te queremos más aquí. ¡Este poblado es nuestro! Tú eres un forastero aquí. ¡Vete! ¡Márchate! ¡Nosotros te echamos de Omarakana!" Todas estas palabras fueron pronunciadas con voz fuerte y aguda, cortante, que temblaba de emoción profunda, cada corta frase separada de las otras por una pausa, cada una de ellas corno un nuevo proyectil que se lanzase a través del espacio vacío hasta la cabaña donde Namwana Guya'u, sentado, cavilaba tristemente. Inmediatamente después, la joven hermana de Mitakata también se levantó y habló, luego un joven sobrino por parte de la madre. Sus palabras eran casi idénticas a las de la primera perorata, y su estribillo era la forma de echar a alguien del poblado, la yoba.Estas alocuciones fueron recibidas en profundo silencio. Nada se movía en el poblado, pero, antes de terminarse la noche, Namwana Guya'u había salido de Omarakana para siempre. Se trasladó e instaló en su propio poblado, en Osapola, la comunidad de donde procedía su madre, que estaba a unas pocas millas de distancia. Su madre y su hermana se lamentaron por él durante semanas seguidas, con los fuertes lamentos con que se llora a los muertos. El jefe permaneció tres días seguidos en su tienda, y cuando salió tenía el aspecto envejecido de la persona consumida por el dolor. Desde luego, todo su interés personal y su afecto estaban con su hijo favorito y no obstante no podía hacer nada para ayudarle. Sus súbditos habían actuado estrictamente de acuerdo con sus derechos y también de acuerdo con la ley de la tribu; por lo tanto, él no podía disociarse de ellos. Ningún poder podía cambiar el decreto de exilio. Una vez pronunciado el "¡Vete!" (bukula),"nosotros te echamos" (kayabaim),el hombre tenía que irse. Estas palabras, que raramente se pronuncian de una manera formal, tienen no obstante una fuerza obligatoria y casi poder ritual cuando las pronuncian los ciudadanos de un lugar contra un forastero residente. El hombre que intentase hacer frente al terrible insulto que llevan envueltas y permaneciera en el lugar a pesar de ellas, quedaría deshonrado para siempre. Es más, algo que no sea obediencia inmediata a una petición de ritual es inimaginable para un isleño de las Trobriand. El resentimiento del jefe contra sus súbditos fue profundo y duradero. Al principio no quería ni hablarles. Durante más o menos un año no hubo quien se atreviera a pedirle que le llevase consigo en expediciones marítimas, aunque tenían el más perfecto derecho a este privilegio. Dos años más tarde, en 1917, cuando volvía a las Trobriand, Namwana Guya'u residía aún en el otro poblado y se mantenía apartado de los súbditos de su padre, aunque frecuentemente visitaba Omarakana para asistir y acompañar a su padre, especialmente cuando To'uluwa iba de expedición fuera del poblado. La madre murió al año de su expulsión de Omarakana. Los nativos describieron su muerte de la forma siguiente: "Gemía y gemía, se negó a comer y murió". Se rompieron totalmente las relaciones entre los dos enemigos principales, y Mitakata, el joven jefe que había sido encarcelado, incluso repudió a su esposa que pertenecía al mismo subclán de Namwana Guya'u. Toda la vida social de Kiriwina estaba dividida por un profundo abismo. Este incidente constituyó uno de los acontecimientos más dramáticos que jamás haya presenciado en las Trobriand. Lo he relatado con todo detalle, porque ilustra perfectamente el derecho matriarcal, el poder de la ley de la tribu y las pasiones que se agitan a pesar de todo esto. Aunque este caso es excepcionalmente dramático y demostrativo, no constituye con todo una anomalía. En cada poblado donde hay un jefe de alta categoría, una persona notable e influyente o un brujo poderoso, éste favorece siempre a sus hijos y les concede privilegios que, estrictamente hablando, no les pertenecen. Corrientemente, esto no es causa de antagonismos dentro de la comunidad cuando tanto el hijo como el sobrino poseen moderación y tacto. Kayla'i, el hijo de M'tabalu, uno de los jefes principales de Kasanai, recientemente fallecido, vive en el poblado de su padre, ejerce la mayor parte de la magia comunal y está en excelentes relaciones con el sucesor de su padre. En el grupo de poblados de Sinaketa, donde residen varios jefes de importancia, algunos de los hijos favoritos están en buenas relaciones de amistad con los herederos legítimos y otros en abierta hostilidad con ellos. En Kavataria, el poblado contiguo a la Misión y a la estación del gobierno, el último hijo del jefe, un tal Dayboya, ha echado a los verdaderos amos del lugar, apoyado en esto por la influencia europea que naturalmente favorece los derechos patrilineales. Pero el conflicto hoy día más agudo y considerablemente agravado por el principio patriarcal, que inevitablemente cuenta con el apoyo del blanco, es tan viejo como la tradición mitológica. Este conflicto halla su expresión en las historietas que se cuentan para diversión de todos, las kukwanebu,donde el latula guya'u,el hijo del jefe, es un personaje típico, arrogante, mimado, presuntuoso, a menudo el blanco de bromas pesadas. En los mitos serios, algunas veces es el villano, otras el héroe luchador, pero la oposición de los dos principios está siempre claramente definida, aunque lo que mejor demuestra la antigüedad y profundidad del conflicto cultural es el hecho de que está arraigado en cierto número de instituciones de las que ahora nos ocuparemos. La oposición entre el derecho materno y el amor paterno también la hallamos entre las gentes sencillas y se expresa en la tendencia del padre a hacer todo lo que puede por su hijo a expensas del sobrino, y también porque, a la muerte del padre, el hijo tiene que devolver a los legítimos herederos prácticamente todos los beneficios y posesiones recibidos en vida de éste, todo lo cual conduce, naturalmente, a gran descontento, fricción y métodos indirectos para llegar a un arreglo satisfactorio. Nos encontramos, por lo tanto, otra vez frente a la discrepancia que existe entre el ideal de la ley y su realización, entre la versión ortodoxa de la vida y su práctica. Ya nos hemos encontrado con algo semejante al tratar de la exogamia, del sistema de contrarrestar la magia y en la relación entre brujería y ley, así como en la elasticidad de todas las reglas del derecho civil. Sin embargo, aquí vemos que los verdaderos fundamentos de la constitución de la tribu son desafiados, es más, sistemáticamente burlados por una tendencia completamente incompatible con ellos. Sabemos que el derecho matriarcal es el principio más importante y el más abarcante del sistema, la base de todas sus costumbres einstituciones. Este principio establece que el parentesco sólo se transmite a través de las mujeres y que todos los privilegios sociales siguen la línea materna, excluyendo por lo tanto la validez legal de un lazo directo corporal entre el padre y el hijo, y de cualquier filiación en virtud de este lazo. (18 Los nativos ignoran el hecho de la paternidad fisiológica y, como ya he mostrado en la obra citada, "The Father in Primitíve Psychology", 1926, tienen una teoría sobrenatural de las causas del nacimiento. No hay continuidad física entre el hombre y los hijos de su mujer. Y, sin embargo, el padre ama a su hijo ya desde el nacimiento — por lo menos tanto como lo ama el padre europeo normal. Puesto que esto no puede ser debido a ningún concepto de que sus hijos son su propia prole, tiene que ser debido al resultado de alguna tendencia innata en la especie humana, por parte del hombre, de sentir afecto hacia los hijos nacidos de una mujer con quien está casado, vive permanentemente y ha vigilado durante el embarazo. Ésta me parece a mí la única explicación plausible de la "voz de la sangre" que se deja sentir, tanto en las sociedades ignorantes del concepto de la paternidad, como en las que son decididamente patriarcales, que hace que un padre ame tanto a su hijo fisiológicamente propio como al nacido de relaciones adúlteras, siempre que no sepa esto último. Esta tendencia es de la mayor utilidad para la especie humana.)
A pesar de todo esto, el padre invariablemente ama a su hijo y este sentimiento encuentra un reconocimiento limitado dentro de la ley; el marido tiene el derecho y el deber de actuar como guardián de los hijos de su esposa hasta que lleguen a la pubertad. Ésta es naturalmente la única línea de conducta que puede seguir el derecho en una cultura con matrimonio patrilocal. Es natural que puesto que los hijos pequeños no pueden ser separados de la madre, que puesto que ésta tiene que estar con su marido y a menudo lejos de su propia familia y poblado, que puesto que la madre y sus hijos necesitan un guardián y protector masculino juntos a ellos, el marido tenga que desempeñar este papel y esto en cumplimiento estricto y ortodoxo de la ley. No obstante, vemos que la misma ley ordena al muchacho que deje la casa de su padre cuando llegue a la pubertad, que se traslade a la comunidad de su madre y que se coloque bajo la tutela de su tío materno, aunque no a la muchacha, que permanece con sus padres hasta que se casa. En conjunto todo esto es contrario a los deseos del padre, del hijo y del tío materno, es decir, los tres interesados, con el resultado de que ya se han establecido ciertos usos que tienden a prolongar la autoridad paterna y a establecer un vínculo adicional entre el padre y el hijo. La ley estricta establece que el hijo es ciudadano del poblado materno, que en el de su padre no es más que un extraño (tomakava),pero el uso le permite permanecer en él y disfrutar de la mayor parte de los privilegios de ciudadanía. Durante las ceremonias rituales, como por ejemplo la celebración de un funeral o de un duelo, en una fiesta y por regla general en una pelea, tiene que estar al lado de su tío materno, aunque en la diaria ejecución de las nueve décimas partes de las actividades e intereses de la vida está ligado a su padre. La costumbre de conservar al hijo después de la pubertad, y a menudo después de su matrimonio, es también un acto establecido y existen arreglos definidos para hacerle frente; se lleva a cabo de acuerdo con reglas estrictas y procedimientos concretos, que hacen de esta costumbre todo menos algo clandestino e irregular. En primer lugar, se invoca el pretexto bien acreditado de que el hijo permanece en el poblado de su padre para poderle llenar su almacén de ñame, cosa que hace en nombre del hermano de su madre y como sucesor suyo. Si se trata de un jefe, hay también ciertos cargos que se considera que su propio hijo es el más indicado para desempeñarlos. Cuando éste se casa, construye una casa en el solar de su padre, cerca de la vivienda de éste. El hijo naturalmente tiene que vivir y comer, por lo tanto tiene que desbrozar terreno para hacerse unos huertos y llevar a cabo otras actividades. El padre le da unas pocas parcelas de terreno (baleko)de su propia tierra, un puesto en su canoa y le concede el derecho de pescar — cazar tiene poca importancia para los nativos de las Trobriand —; le equipa con útiles, redes y otros avíos de pesca. Por regla general, el padre incluso va más lejos. Concede a su hijo ciertos privilegios y le hace regalos que debiera guardar hasta llegado el momento de entregarlos a sus herederos. Es cierto que concederá tales privilegios y presentes a sus herederos mientras él todavía vive cuando éstos lo soliciten por medio de un pago llamado pokala.No puede ni rechazar el trato propuesto, pero también es cierto que su hermano más joven o su sobrino tienen que hacer un pago importante por la tierra, la magia, los derechos de kula,los objetos hereditarios de especial valor y el cargo de "director" en danzas y ceremonias; aunque le pertenecen por derecho propio y de todos modos los heredaría. La costumbre establecida permite, en cambio, al hombre que conceda tales objetos de valor o privilegios a su hijo completamente gratis,de modo que esta costumbre, regular pero no legal, no sólo se toma grandes libertades con el sistema jurídico, sino que además añade el insulto al perjuicio, concediendo al usurpador ventajas considerables sobre el propietario legítimo. El recurso más importante por el que se introduce una línea patriarcal temporal dentro del derecho matriarcal es la institución de matrimonios entre primos carnales. Por ejemplo, un hombre de las Trobriand que tiene un hijo y cuya hermana da a luz una niña, tiene el derecho de pedir que esta criatura sea prometida a su hijo, de este modo sus nietos serán parientes suyos y su hijo se convertirá en el cuñado del heredero a la jefatura. O sea que este último estará bajo la obligación de proporcionar comida a la familia del hijo y en general de ayudar en todo y por todo a su cuñado, así como de proteger a la familia de su hermana. Así se evita que el mismo hombre con cuyos intereses chocaría el hijo quede resentido e incluso se consigue que llegue a estimar como un privilegio propio los favores concedidos por su tío a su cuñado. El casamiento entre primos carnales paternos en las Trobriand es una institución por la que un hombre puede asegurar para su hijo el derecho definido, así obtenido, de poder permanecer toda su vida en el grupo de su padre a través de un excepcional matrimonio matrilocal, y gozar asimismo de todos los privilegios de la ciudadanía completa. Vemos, pues, que alrededor del sentimiento del amor de padre se cristalizan un número de costumbres establecidas sancionadas por la tradición y consideradas por la colectividad como el sistema más natural. Y, sin embargo, estas costumbres son contrarias a la ley estricta e implican un procedimiento excepcional y anómalo como el casamiento matrilocal. Por eso, si hay oposición y protestas contra ellas en nombre de la ley, deben ceder inmediatamente. Hay casos registrados en los que el hijo, aunque esté casado con la sobrina de su padre, tiene que salir de la comunidad, y no es infrecuente que los herederos pongan fin a la ilegal generosidad de su tío pidiéndole por medio del pokalalo que está a punto de dar a su hijo, aunque tal oposición ofende al hombre que está en el poder, provoca hostilidades y fricciones y sólo se recurre a ella en casos extremos.
IV LOS FACTORES DE COHESIÓN SOCIAL EN UNA TRIBU PRIMITIVA
Al analizar la contraposición entre el derecho materno y el amor paternal hemos enfocado nuestra atención en las relaciones personales entre el hombre, su hijo y su sobrino respectivamente, pero además hay el problema de la unidad del clan, ya que la pareja formada por el hombre que está en el poder (sea éste jefe, notable, cabeza de poblado o hechicero) y su heredero es el núcleo mismo del clan matrilineal. La unidad, homogeneidad y solidaridad del clan no pueden ser mayores que las de su núcleo, y como vemos que este núcleo está hendido, que normalmente se producen tensiones y antagonismos entre los dos hombres, no podemos aceptar el axioma de que el clan es una unidad perfectamente soldada. Sin embargo, el "dogma del clan" o el "sib-dogma", para emplear la oportuna expresión del doctor Lowie, no carece de fundamento, y aunque hemos visto que el clan está dividido en su mismo núcleo y que no es homogéneo en lo que se refiere a la exogamia, no estará de más que veamos cuánto hay de verdad en la suposición de la unidad del clan. Inmediatamente podría argüírsenos que también aquí la antropología ha tomado al pie de la letra la doctrina nativa ortodoxa o, mejor aún, su ficción legal, y que, por lo tanto, se engaña al confundir el ideal legal con las realidades sociológicas de la vida tribal. La posición del derecho indígena en este asunto es consistente y clara. Al aceptar el derecho matriarcal como el principio exclusivo de parentesco en materias legales y aplicarlo hasta las últimas consecuencias, el nativo divide los seres humanos en los relacionados con él mismo por el vínculo matrilineal a los que llama parientes (veyola)y los que no le están así emparentados a los que llama extraños (tomakava). Esta doctrina se combina entonces con el "principio clasificatorio de parentescos" que tan sólo gobierna por completo el vocabulario, pero que hasta cierto punto también influye sobre las relaciones jurídicas. Tanto el derecho matriarcal como el principio clasificatorio están asociados con el sistema totémico por el que todos los seres humanos quedan comprendidos dentro de cuatro clanes subdivididos después en un número variable de subclanes. Un hombre o una mujer es un malasi, lukuba, lukwaisisiga o lukulabuta de tal o cual subclán, y esta identidad totémica es tan fija y determinada como el sexo, el color de la piel o el tamaño del cuerpo; tampoco cesa con la muerte, porque el espíritu sigue siendo lo que el hombre había sido en vida, y ya existía además desde antes del nacimiento; el "niño espíritu" ya pertenecía a un clan y subclán. El ser miembro de un subclán significa una antepasada común, unidad de parentesco, unidad de ciudadanía en una colectividad local, derechos comunes a tierras y cooperación en muchas actividades económicas y en todas las ceremoniales. Jurídicamente, el hecho de un nombre común de clan y subclán implica responsabilidades comunes en la venganza (lugwa),la regla de la exogamia y finalmente la ficción de un interés vivísimo por el bien mutuo, de modo que si ocurre una muerte se considera que primero el subclán y hasta cierto punto el clan sufren esta pérdida y todo el ritual del duelo se ajusta a esta teoría tradicional La unidad del clan y todavía más la del subclán es, sin embargo, expresada de un modo más tangible en las grandes distribuciones festivas (sagali)en las que los grupos totémicos desempeñan un papel de dar y tomar ceremonialmente económico. De este modo hay una múltiple y real unidad de intereses, actividades y necesariamente sentimientos que unen a los miembros de un subclán y de los subclanes componentes en un clan, y este hecho se subraya intensamente en muchas instituciones, en la mitología, en el vocabulario y en los dichos corrientes, así como en las máximas tradicionales. No obstante, hay que tener en cuenta también otro aspecto de la cuestión del que ya hemos tenido claras indicaciones, y que ahora vamos a exponer de un modo conciso. Ante todo, aunque todas las ideassobre el parentesco, la división totémica, la unidad de substancia, los deberes sociales, etcétera, tienden a destacar el "dogma del clan", no por ello todos los sentimientossiguen esa dirección. Mientras que en cualquier disputa de carácter social, político o ceremonial, un hombre, por ambición, orgullo y patriotismo, invariablemente se pone al lado de sus parientes matrilineales, en las situaciones ordinarias de la vida los sentimientos más tiernos de amor y amistad a menudo le hacen olvidar el clan en favor de su esposa, hijos y amigos. Lingüísticamente, el término veyogu(mi pariente) tiene un matiz emocional de frío deber y de orgullo, mientras que, por otra parte, el término lubaygu(mi amigo y mi novia) posee un tono distintamente más cálido y más íntimo. Incluso en sus creencias sobre el más allá, los lazos de amor, el afecto conyugal y la amistad continúan en el mundo del espíritu del mismo modo que la identidad totémica — aunque de acuerdo con una creencia menos ortodoxa, pero más personal —. En cuanto a los deberes concretos del clan, ya hemos visto detalladamente en el ejemplo de la exogamia cuánta elasticidad, elusión y violación existen. Asimismo sabemos que, en materias económicas, el exclusivismo de la cooperación del clan está sujeto a elusiones por tendencia del padre a favorecer a su hijo y llevarle consigo en las actividades del clan. Lugwa(la venganza) sólo se lleva a efecto en raras ocasiones: el pago de lula(el precio de la paz) es también una forma tradicional de compensación por ello y realmente una forma de elusión del cumplimiento de la primera, que es más difícil y desagradable. En lo que respecta a los sentimientos, es natural que el padre o la viuda a menudo tengan más interés en vengar la muerte del asesinado que sus propios parientes. En todas las ocasiones en que el clan actúa como una unidad económica en las distribuciones ceremoniales, sólo es homogéneo con referencia a los otros clanes, pero en su interior se lleva estricta cuenta entre los subclanes componentes y dentro de los subclanes entre los individuos. Así, pues, venios de nuevo que por un lado existe la unidad, pero por el otro va combinada con una diferenciación minuciosa, una vigilancia estricta sobre los intereses propios particulares, y por último un espíritu enteramente comercial no desprovisto de sospecha, envidia y prácticas ruines. Si se efectuase un estudio de las relaciones personales dentro del subclán, se vería que la actitud tirante y claramente hostil entre el tío materno y el sobrino tal como la vimos en Omarakana no es ni mucho menos infrecuente. A veces, entre hermanos existe una amistad verdadera, como en el caso de Mitakata y sus hermanos, y en el de Namwana Guya'u y el suyo. Por otra parte, se registran casos de fuertes odios y de actos de violencia y hostilidad tanto en la leyenda como en la vida misma. He aquí un ejemplo concreto de fatal desarmonía dentro de lo que debiera ser el núcleo de un clan: un grupo de hermanos. En un poblado cercano al que yo habitaba por aquel entonces vivían tres hermanos, el mayor de los cuales, jefe del clan, era ciego. El hermano más joven se aprovechaba de esta desgracia para recoger los frutos de las arecas (betel) antes de que estuviesen suficientemente maduros, con lo que el ciego se quedaba sin su parte. Un día, al ver que de nuevo le habían desposeído de lo que le pertenecía, en un estallido de furia rabiosa cogió un hacha y entrando a oscuras en la casa de su hermano consiguió herirle. El herido pudo escapar y se refugió en la casa del tercer hermano, quien, indignado por el atropello que había sufrido el pequeño, cogió un venablo y mató con él al ciego. Esta tragedia tuvo un final muy prosaico, ya que el magistrado europeo hizo encarcelar al criminal por un año. Antiguamente, me decían mis informantes y en ello se mostraban unánimes, no habría tenido más remedio que suicidarse. En este caso nos hallamos en presencia de dos típicos actos criminales combinados: robo y asesinato, por lo que no estará de más que hagamos una breve digresión sobre ellos. Ninguno de estos delitos juega un papel importante en la vida de los nativos de las Trobriand. El robo es clasificado bajo dos conceptos: kwapatu(literalmente, agarrar), palabra que se aplica a la apropiación ilegal de objetos de uso personal, utensilios y objetos valiosos; y vayla'u,una palabra especial que se aplica al robo de hortalizas, ya sea de los huertos o de los almacenes, y que también se usa para designar el hurto de cerdos o aves. Aunque el robo de objetos personales se considera como un perjuicio mayor, el hurto de comida es más despreciable. No hay deshonra más grande para un nativo de las Trobriand que estar sin comida o en necesidad de ella; tener que mendigarla y admitir de hecho, por medio de este acto, que la situación era tan apurada como para tener que robarla, lleva consigo la humillación más grande que pueda concebirse. Además, como el robo de objetos valiosos está casi fuera de toda posibilidad porque todos están marcados, 19 el hurto de objetos personales no puede causar ninguna pérdida de consideración a su dueño legítimo. En cualquiera de estos casos, el castigo consiste en la vergüenza y el ridículo que cubren al culpable y, en efecto, todos los casos de robo sobre los que se me llamó la atención fueron perpetrados por débiles mentales, parias sociales o menores. En cambio, el despojar al hombre blanco de sus posesiones superfluas, tales como artículos de intercambio, latas de conserva o tabaco que mezquinamente guarda bajo llave sin usarlos, entra en una clase especial y, naturalmente, no se considera como un quebrantamiento de la ley, de la moralidad o de la corrección. El asesinato es un suceso extremadamente raro. En realidad, fuera del caso que acabo de describir, sólo ocurrió otro durante mi residencia en Trobriand: la muerte por lanza de un hechicero notorio en plena noche cuando se estaba acercando subrepticiamente al poblado. Y esto se hizo en defensa del enfermo víctima del brujo por uno de los guardias armados que tienen a su cargo la vigilancia de la víctima durante la noche en tales ocasiones. Se citan algunos casos de muerte como castigo por adulterio sorprendido in flagranti, insultos a personas de categoría, pendencias y escaramuzas. Y también, claro está, durante el curso de una guerra regular. En todos los casos en que un hombre es asesinado por gente de otro subclán, existe la obligación del talión. Aunque en teoría esto es absoluto, en la práctica sólo se considera obligatorio en los casos de un adulto masculino de cierta categoría o importancia; e incluso entonces se considera superfluo cuando el difunto ha encontrado la muerte por su propia culpa. En otros casos, cuando el honor del subclán exige claramente la venganza, ésta se puede eludir por la sustitución de pago de la sangre (lula).Ésta era una costumbre bien establecida después de una guerra para concluir la paz cuando se pagaba al otro lado por cada uno, muerto y herido. Aun en el caso de que se hubiese cometido un asesinato u homicidio, un lula(pago de la sangre) relevaría a los sobrevivientes del deber del talión (lugwa). Esto nos conduce de nuevo al problema de la unidad del clan. Todos los casos mencionados más arriba indican que la unidad del clan no es ni un cuento de hadas inventado por la antropología ni el solo y único principio verdadero de la ley salvaje, la llave de todos los enigmas y dificultades. El verdadero estado de cosas, bien observado y perfectamente comprendido, es muy complejo y está tan lleno de contradicciones aparentes como de contradicciones verdaderas, y de conflictos debidos a la representación del ideal y su realidad verdadera y también a la adaptación imperfecta entre las tendencias humanas espontáneas y la rigidez de la ley. La unidad del clan es una ficción legal, ya que pide —en toda doctrina nativa, esto es, en todos sus principios, afirmaciones, dichos, reglas palmarias y patrones de conducta— una subordinación absoluta de todos los demás intereses y lazos a las demandas de la solidaridad del clan, mientras que en realidad esta solidaridad es casi constantemente quebrantada y prácticamente inexistente en el curso diario de la vida ordinaria. Por otra parte, en ciertas ocasiones, más que nada en las fases ceremoniales de la vida nativa, la unidad del clan lo domina todo y en casos de clara contraposición y abierto desafío pasará por encima de las consideraciones personales y de las flaquezas individuales que en circunstancias ordinarias determinarían ciertamente la conducta individual. Por consiguiente, esta cuestión tiene dos aspectos y la mayoría de los acontecimientos más importantes de la vida nativa, así como de sus instituciones, costumbres y tendencias, no pueden ser claramente comprendidos sin darse plena cuenta de estos dos aspectos y de sus interacciones. 19 Véase la obra del autor, ya mencionada, Argonauts of the Western Pacific. Tampoco es difícil comprender por qué la antropología, que sólo se ha ocupado de un aspecto de la cuestión, presenta la rígida, pero ficticia doctrina de la ley indígena como si fuese la verdad única y completa, cuando precisamente esta doctrina representa sólo el aspecto intelectual patente y enteramente convencional de la actitud nativa, el aspecto que se refiere a afirmaciones claras, fórmulas jurídicas definidas. Cuando al nativo se le pregunta qué haría en tal y tal caso, contesta lo que deberíahacer: es decir, expone la mejor línea de conducta posible. Cuando actúa como informante de un antropólogo sobre el terreno, no le cuesta nada recitar el ideal de la ley. Sus sentimientos, sus propensiones, sus parcialidades, las libertades que se toma para la satisfacción de sus propios deseos, así como su tolerancia por las faltas de los otros, todo esto lo reserva para su conducta en la vida ordinaria. E incluso entonces, aunque actúe así, no se mostraría dispuesto a admitir ni siquiera a sí mismo que a veces actúa por debajo del nivel fijado por la ley. El otro aspecto de la cuestión, el código de conducta natural e impulsivo, las evasiones, los compromisos y los usos no legales, sólo se revelan al que investiga sobre el terreno, observa la vida nativa directamente, registra los hechos y vive en tan estrecho contacto con su "material humano" como para comprender, no sólo su idioma y afirmaciones, sino también los motivos ocultos de su conducta y la línea de conducta espontánea que casi nunca se menciona. La "antropología de oídas" está constantemente expuesta al peligro de ignorar el lado menos bonito de la ley salvaje. Puede decirse sin exageración que este lado existe y se tolera mientras no se le enfrenta francamente, se pone en palabras, se declara abiertamente, y se le reta así claramente. Quizás esto explique la vieja teoría del "salvaje libre" que no tiene costumbres y actúa como una bestia, ya que las autoridades que nos dieron esta versión conocían a fondo las complicaciones e irregularidades de la conducta nativa, que en modo alguno conforman con la ley estricta, mientras que ignoraban en cambio la estructura de la doctrina jurídica salvaje. El moderno investigador sobre el terreno construye su teoría sin grandes dificultades a base de lo que le explica su informante nativo, pero ignora los borrones que la naturaleza humana comete sobre este esbozo teórico. De este modo ha reconvertido al salvaje en un modelo de legalidad. La verdad es una combinación de ambas versiones y el conocimiento que tenemos de ella revela que tanto la vieja como la nueva son simplificaciones fútiles de un estado de cosas muy complicado. Así, esto, como todo lo demás en la realidad cultural humana, no es un esquema lógico y consistente, sino más bien una mezcla movediza de principios en conflicto, entre los cuales el choque del interés matrilineal y el paterno es probablemente el más importante. La discrepancia entre la solidaridad del clan totémico por una parte y los lazos de familia o los dictados del interés personal por otra le siguen en importancia. La lucha entre el principio del rango hereditario y las influencias de proezas personales, éxito económico y habilidad mágica es también importante. La hechicería como instrumento de poder personal merece especial mención, ya que el hechicero a menudo es un temido competidor del jefe o cabeza de poblado. Si el espacio lo permitiese, podría dar algunos ejemplos de otros conflictos de naturaleza más concreta y accidental; la extensión gradual que se puede comprobar históricamente del poder político del subclán Tabalu (del clan Malasi), donde podemos ver cómo el principio de rango se impone más allá de su campo legítimo sobre la ley de ciudadanía estrictamente local basada en exigencias mitológicas de sucesión matrilineal. O también podría describir la rivalidad secular entre el mismo subclán Tabalu y el Toliwaga (del clan Lukwasisiga)- en la que el primero tiene a su favor rango, prestigio y poder establecido, y e] último una organización militar más fuerte, cualidades marciales y un éxito mayor en el combate. El hecho más importante de todos, desde nuestro punto de vista, en esta lucha de principios sociales, es que nos obliga a reconsiderar completamente el concepto tradicional del derecho y el orden en las colectividades salvajes. Ahora tenemos que abandonar definitivamente la idea de una "costra" inerte o sólida o de una "capa solidificada" de costumbres que desde fuera presionan rígidamente sobre toda la superficie de la vida tribal. La ley y el orden surgen de los mismos procesos que gobiernan, pero no son rígidos ni se deben a inercia o moldeamiento permanente. Al contrario, se imponen como resultado de una lucha constante no sólo de las pasiones humanas contra el derecho, sino también de unos principios jurídicos contra otros. Esta lucha, sin embargo, no es una lucha libre: está sujeta a condiciones definidas y sólo puede tener lugar dentro de ciertos límites y con la condición de que permanezca bajo la superficie de la publicidad. Tan pronto como se ha declarado un desafío abierto, entonces se establece la precedencia de la ley estricta sobre el uso legalizado o sobre un principio jurídico invasor, y la jerarquía ortodoxa del sistema decide el caso. Como ya hemos visto, el conflicto tiene lugar entre la ley estricta y el uso legalizado, y es posible porque la primera tiene tras de sí la fuerza de una tradición más definida mientras que el último se nutre de inclinaciones personales y del poder presente. Así, pues, dentro del cuerpo de la ley existen no sólo tipos diferentes, como cuasilegales y cuasicriminales, o la ley de transacciones económicas, de relaciones políticas, etc., sino que pueden distinguirse grados claros de ortodoxia, obligación y validez que colocan las reglas en una jerarquía que va desde la ley principal del derecho matriarcal, el totemismo y la categoría social hasta las elusiones clandestinas y los medios tradicionales de desafiar la ley y encubrir el delito. Y aquí nuestra investigación de la ley y las instituciones legales en las islas Trobriand llega a su fin. Durante su curso hemos llegado a un número de conclusiones sobre la existencia de obligaciones positivas y elásticas, y sin embargo compulsivas, que corresponden a la ley civil en culturas más desarrolladas; sobre la influencia de la reciprocidad, la aplicación pública y la incidencia sistemática de tales obligaciones que suministran sus fuerzas efectivas principales; sobre los dictados negativos de la ley, las prohibiciones y tabúes tribales que según hemos visto son tan elásticos y adaptables como las reglas positivas aunque cumplen una función diferente. También hemos podido sugerir una nueva clasificación de las reglas de la costumbre y la tradición; una definición revisada de la ley como clase especial de reglas consuetudinarias, e indicar ulteriores subdivisiones dentro del propio cuerpo del derecho. En esto, además de la principal división entre lo cuasicivil y lo cuasicriminal, encontramos que debe hacerse una distinción entre los varios grados de la ley que se pueden situar en una jerarquía desde los estatutos de la ley legítima principal, a través de los usos legalmente tolerados, hasta las elusiones y los métodos tradicionales de burlarla. También hemos tenido que discriminar entre un número de sistemas distintos que juntos forman el cuerpo del derecho tribal, tales como el derecho matriarcal y el amor paternal, la organización política y la influencia mágica, sistemas que a veces entran en conflicto para llegar a compromisos y a reajustes. No es necesario adentrarnos en más detalles sobre todo esto, ya que nuestras conclusiones se han documentado empíricamente y se han discutido teóricamente con amplitud. Sin embargo, merece la pena considerar una vez más que todo a lo largo de nuestra discusión no hemos encontrado el verdadero problema simplemente en la mera enumeración de las reglas, sino en los modos y maneras como éstas se llevan a efecto. Lo más instructivo ha sido el estudio de las situaciones de la vida que requieren una regla fija, la forma como la gente interesada maneja esta situación, la reacción de la comunidad en general, las consecuencias de su cumplimiento o de su incumplimiento. Todo esto, que podría llamarse el contexto cultural de un sistema de reglas primitivo, es tan importante, si no más, como la somera descripción de un corpus jurisnativo, ficticio, codificado en el librito de notas del etnógrafo como resultado de preguntas y respuestas en lo que es el "método de oídas" usado por el investigador sobre el terreno. Con todo esto estamos pidiendo una nueva línea de trabajo de campo antropológico: el estudio por observación directa de las reglas de la costumbre tal como funcionan en la vida real. Tal estudio revela que los mandamientos de la ley y de la costumbre están siempre orgánicamente conectados y no aislados; que su misma naturaleza consiste en los muchos tentáculos con que se introducen en el contexto de la vida social, que sólo existen en la cadena de transacciones sociales de la que forman un eslabón. Sostengo que la forma discontinua como se hacen la mayor parte de los relatos de la vida tribal es el resultado de una información imperfecta que en realidad es incompatible con el carácter general de la vida humana y las exigencias de la organización social. Una tribu salvaje ligada por un código de costumbres inorgánicas desconectadas se desintegraría ante nuestros propios ojos. Hemos de reclamar que desaparezcan pronto y completamente de los protocolos de trabajo de campo los elementos fragmentarios de información, sobre costumbres, creencias, reglas de conducta, los cuales quedan flotando en el aire, o tienen, por mejor decir, una tenue existencia en el papel, pues carecen completamente de la tercera dimensión, la de la vida. Entonces los argumentos teóricos de la antropología podrán abandonar las largas letanías de la afirmación hilvanada que nos hace aparecer a nosotros los antropólogos tontos, y ridículos a los salvajes. Con ello quiero referirme a la larga enumeración de afirmaciones atrevidas, tales como por ejemplo: "cuando entre los brodiag un hombre se encuentra con su suegra, se insultan el uno al otro y cada uno de ellos se retira con un ojo amoratado"; "cuando un brobdignag encuentra un oso polar sale huyendo y a veces el oso también le imita"; "en la vieja Caledonia, cuando un nativo encuentra accidentalmente a un lado de la carretera una botella de whisky, la vacía de un solo trago, después de lo cual procede inmediatamente a buscar otra", y así por el estilo. (Cito ejemplos de memoria, de modo que estas afirmaciones sólo son aproximadas, pero resultan plausibles.) No obstante, es fácil bromear sobre el método de la letanía, pero es el investigador sobre el terreno quien es el verdadero responsable. Casi no existe un informe donde se relaten la mayoría de las cosas tal como sucedieron en realidad y no como debieran haber ocurrido o se dice que ocurrieron. Muchas de las primeras relaciones fueron escritas para chocar, para sorprender, divertir, hacer broma a expensas del salvaje hasta que se volvieron las tortas y ahora es más fácil hacer broma a expensas del antropólogo. A los que compilaron los primeros registros, lo que más les interesaba realmente era la rareza de las costumbres y no su realidad. El antropólogo moderno que trabaja a través de un intérprete por el método de la pregunta y la respuesta puede recoger otra vez opiniones, generalizaciones y afirmaciones osadas. No nos da realidad porque nunca la ha visto. El toque ridículo que se aprecia en la mayoría de los escritos de antropología se debe al sabor artificial de una afirmación arrancada de su contexto vital. El verdadero problema no es estudiar la manera como la vida humana se somete a las reglas — pues no se somete —; el verdadero problema es cómo las reglas se adaptan a la vida. En lo que se refiere a nuestros resultados teóricos; el análisis del derecho de las Trobriand nos ha dado una perspectiva clara de las fuerzas de cohesión en una sociedad primitiva, basadas en la solidaridad dentro del grupo, así como en la apreciación del interés personal. La oposición del "sentimiento de grupo" primitivo, "la personalidad conjunta" y "la absorción del clan" al individualismo civilizado y la prosecución de fines egoístas nos aparece como completamente artificial y fútil. No hay sociedad, por primitiva o civilizada que sea, que pueda basarse en una ficción o un tumor patológico de la naturaleza humana. Los resultados de esta Memoria apuntan hacia otra moraleja. Aunque me he limitado principalmente a descripciones y manifestaciones de hechos concretos, algunos de éstos conducen naturalmente a un análisis teórico más general que proporciona ciertas explicaciones de los hechos discutidos. Así y todo, en todo esto no fue necesario ni una sola vez tener que recurrir a ninguna hipótesis ni a reconstrucciones evolutivas o históricas. Las explicaciones que se dan han consistido en un análisis de ciertos hechos para convertirlos en elementos más sencillos y en trazar las relaciones entre estos elementos. O también fue posible relacionar un aspecto de cultura con otro y mostrar cuál es la función que llena cada uno dentro del esquema cultural. La relación entre derecho matriarcal y principio paterno y su conflicto parcial explica, como hemos visto, la formación de una serie de compromisos tales como matrimonio entre primos carnales, tipos de herencia y transacciones económicas, la típica constelación de padre, hijo y tío materno, y ciertos aspectos del sistema de clan. (20 La relación entre derecho matriarcal y amor paternal se expone de un modo más completo en la obra ya mencionada Sex and Repression in Savage Society.) Varias características de su vida social, las cadenas de deberes recíprocos, el cumplimiento ceremonial de obligaciones, la unión de un número de transacciones inconexas en una sola relación han sido explicadas por la función que llenan al suministrar las fuerzas coercitivas de la ley. La relación entre el prestigio hereditario, el poder de la hechicería y la influencia del éxito personal tal como los encontramos en las Trobriand pueden ser explicados por el papel cultural que desempeña respectivamente cada principio. Sin salir del terreno estrictamente empírico, pudimos explicar todos estos hechos y aspectos, mostrar sus condiciones, así como los fines que llenan, y explicarlos así de una forma científica. Este tipo de explicación no excluye en modo alguno una mayor investigación sobre el nivel evolutivo de tales costumbres o sus antecedentes históricos. Hay lugar tanto para el interés anticuario como para el científico, pero el primero no debería pedir un predominio exclusivo ni preferente sobre la antropología. Ya es realmente tiempo de que el estudioso del Hombre pueda ser también capaz de afirmar hypotheses non fingo.