989. EL RACIONALISMO CRÍTICO.

La teoría del conocimiento de Popper una vez llegada al falibilismo, esto es, a la concepción según la cual «todo el conocimiento es falible, conjetural» (Poscritto, I, cit., p. 24), se encuentra en presencia de una nueva, compleja situación problemática. Veamos ahora cuales son estos problemas, cómo surgen y cómo se resuelven.
El primer problema se plantea a partir de la pluralidad de las formas del conocimiento humano. Esta tesis está ligada al modo en que Popper entiende el criterio de falsificabilidad. Como se recordará, este último, a diferencia de los criterios elaborados por el neopositivismo, no es un criterio de sentido que sanciona el significado de las teorías científicas y el no significado de las teorías no científicas, sino simplemente un cri-terio que permite diferenciar, entre todas las teorías significantes, las cien-tíficas de las no científicas; y esto significa que para Popper, a diferen-cia de los neopositivistas, el campo del conocimiento teórico no está constituido por una única forma de conocimiento, la científica, sino por una pluralidad de sistemas teóricos, los cuales pueden distinguirse me-diante el criterio de falsificabilidad, en dos conjuntos: el de las teorías empíricas o científicas (que son falsificables) y el de las teorías no cientí-ficas (que no son falsificables). Ahora, dada la diferenciación entre teo-rías científicas y teorías no científicas, y dado el carácter conjetural, fa-lible de todas las teorías, se plantea el problema: ¿Es posible expresar una preferencia racional entre teorías científicas y teorías no científicas? ¿Es posible preferir una forma de conocimiento a otra? ¿O bien se debe decir que, siendo el conocimiento teórico por entero conjetural, el cien-tífico por más que distinto del no científico, no es con todo mejor que este último? Como se ve este primer problema se refiere a todo el campo del conocimiento conjetural, a la totalidad de las teorías, científicas y no científicas, y consiste substancialmente en preguntarse si una vez re-
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ducida la ciencia a doxa, pueda, con todo, ser considerada una forma de conocimiento mejor que la no científica.
El segundo problema que la teoría del conocimiento de Popper tiene que afrontar, a diferencia del primero, no concierne al entero campo del conocimiento, sino sólo al campo del conocimiento científico y se susci-ta en presencia de teorías científicas rivales, esto es, de teorías «que son avanzadas como soluciones de los mismos problemas» (Conoscenza og-gettiva, cit., p. 33). Dadas dos o más teorías en concurrencia, y dado que «debemos considerar todas las leyes o teorías como hipotéticas o con-jeturales» (Ib., p. 28), se presenta el problema «de si puede haber argu-metos puramente racionales, incluidos los argumentos empíricos, para preferir algunas conjeturas o hipótesis a otras» (Ib., p. 32). Para Pop-per, plantearse el problema de la preferencia racional entre teorías cien-tíficas rivales, o de elección racional de la teoría mejor, equivale a plan-tearse el problema del aumento del conocimiento científico: hablar del aumento del conocimiento científico, en efecto, no significa para él ha-cer referencia «a la acumulación de las observaciones, sino al repetido derrocamiento de las teorías científicas y a su substitución por otras me-jores, o más satisfactorias» (Congetture e confutazioni, cit., p. 370); de modo que «el modo con que [la ciencia] aumenta» es «la manera [...] con que los científicos diferencian entre las teorías disponibles y eligen la mejor» (Ib., p. 369).
Evidentemente, la posibilidad de dar una solución positiva a estos dos problemas de preferencia racional presupone una teoría de la racionali-dad. Pero precisamente en este punto surge un nuevo problema: liquida-da la concepción tradicional de la racionalidad como justificación, ¿qué debe entenderse por “racionalidad”? Se trata de un problema fundamen-tal, cuya solución es preliminar a la de los otros dos; en efecto, si no se determina ante todo qué es la racionalidad, no se ve cómo se puede hablar de preferencia racional entre teorías.
Ésta es la compleja situación problemática que el falibilismo plantea y que Popper tiene que afrontar. Se trata de una tarea extremadamente importante. Una falta de solución de estos problemas, en efecto, signifi-caría la caída de la teoría falibilista del conocimiento en el irracionalis-mo y en el relativismo, en la concepción según la cual el conocimiento no es un proceso racional y la elección entre teorías es arbitrario, no ha-biendo razones para decidir si una teoría es preferible o mejor que otra.
Pero la teoría del conocimiento de Popper no llega a esta conclusión irracionalística y relativística: él, en efecto, elabora una concepción de la racionalidad como crítica y sobre esta base resuelve los problemas de preferencia racional entre teorías. Más precisamente, sobre la base del distinto modo con que las teorías científicas y las teorías no científicas pueden ser discutidas racionalmente o son preferibles críticamente las pri-
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meras a las segundas; en suma, puesto que las teorías científicas, a dife-rencia de las no científicas, pueden ser criticadas también mediante el control empírico, la ciencia, aunque sea doxa, conocimiento conjetural y falible, aparece, con todo, como la mejor forma de conocimiento, el paradigma del saber, el mejor ejemplo de conducta intelectual. La pre-ferencia entre teorías científicas rivales se obtiene en cambio como resul-tado de la discusión crítica; la teoría mejor, aquella que realiza un aumen-to del conocimiento, es la teoría mejor corraborada, aquella que mejor ha superado los controles a que ha sido sometida.
Como se ve, la concepción crítica de la racionalidad es la clave que permite a la teoría falibilista del conocimiento no llegar a una conclu-sión irracionalística y relativística. Y esto explica la razón por la cual Pop-per puede afirmar que el racionalismo crítico constituye – junto al falibilismo – el «verdadero perno» de su pensamiento sobre el conoci-miento humano (Poscritto, I, cit., p. 23). Analizemos pues en qué con-siste esta concepción crítica de la racionalidad y cómo puede permitir dar una solución al doble problema de la preferencia racional entre teo-rías conjeturales.
La concepción crítica de la racionalidad nace del fracaso del progra-ma justificacionista: si la teorías no pueden ser establecidas como ciertas o probables, de modo que deberán ser consideradas como intentos con-jeturales de resolver determinados problemas, su racionalidad no puede consistir más que en la posibilidad de ser discutidas respecto a la preten-sión de resolver los problemas para los cuales han sido elaboradas. Como afirma Popper: «hay un solo elemento de racionalid‘ad en nuestros in-tentos dirigidos a conocer el mundo: se trata del examen crítico de las teorías» (Congetture e confutazioni, cit., p. 262).
La racionalidad, por lo tanto, no tiene nada que ver con el intento imposible de justificar las teorías, de establecerlas como ciertas o proba-bles, sino que, una vez adquirida la conciencia de la falibilidad del cono- . cimiento, tiene que ver con el intento de encontrar los puntos débiles de las teorías, de descubrir sus errores. La discusión crítica de las teorías es, en efecto, el instrumento que nos permite poner en evidencia los erro-res. Obviamente, es posible hablar de discusión crítica como búsqueda de los errores sólo en cuanto, como hemos visto, Popper mantiene la concepción clásica de la verdad como correspondencia con los hechos y, aunque negando que haya un criterio de verdad en base al cual poder decidir si una determinada teoría es verdadera, sin embargo afirma que tal noción de verdad desempeña el rol de idea reguladora, principio guía del conocimiento; sólo en cuanto – en suma – se considera el conoci-miento como búsqueda de la verdad, incluso si no podemos decir si al-canza este objetivo. «En efecto – escribe – es solamente en relación a este objetivo, el descubrimiento de la verdad, podemos afirmar que aun
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siendo falibles, esperamos aprender de nuestros errores. Es solamente la idea de la verdad lo que nos permite hablar sensatamente de errores y de crítica racional, y hace posible la discusión racional, o sea la discu-sión crítica de la búsqueda de los errores, con la seria intención de elimi-narlos cuanto más podamos, a fin de acercarnos a la verdad» (Ib., p. 393).
La discusión crítica no parte nunca de la nada, sino de un conjunto de presuposiciones como no problemático. Esto podría hacer pensar que la argumentación crítica se encuentra en la misma situación lógica que la argumentación justificativa, la cual en efecto se basa en último térmi-no en asuntos que se consideran indiscutibles. Pero en realidad para Pop-per entre justificación y crítica hay una diferencia tan simple como subs-tancial. Para el racionalista crítico, en efecto, el conocimiento de fondo no es un a priori que no pueda a su vez ser puesto en discusión; él no lo asume como algo indiscutible, sino que, al contrario, lo acepta hipo-téticamente y subraya el hecho de que cualquier parte, cualquier frag-mento suyo puede ser una vez y otra criticado y rechazado. Caracteri-zando el núcleo central de la diferencia entre justificación y crítica, Popper afirma: «La argumentación justificativa, reconduciendo a razones posi-tivas, acaba en razones que no pueden ser justificadas (de otro modo la argumentación conduciría a una regresión al infinito). Y el justifica-cionista concluye por lo general que tales “presuposiciones últimas” de-ben, en algún sentido, ir más allá de la posibilidad de la argumentación, y que no pueden ser criticadas. Pero las críticas, las razones críticas, ofre-cidas en mi aproximación no son últimas en ningún sentido; están abier-tas también ellas a la crítica; son conjeturables. Se puede seguir exami-nándolas hasta el infinito; ellas están infinitamente abiertas a un nuevo examen y a una nueva consideración. Sin embargo no se genera ninguna regresión al infinito, dado que no existe la cuestión de demostrar o justi-ficar o establecer algo; y no existe la necesidad de una presuposición úl-tima. Es sólo la exigencia de demostración o justificación lo que genera una regresión al infinito, y crea la necesidad de un término último de la discusión» (Poscritto, I, cit., p. 57).
La discusión crítica, por lo tanto, no es nunca concluyente y sus ar-gumentaciones son – exactamente como las teorías en discusión – con-jeturables. Pero, precisamente porque la discusión crítica no tiene tér-mino ííltimo donde detenerse, puede tener éxito a condición de que en un cierto punto se tome una decisión: esto es, se debe decidir si las argu-mentaciones críticas son o no suficientemente válidas para aceptar una teoría en examen. Y esto significa que las decisiones forman parte del método crítico. Pero sin embargo siguen siendo decisiones provisiona-les, nunca definitivas y siempre sujetas a crítica, coherentemente con el principio fundamental del racionalismo crítico, el cual afirma «que nada está exento de crítica, o que nada debe ser considerado exento de crítica:
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ni siquiera este mismo principio del método crítico» (The Open Society and its Enemies, II, trad. ital., La societa aperta e i suoi nemici, II, Roma, 1974, p. 501).
El racionalismo crítico se caracteriza por el particular rol que asigna a la lógica formal y a la experiencia. Se trata no de una función de justi-ficación de las teorías, sino de una función crítica o, por así decir, ne-gativa.
Para discutir críticamente una teoría es necesario examinar sus múlti-ples consecuencias lógicas, incluso las más remotas. Pero tales consecuen-cias no pueden ser captadas intuitivamente; por esto es necesario desa-rrollar la teoría bajo la forma de sistema deductivo axiomatizado, que desarrolle sus implicaciones más remotas. La lógica formal, en efecto, nos lo permite, y en este sentido es el instrumento esencial de la crítica: como Popper afirma varias veces es «el organon de la crítica racional» (Congetture e confutazioni, cit., p. l l4). Permitiéndonos el desarrollo deductivo de las teorías, el rol de la lógica no es el de dar una justifica-ción, sino el de descubrir las consecuencias, para criticarlas y así criticar sus premisas: «Nosotros no consideramos ya un sistema deductivo como un sistema que establece la verdad de sus teoremas deduciéndolos de “exa-minar” cual verdad es completamente cierta (o autoevidente o induda-ble); lo consideramos, más bien, un sistema que nos permite poner ra-cionalmente y críticamente en discusión sus asunciones, desarrollando sistemáticamente sus consecuencias. La deducción no es utilizada con el único objeto de demostrar conclusiones; es, más bien, un instrumento de crítica racional. Dentro de una teoría puramente matemática, deduci-mos conclusiones para sondear el poder y la fertilidad de nuestros axio-mas; dentro de una teoría física, deducimos conclusiones para someter a crítica y, sobre todo, para controlar las conclusiones deducidas, y, me-diante éstas, nuestras hipótesis: no tenemos, en general, ninguna inten-ción de establecer nuestras conclusiones» (Poscritto, cit., p. 237).
También la experiencia desempeña en esta concepción de la raciona-lidad una función crítica fundamental. Las observaciones y los experi-mentos reiterados son utilizados, en efecto, para controlar las conjetu-ras, para intentar su confutación. «En el tipo de discusión crítica del cual soy partidario – afirma Popper – la experiencia desarrolla, naturalmente, un rol preeminente: la observación y el experimento son invocados cons-tantemente como controles de las teorías» (Congetture e confutazioni, cit., p. 268). Su importancia, en suma, depende enteramente de la posi-bilrdad que ellos tienen no de justificar sino de criticar las teorías. pero la experiencia no consiste en «datos», no es una experiencia observativa pura, absolutamente libre de conjeturas, expectativas hipótesis; al con-trario, es precisamente una trama de conjeturas. Por ello la crítica ava-lada por la experiencia «no consiste en contraponer resultados inciertos
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a los ya asegurados, o a la “evidencia de nuestros sentidos” (o al “dato”). Consiste, en cambio, en confrontar algunos resultados inciertos con otros, a menudo otro tanto inciertos, que con todo pueden ser considerados por el momento como no-problemáticos, aunque puedan en cualquier momento ser objeto de contestación cuando surgen nuevas dudas o tam-bién por efecto de algun nuevo indicio o conjetura» (La socita aperta e i suoi nemici, II, cit., ps. 514-15).
Delienando en general la concepción de la racionalidad como crítica de las teorías, veamos ahora cómo en base a ella es posible resolver el problema de la preferencia racional entre teorías científicas y teorías no científicas, y afirmar que la ciencia es una forma de conocimiento mejor que la no-ciencia, el ejemplo mejor de conducta intelectual humana, el paradigma del saber. Para ello es suficiente desarrollar una simple argu-mentación. Todas las teorías, científicas o no, en cuanto son un intento de resolver determinados problemas, pueden ser discutidas críticamente y por eso son racionales. Pero las teorías científicas, puesto que a dife-rencia de las no científicas son controlables empíricamente, y puesto que entonces pueden ser sometidas al método del control empírico, que no es aplicable a las no científicas por el hecho de que no satisfacen el re-quisito de la controlabilidad, pueden ser discutidas críticamente de un modo más completo – o sea también a la luz de los controles observati-vos y experimentales –, que estas últimas. En consecuencia se puede afir-mar que «el método de la ciencia [...] es el mejor que tenemos» (Poscrit-to, I, cit., p. 87). La ciencia, en suma, gracias al particular carácter de sus teorías, que permite una más completa aplicación del método crítico-racional, no sólo es racional, sino que es el mejor ejemplo de racionali-dad, el mejor ejemplo de conducta intelectual. Así pues, aunque no pue-da ya ser considerada episteme y sea, al igual que las otras formas de conocimiento, conjetural, sigue siendo la mejor forma de conocimiento, el paradigma del saber. Como escribe Popper, las ciencias representan «nuestros intentos mejores en la solución de los problemas y en el descu-brimiento de los hechos» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 383).
Resuelto positivamente el problema de la preferencia entre teorías cien-tíficas y teorías no científicas con la tesis de que las primeras son mejo-res de las segundas, que representan «nuestros intentos mejores en la so-lución de los problemas» (Conosenza oggettiva, cit., p. 383), queda por afrontar la cuestión de la preferencia entre teorías científicas, la cues-tión de si dadas dos teorías científicas rivales, esto es, avanzadas como soluciones de los mismos problemas, es posible, manteniendo que todas son conjeturas, escoger la teoría mejor, realizando así un progreso del conocimiento.
Pero ¿en qué sentido se puede hablar de teoría “mejor”, y por lo tanto de progreso del conocimiento? Como hemos visto, para Popper se debe
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abandonar la pretensión de poder establecer la verdad de cualquier teo-
ría y se debe reconocer que el conocimiento es falible; pero al mismo tiem-
po, puesto que las mismas nociones de falibilidad y de error tienen senti-
do sólo si se mantiene la idea de verdad, él hace suya la noción de verdad
como correspondencia con los hechos y la asume como idea reguladora
de la intervención científica. En efecto, es en relación con la tesis de la
verdad como objeto de la ciencia como Popper explica el hecho signifi-
cativo de “teoría mejor”: «describir una teoría como mejor que otra,
o superior a ella, o con otros términos, equivale a indicar que aparece
como más cercana a la verdad» (PoscritPo, I, cit., p. 53). Por progreso
del conocimiento se debe pues entender una creciente aproximación a la
verdad.
Popper elaboró una definición de “aproximación a la verdad” o “ve-
rosimilitud” sirviéndose de las nociones tarskianas de verdad y conteni-
do lógico de aserto. «Consideremos – escribe – el contenido de una aserto
a; o sea, la clase de todas las consecuencias lógicas de a. Si a es verdade-
ro, dicha clase puede consistir solamente en asertos, porque la verdad
siempre transmite de una premisa a todas sus conclusiones. Pero si a es
falso, su contenido consistirá siempre en conclusiones o verdaderas o fal-
sas (por ejemplo: “en sábado siempre llueve”, pero la conclusión obte-
nida, según la cual el sábado pasado llovió, puede ser verdadera). Por
cosiguiente, tanto si la aserción es verdadera, como si es falsa, puede ha-
ber más verdad, o menos verdad, en aquello que aserta, según si su con-
tenido consiste en un número mayor, o menor, de aserciones verdade-
ras. Llamamos ahora a la clase de las consecuencias lógicas verdaderas
de a, el “contenido de verdad” de a [...] ; y llamamos a la clase de las
consecuencias falsas de a, y solamente de éstas, el “contenido de false-
dad” de a. (El “contenido de falsedad” no es, propiamente hablando,
con “contenido”, puesto que no contiene ninguna de las conclusiones
verdaderas obtenidas de las aserciones falsas que constituyen sus elemen-
tos. Es posible sin embargo [...] definir su medida mediante los dos con-
tenidos). Estos términos son tan objetivos como los términos “verdade-
ro”, “falso” y “contenido”. Podemos ahora afirmar: Asumiendo que
el contenido de verdad y el contenido de falsedad de las teorías ti y T¿
sean paradignables, podemos decir que Tz está más cercana a la verdad,
o bien corresponde a los hechos mejor que ti, si, y sólo si: a) el conte-
nido de verdad, pero no el contenido de falsedad, de t¿, supera al de T¿,
b) el contenido de falsedad ti, pero no su contenido de verdad, supera
al de t¿. Si ahora empleamos la asunción (quizás ficticia) según la cual
el contenido de falsedad y el contenido de verdad de una teoría a son,
en principio, mensurables, podemos proceder un poco más allá de esta
definición, y definir Vs (a), es decir, una medida de la verWimilitud de
a. La definición más simple sería:
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Vs (a) = Ctv (a) – CtF (a)

donde Ctv (a) es una medida del contenido de verdad de a, y CtF (a) es una medida de su contenido de falsedad [...]. Es obvio que Vs (aj debe aumentar: a) si crece Ctv (a) y no Ct¿ (aj, y b) si decrece Ct¿ y no Ctv (a) (Congetture e confutazioni, cit., ps. 400-01).
Con la elaboraciíí de esta definición de verosimilitud en términos de contenido de verdad, Popper no se ha propuesto, como a veces se ha pensado, hacer posible la determinación numérica del grado, de aproxi-mación a la verdad de las teorías, sino más bien ofrecer una aclaración rigurosa de qué significa afirmar que una determinada teoría está más cercana a la verdad que otra teoría rival, rehabilitando – tras el modelo de Tarski – una noción de sentido común alejando así la sospecha de que pudiera resultar lógicamente discutible o sin significado. Sin embar-go, la definición de Popper se ha demostrado errónea. Él reconoció el fracaso de su definición, pero puesto que opinaba «que una definición formal de verosimilitud no es necesaria para poder hablar sensatamen-te» (Poscritto, I, cit., p. 25), suguió utilizando dicha noción como con-cepto no definido. Popper ilustra el único uso admitido en su teoría del conocimiento mediante un ejemplo: «La aserción de que la tierra esta inmóvil y de que el cielo estrellado gira a su alrededor está más lejana a la verdad que la de que la tierra gira alrededor de su propio eje: esto es, que es el sol el que está inmóvil y que la tierra y los otros planetas se mueven alrededor del sol en órbitas circulares (como propusieron Co-pérnico y Galileo). La aserción, debida a Kepler, de que los planetas no se mueven en círculos, sino en elipses (no muy alargadas) con el sol en su foco común (y con el sol inmóvil, o en rotación alrededor de su pro-pio eje), es una ulterior aproximación a la verdad. La aserción (debida a Newton) de que existe un espacio inmóvil, pero que, prescindiendo de la rotación, su posición no puede ser hallada mediante observaciones de las estrellas o de los efectos mecánicos, es un ulterior paso hacia la ver-dad» (Ib., p. 24).
El problema de si una teoría científica es mejor, o preferible a otra, se precisa en este punto como problema de si hay razones para conside-rarla más cercana a la verdad que una rival. La propuesta de Popper es positiva: «Intento demostrar – afirma – que mientras que podemos te-ner argumentos suficientemente buenos en las ciencias empíricas para pre-tender que hayamos alcanzado efectivamente la verdad, podemos tener argumentos fuertes y razonablemente buenos para pretender que pode-mos haber hecho un progreso hacia la verdad; o sea, que la teoría Tz es preferible a su predecesora Ti, por lo menos a la luz de todos los ar-gumentos racionales conocidos» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 85). Para Popper, pues, aunque no haya una ley del progreso. que nos garantice
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un aumento del conocimiento, es con todo posible hablar claramente y racionalmente de progreso de la ciencia. Se trata incluso de un aspecto fundamental de ella: «Sostengo – escribe – que el continuo crecer es esen-cial al carácter racional y empírico del conocimiento científico; y que, si este proceso se detiene, la ciencia pierde necesariamente dicho carác-ter. Aquello que la hace racional y empírica, en efecto, es el modo en que crece; esto es, la manera con que los científicos distinguen entre teorías disponibles y escogen la mejor» (Congetture e confutazioni, cit., página 369).
La clave de la solución del problema de la preferencia entre teorías científicas rivales es el método de la discusión crítica, incluido el control empírico, que aparece por lo tanto como «nuestro gran instrumento de progreso» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 60), «nuestro instrumento prin-cipal para promover el desarrollo de nuestro conocimiento en el mundo de los hechos» (Ib., p. 417). Para Popper, en efecto, «la discusión críti-ca nunca puede establecer razones suficientes para pretender que una teo-ría es verdadera; nunca puede “justificar” nuestra pretensión al conoci-miento. Pero la discusión crítica puede, si somos afortunados, establecer razones suficientes para la siguiente pretensión: “Esta teoría parece en este momento, a la luz de una discusión crítica completa y de controles severos e ingeniosos, con diferencia, la mejor (la más fuerte, la mejor controlada); y así parece más cercana a la verdad entre las teorías en con-currencia”. Dicho brevemente: nunca podemos justificar racionalmente una teoría – o sea una pretensión de conocer la verdad – pero podemos, si somos afortunados, justificar racionalmente una preferencia por una teoría entre un conjunto de teorías en concurrencia, por el momento; esto es, respecto al estado presente de la discusión. Y nuestra justifica-ción, aunque no sea una pretensión de que la teoría sea verdadera, pue-de ser la pretensión de que hay todos los indicios, a este nivel de la discu-sión, de que la teoría es una aproximación a la verdad mejor que cualquier teoría rival hasta ahora propuesta» (Ib., ps. 113-14).
Para una mejor comprensión de este texto, es oportuno subrayar dos importantes puntos. Ante todo que la valoración de una teoría científica como mejor que sus rivales es el resultado de la discusión crítica; esta es, mientras existe la posibilidad de ser sometidas a una discusión crítica que incluye el control empírico que sanciona la superioridad de las teo-rías científicas de las no científicas, en cambio, en el caso de la valora-ción de teorías científicas rivales es el resultado de la discusión crítica, en cuanto evidencia que una teoría científica ha suscitado a la crítica mejor que otra, lo que establece que ella debe ser considerada mejor o más cer-cana a la verdad que sus rivales. En segundo lugar, que tal valoración es siempre conjetural; la discusión crítica, en efecto, no puede hacer más que ofrecer indicaciones, buenas razones para afirmar que una teoría pa-
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rece mejor que sus rivales; «tales razones críticas no prueban, natural-mente, que nuestra preferencia sea nada más que conjetural: deberemos abandonarla si surgieran nuevas razones críticas contra ella, o si se pro-pusiera una nueva y prometedora teoría que requiera iniciar de nuevo la discusión crítica» (Poscritto, I, cit., p. 49). El veredicto de la discu-sión crítica, pues, es siempre conjetural, y en este sentido Popper esta-blece una analogía entre elección de la teoría mejor y la del mejor testi-go: «Si nos encontramos frente a testigos que se contradicen recíprocamente, tratamos de someterlos a confrontación, de analizar crí-ticamente aquello que dicen, de controlar por un y otro lado los detalles de importancia. Y podremos decidir – decidir racionalmente – preferir a uno de ellos dando por descontado que todos los testimonios, sin ex-cluir los mejores, son de algún modo parciales, en cuanto toda testifica-ción, incluso cuando se limita a la observación, es selectiva (como todo pensamiento), de modo que el ideal de “toda la verdad y nada más que la verdad” es, rigurosamente hablando, inalcanzable a pesar de que es-tamos siempre indudablemente dispuestos a revisar nuestra preferencia por uno de los testigos a la luz de nuevos argumentos críticos o de nue-vas pruebas» (Ib., p. 86).
La posibilidad de instituir una discusión crítica de teorías rivales, me-diante la cual escoger la mejor, aquella que constituye un progreso del conocimiento, presuponiendo obviamente que las teorías son confron-tables entre sí. Pero las teorías científicas ¿son realmente confrontables? A pesar de las objeciones avanzadas por los críticos, Popper afirma que sí y afirma que «teorías que ofrecen soluciones a los mismos problemas o a problemas análogos son realmente confrontables, que las discusio-nes sobre ellas son siempre posibles y fecundas, y que no sólo son posi-bles, sino que realmente tienen lugar» (The Myth of Framework, trad. ital., Il mito della cornice, en Aa. Vv., I modi del progresso, Milán, 1985, p. 39), y esto permite considerar el paso de una teoría a otra como un proceso racional más bien que como un salto irracional. La discusión crítica de teorías científicas rivales es pues posible, y es el instrumento que nos permite valorar cuál de ellas es la mejor. Aunque la valoración del carácter progresivo de una teoría sea el resultado de una discusión crítica de la cual forman parte fundamentalmente el control empírico, sin embargo aún antes de someter a control empírico una teoría, pode-mos dar una valoración de su carácter potencialmente o virtualmente pro-gresivo, esto es, «somos capaces de decir si, superados determinados con-troles, representaría una mejora respecto a las otras teorías ya conocidas por nosotros» (Congetture e confutazioni, cit., p. 372). Hay, en efecto, afirma Popper, un criterio absolutamente simple e intuitivo para identi-ficar tal carácter: «Establece que es preferible la teoría que afirma más, o sea que contiene la mayor cantidad de informaciones o contenido em-
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pírico; que es lógicamente más fuerte, que tiene el mayor poder de expli-cación y de previsión y, por lo tanto, puede ser controlada más severa-mente, confrontando los hechos previstos con las observaciones. En breve, preferimos una teoría interesante, audaz, e informativa en alto grado, a una teoría banal. Es posible mostrar que todas estas prioridades, que consideramos deseables en una teoría, equivalen a una única y misma característica: un mayor grado de contenido empírico o de contrabili-dad» (Ib., p. 373). Y puesto que la controlabilidad de una teoría aumen-ta según disminuye su probabilidad (en el sentido del cálculo de las pro-babilidades), se puede decir que «el criterio para valorar el potencial carácter satisfactorio de una teoría es la controlabilidad, o improbabili-dad: solamente una teoría altamente controlable, o improbable, merece ser sometida a controles, y resulta satisfactoria de hecho (y no sólo po-tencialmente), si supera los severos controles – especialmente aquellos que podemos considerar cruciales para la teoría aún antes de que sean emprendidos» (Congetture e confutazioni, cit., ps. 376-77).
La elección del mayor grado de controlabilidad como criterio del ca-rácter potencialmente progresivo de una teoría está motivada, para Pop-per, sobre la base de.la tesis según la cual el objeto de la ciencia es en-contrar explicaciones cada vez más satisfactorias: en substancia, «la conjetura de que el objetivo de la ciencia es encontrar expliaciones satis-factorias nos hace progresar hacia la idea de mejorar el grado de educa-ción de nuestras explicaciones mejorando su grado de controlabilidad, esto es, procediendo hacia explicaciones más controlables; es decir [...] procediendo hacia teorías dotadas de un contenido cada vez más rico, de un grado de universalidad más alto, y de un más alto grado de preci-sión» (Poscritto, I, cit., p. 154). Y puesto que esto está «en plena armo-nía» con la historia y la práctica real de la ciencia, el criterio, además de ser motivado teóricamente, es históricamente adecuado. Popper evi-dencia esta adecuación mediante algunos ejemplos históricos. «Las teo-rías de Kepler y de Galileo – escribe – fueron unificadas, y substituidas, por la teoría de Newton, lógicamente más válida y mejor controlada, y lo mismo sucedió con las teorías de Fresnel y Faraday por obra de Max-well. Las teorías de Newton y Maxwell, a su vez, fueron unificadas y substituidas por las de Eistein. En cada uno de estos casos, el progreso estaba en la dirección de una teoría más informativa, y por lo tanto lógi-camente menos probable: esto es, una teoría más severamente controla-ble, en cuanto sus previsiones, en sentido puramente lógico, eran confu-tables más fácilmente» (Congetture e confutazioni, cit., p. 377).
En este punto se manifiesta plenamente la posición clave que la no-ción de controlabilidad tiene en la teoría del conocimiento de Popper. En efecto, no sólo desarrolla la función de criterio de demarcación entre teorías científicas (controlables) y teorías no científicas (no controlables),
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así como la de criterio de preferencia de las primeras sobre las segundas, sino que, como hemos visto, desempeña también el rol de criterio del carácter potencialmente progresivo de una teoría científica respecto a otra; es preferible o potencialmente mejor la teoría que en comparación con las otras presenta el mayor grado de controlabilidad.
Naturalmente, para que una teoría pueda ser considerada no sólo po-tencialmente sino también efectivamente mejor o progresiva es necesa-rio que supere el control empírico, y en este sentido la valoración decisi-va es la valoración a posteriori. La valoración a priori, sin embargo, es de «fundamental importancia». En efecto – afirma Popper – «la valo-ración a posteriori de una teoría depende del modo con que ella ha resis-tido a pruebas severas e ingeniosas. Pero las pruebas severas, a su vez, presuponen un alto grado de probabilidad a priori o contenido. Por esta razón la valoración a posteriori de una teoría depende en gran medida de su valor a priori: las teorías no son interesantes a priori – de pequeño contenido – no es necesario que sean probadas, puesto que su bajo gra-do de demostrabilidad excluye a priori la posibilidad de que puedan ser sometidas a pruebas realmente significativas e interesantes. Por otra lado, las teorías altamente demostrables son interesantes e importantes inclu-so si no consiguen superar su prueba: nosotros podemos aprender una inmensidad de cosas de su fracaso. Su fracaso puede ser fecundo, pues-to que de hecho puede sugerir el modo de construir una teoría mejor» (Conoscenza oggettiva, cit., ps. 194-95).
La valoración a posteriori, consiste en determinar cómo una teoría ha respondido a los controles. Para esta valoración Popper ha introdu-cido la noción de “grado de corroboración” : «Por grado de corrobora-ción de una teoría – escribe – entiendo un conciso resumen valorativo del estado (en un cierto tiempo t) de la discusión crítica de una teoría, respecto al modo en que resuelve sus problemas; su grado de controlabi-lidad; la severidad de los controles a que ha sido sometida; el modo con que los ha superado» (Ib., p. 38). Puesto que, como se ve, se puede ha-blar exclusivamente de grado de corroboración de una teoría en un de-terminado momento de su discusión crítica, el grado de corroboración no es más que un resumen valorativo de pruebas pasadas, de cómo una teoría ha respondido hasta un cierto momento de su discusión crítica a los controles a que ha sido sometida, y en cuanto tal, en cuanto valora-ción de las pasadas prestaciones de una teoría, puede ser utilizada sola-mente con fines comparativos, pertmitiéndonos decir que una determi-nada teoría tiene un grado de corroboración mayor que una rival suya y por lo tanto es preferible a ella, pero no dice nada sobre su capacidad de sobrevivir a controles futuros. Una atribución de este tipo equival-dría a una inferencia inductiva de la supervivencia pasada a la futura. Pero esto es lo que Popper no hace: «las posibilidades de supervivencia
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de una teoría no crecen, creo, paralelamente a su grado de corrobora-ción, o a su pasado poder de sobrevivir a los controles» (Poscritto, I, cit., p. 90).
Popper ha ofrecido una formulación sintética en siete puntos de su concepción de la corroboración: «(1). El grado de corroboración de una teoría es una valoración de los resultados de los controles empíricos a los que ha sido sometida. (2). Hay dos actitudes, dos distintos modos de considerar las relaciones entre una teoría y la experiencia: se puede buscar la confirmación, o la confutación (las dos actitudes son variantes de la actividad apologética [o dogmática] y de crítica). Los controles cien-ttficos son siempre intentos de confutación. (3). La diferencia entre los intentos de confirmación y los intentos de confutación es ampliamente, aunque no completamente, susceptible de análisis lógico. (4). Una teo-ría será mucho mejor corroborada cuanto más severos sean los contro-les que ha superado (o cuanto mejor los ha superado). (S). Un control será tanto más severo cuanto mayor sea la probabilidad de no superarlo (me refiero sea a la probabilidad a priori o absoluta, sea a la probabili-dad de aquello que llamo el “conocimiento de fondo”, o sea el conoci-miento que, de común acuerdo, no es puesto en duda cuando se contro-la la teoría a examen). (6). En consecuencia, todo control genuino se puede describir intuitivamente como intento de “coger en falta” a la teo-ría; como examen no es solamente severo, sino también injusto: se lleva a cabo para suspender al candidato, en lugar de para darle la posibilidad de demostrar que sabe. Esta última actitud sería la que asumen aquellos que quieren confirmar o “comprobar” sus teorías. (7). Asumiendo siem-pre el hecho de estar guiados en nuestro controles por una genuina dis-posición crítica, y de empeñarnos a fondo en someter a control una teo-ría (asunción, esta, que no puede ser formalizada), podemos decir que el grado de corroboración de una teoria aumentará en proporción a la improbabilidad (relativa al conocimiento de fondo) de los previstos asertos de control, a condición de que las previsiones formuladas con la ayuda de la teoría se cumplan» (Id., p. 258).
Siendo un resumen sintético de la discusión crítica, una valoración de la severidad de los controles a los que una hipótesis ha sido sometida y del modo en que los ha superado, el grado de corroboración nos per-mite localizar la mejor de entre las teorías en concurrencia, esto es, aquella que habiendo resistido mejor a los intentos de confutación apa ece como la más cercana a la verdad, y en este sentido dicho grado de cor bora-ción es «un medio para establecer la preferencia respecto a la ve ad» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 40). Hay que recalcar, sin embargo, ue para Popper el grado de corroboración de una teoría, puesto que siem$re tiene un índice temporal, «no puede ser una medida de su verosimilitgd, pero puede ser tomado como una indicación de cómo su verosirqili-
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tud aparece en el tiempo t, comparada con otra teoría. Así el grado de verosimilitud es una guía a la preferencia entre dos teorías a un cierto nivel de la discusión respecto a su aproximación a la verdad aparente en un momento dado. Pero sólo dice que una de las teorías propuestas parece – a la luz de la discusión – la más cercana a la verdad» (Id., p. 138). En conclusión, pues, la discusión crítica no puede nunca justificar una teoría; pero puede sostener racionalmente nuestra preferencia por una teoría respecto a una rival en el sentido de que «si dos teorías rivales han sido criticadas y controladas del modo más completo posible, con el resultado de que el grado de corroboración de una es mayor que el de la otra, tendremos, en general, motivos para creer que la primera es una mejor aproximación a la verdad que la segunda» (Poscritto, I, cit., páginas 83-84).

990. GÉNESIS Y DESARROLLO DEL CONOCIMIENTO.

Como es sabido, Popper diferencia claramente entre dos distintos pro-blemas del conocimiento: por una parte el problema lógico, epistemoló-gico y metodológico de la validez del conocimiento – incluida la cues-tión de la “justificación” de la preferencia entre teorías rivales que es el único tipo de “justificación” posible – ; por otra, el problema factual del génesis y del desarrollo del conocimiento. Hasta aquí hemos tomado en consideración el análisis que él lleva a cabo sobre el primero de estos dos problemas; ahora debemos ocuparnos de su investigación acerca del segundo. Popper, en efecto, aunque considera «fundamentales» las cues-tiones de valor, también explora ampliamente el proceso efectivo de ad-quisición del conocimiento: ante todo porque le parece un problema «fas-cinante» (Poscritto, I, cit., p. 63), cuya clarificación contribuye de modo importante a la comprensión de aquel «gran milagro del universo» (Co-noscenza oggettiva, cit., p. 17) que es el conocimiento humano, y en se-gundo lugar por estar convencido de que el principal obstáculo para la aceptación de su solución negativa del problema lógico de la inducción lo constituye la dominante concepción inductivística del proceso de ad-quisición del conocimiento (I due problemi fondamentali, cit., p. xxxtt y Replies to my Critics, Schilpp, a cargo de, The Philosophy of Karl Popper, II, p. 1016), formulado en particular dentro de la tradición em-pirística y conocida con el nombre de “teoría de la mente como tabula rasa”. La investigación de Popper sobre el problema de la génesis y del desarrollo del conocimiento se articula esencialmente en dos momentos: una cerrada crítica de la concepción inductivística, denominada también “teoría de la mente como recipiente”, y la elaboración de una teoría al-ternativa, la “teoría de la mente como faro”.
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El principio fundamental de la teoría inductivística del conocimiento afirma que «no hay nada en el intelecto que no haya entrado a través de los sentidos» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 21). En otros términos, la mente es una tabula rasa, un recipiente originariamente vacío, y noso-tros podemos adquirir conocimiento acerca del mundo sólo a través de nuestros sentidos: estos son «las fuentes de nuestro conocimiento – las fuentes o las entradas en nuestra mente» (Ib., p. 89) y proporcionan pu-ros datos de información procedentes del mundo exterior. Por lo tanto el conocimiento es – ante todo – el resultado de la experiencia senso-rial, del proceso por el cual mediante los órganos de sentido los datos entran en nuestra mente, y consiste en «percepciones u observaciones o impresiones sensoriales o “datos” sensoriales que nos son “proporcio-nados” por el mundo exterior, sin nuestra intervención personal» (Pos-critto, I, cit., p. 74). Además de este conocimiento directo y elemental, que es pura recepción de datos, hay – también – un conocimiento de nivel superior, que va más allá de los datos adquiridos y conecta estos últimos a datos futuros; consiste en expectativas, creencias, teorías y se constituye por inducción, o sea a través de la repetición de observacio-nes hechas en el pasado. Popper ha esquematizado así los puntos funda-mentales a su parecer radicalmente ingénuos y erróneos, de la teoría in-ductivística del conocimiento: «1) el conocimiento es concebido como consistente de cosas o entidades parecidas a cosas en nuestro recipiente (como ideas, impresiones, sentidos, datos de sentidos, elementos, expe-riencias atómicas o – quizás un poco mejor – experiencias moleculares o “Gestalten”). 2) El conocimiento está, ante todo, en nosotros: con-siste en informaciones que nos han llegado, y que hemos sabido asimi-lar. 3) Hay un conocimiento inmediato o directo; o sea los elementos puros, no adulterados, de información que han entrado en nosotros y aún no asimilados. No podría haber conocimiento más elemental y cier-to que este [...]. 4) Sin embargo, tenemos una exigencia práctica de un conocimiento que va más allá de los simples datos o simples elementos, porque aquello de lo que tenemos especialmente necesidad es el conoci-miento que establece espectativas conectando los datos existentes con los elementos futuros. Este conocimiento más alto se establece mediante la asociación de ideas o elementos. 5) Ideas o elementos están asociados si se presentan juntos; y, lo más importante,' la asociación es reforzada por la repetición. 6) De este modo establece s expectativas (si la idea a está fuertemente asociada con la idea b, ent ces el presentarse de a suscita fuerte expectativa de b). 7) Al mismo ti po, surgen las creen-cias. La creencia verdadera es la creencia en una a)ociación infalible. La creencia errónea es una creencia en una asociacióg de ideas que, aunque quizás se hayan,presentado juntas en el pasado, $o se repiten infalible-mente juntas» (Cwnosenza oggetiva, cit., ps. 90 91).
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La concepción inductivística del proceso de adquisición del conoci-miento, las tesis según las cuales se parte de la observación y se llega por repetición de observaciones a las teorías, se halla abundantemente pre-sente en la filosofía y es compartida incluso por quien, como Hume, ha mostrado la no validez lógica de la inferencia inductiva. Como se sabe, Hume planteó la cuestión de la validez de la inferencia de observaciones a teorías, del razonamiento que procede de casos repetidos de los cuales no tenemos experiencia, y llegó a la conclusión de que tal razonamiento no está justificado. «Él – escribe Popper – trató de demostrar que la inferencia inductiva – todo razonamiento de casos únicos y observables (y de lo repetido) a algo del estilo de regularidad o de leyes – tiene que ser no válida. Él trató de demostrar que una inferencia de este tipo ni siquiera podía ser aproximativamente o parcialmente válida. Ni tampo-co podía ser una inferencia probable: tenía que ser, más bien, completa-mente infundada, y seguir siéndolo siempre, independientemente del nú-mero de ejemplos observados. Por consiguiente, Hume trató de demostrar que no podemos hacer ninguna inferencia válida de lo conocido a lo des-conocido, o de aquello que ha sido experimentado a aquello que no le ha sido (y por eso, por ejemplo, del pasado al futuro) : no importa cuán-tas veces se haya observado al sol salir y ponerse regularmente; hasta el mayor número de ejemplos observados no constituye aquello que he llamado una razón positiva para la regularidad, o la ley, del salir y po-nerse el sol. Por eso, no puede ni establecer esta ley ni hacerla probable» (Poscritto, I, cit., ps. 59-60).
Establecida la no validez de la inferencia inductiva, a Hume le resta-ba por explicar cómo de hecho las personas creen naturalmente en la re-gularidad. En la formulación de Popper, el problema de Hume es: «¿Por qué, no obstante, cualquier persona razonable, espera, y cree, que los casos de los que no tiene experiencia se conformarán a aquellas de las cuales tiene experiencia? Esto es, ¿por qué nosotros tenemos expectati-vas en las cuales tenemos una gran confianza?» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 22). La respuesta que Hume da a este problema es, siempre en la formulación de Popper, la siguiente: «A causa de la “costumbre o el hábito” ; o sea, porque nosotros estamos condicionados por repeticio-nes y por el mecanismo de la asociación de las ideas; un mecanismo sin el cual, dice Hume, difícilmente podríamos sobrevivir» (Ib., p. 22). Tam-bién para Hume, gues, aunque no sea lógicamente válida, la inducción es el mecanismo mediante el cual de hecho adquirimos el conocimiento: «Incluso Hume – afirma Popper – a pesar de su gran descubrimiento de que una ley natural no puede ser probada ni tampoco hacerse “pro-bable” por la inducción, siguió creyendo firmamente que los animales y los hombres aprenden precisamente mediante la repetición: tanto me-diante observaciones repetidas como mediante la formación de costum-
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bres, o el refuerzo de costumbres, mediante la repetición» (Poscritto, I, cit., p. 62).
Popper está plenamente de acuerdo con la tesis de Hume según la cual la inferencia inductiva no es válida, pero no comparte en absoluto su concepción inductivística de la adquisición del conocimiento, la idea de que nosotros aprendemos a través de la repetición de observaciones, o que «la asociación reforzada por la repetición es el mecanismo principal del intelecto» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 128): para él, en efecto, «no existe algo como la inducción por la repetición» (Ib., p. 25), la induc-ción, la formación de una creencia por repetición no es un hecho, sino «una especie de ilusión óptica», «un mito» (Ib., p. 45). Popper conside-ra la teoría inductivística del conocimiento «errónea» y «confutable en el plano puramente lógico» (Congetture e confutazioni, cit., p. 78), y con una cerrada argumentación crítica ataca su mismo núcleo central, la idea de la repetición basada en la similitud. «El tipo de repetición con-cebido por Hume no puede ser nunca perfecto; los casos a los que se refiere no pueden ser nunca idénticos; puede tratarse sólo de casos de similitud. Por lo tanto, se frata de repeticiones solamente desde un cier-to punto de vista. Aquello que para mí es una repetición, puede no pare-cerlo a una araña. Por esto significa que, por razones lógicas, debe ha-ber siempre un punto de vista – un sistema de expectativas, anticipaciones, asunciones, o intereses – antes de que pueda darse cual-quier repetición; y este punto de vista, en consecuencia, no puede ser sim-plemente el resultado de la repetición. Con el fin de una teoría psicológi-ca del origen de nuestras creencias, debemos substituir la idea primitiva de elementos que son parecidos por la concepción de acontecimientos ante los cuales reaccionamos interpretándolos como parecidos. Pero si es así, y no veo otra posibilidad, entonces la teoría psicológica humeiana de la inducción conduce a una regresión al infinito, totalmente análoga a la otra regresión al infinito descubierta por el mismo Hume y utilizada por él para hacer saltar la teoría lógica de la inducción [...]. Por decirlo de un modo más conciso, la similitud-para-nosotros es el producto de una respuesta que comporta unas interpretaciones, las cuales pueden re-sultar inadecuadas, y unas anticipaciones o expectativas las cuales pue-den no realizarse nunca. Es, por lo tanto, imposible explicar las antici-paciones, o las expectativas, base a las numerosas repeticiones, como sugiere Hume. En efecto, tamb' 'n la primera repetición-para-nosotros está basada necesariamente en la s ilitud-para-nosotros, y por lo tanto en expectativas que son precisamerige aquello que queríamos explicar. Y esto muestra que en la teoría psico)ógica de Hume hay implícita una regresión al infinito» (Ib., ps. 80-81)
Sobre la base del análisis lógico es ecesario por lo tanto afirmar que la tesis de la primacia de las repeticio es es insostenible y que la hipóte-
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sis, la teoría es anterior a la observación, en suma que cada observación, es una interpretación y presupone siempre un punto de vista teórico, un sistema de expectativas, un cuadro de referencia sólo dentro del cual ad-quiere sentido: «Una observación – escribe Popper – está siempre pre-cedida de un particular interés, una cuestión, o un problema – en bre-ve, de algo teórico [...]. Así podemos afirmar que toda observación está precedida de un problema, una hipótesis (o como queramos llamarlo); en resumidas cuentas, de algo que nos interesa, de algo teórico o especu-lativo» (Conoscenza oggettiva, cit., ps. 447-48).
Y dado de que desde un punto de vista lógico la observación no pue-de preceder a la teoría, y dada la conjetura heurística (“principio de tran-sición”) según la cual «la misma cosa que sucede a nivel lógico deberá suceder a todos los niveles del organismo» (The Self and its Brain, III, trad. ital., L’io e il suo cervello, III, Roma, 1982, p. 529), Popper derri-ba la teoría de la tabula rasa y avanza la propuesta de que, de hecho, en el proceso del conocimiento la hipótasis, la expectativa precede a la observación. Más exactamente, él afirma que todo animal nace con ex-pectativas, con algún conocimiento, que puede también estar falto de fia-bilidad, y en este sentido es conocimiento hipotético, pero es sin embar-go el punto desde el cual el proceso cognoscitivo puede constituirse. Para Popper las expectativas son disposiciones para interpretar aquello que llega a través de los sentidos, “cuasi-teorías” (theory like) sin las cuales los datos sensoriales iniciales no conseguirían cristalizar en percepción, experiencia y conocimiento; para él, además, se debe reconocer que «no hay órgano de sentido en el cual no estén incorporadas genéticamente teorías anticipativas» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 101). El ojo de un gato que reacciona de maneras distintas a diversas situaciones típicas muestra, en efecto, que en su estructura hay mecanismos pre-constituidos, los cuales están en relación con las situaciones biológicamente más im-portantes entre las cuales debe diferenciar: «la disposición para diferen-ciar entre estas situaciones está pre-constituida en el órgano del sentido, y con ella la teoría de que éstas y sólo éstas son las situaciones relevantes para cuya diferenciación debe ser utilizado el ojo ([...]. Aquello puede ser absorbido (y ante lo cual se ha de reaccionar) como imput importan-te y aquello que es ignorado como irrelevante dependen completamente de la estructura innata (el “programa”) del organismo» (Ib, ps. 101-02). Pero si los propios órganos de sentido están impregnados de teoría, si nosotros observamos sólo aquello que es relevante a partir de nuestras espectativas, entonces se debe decir que la observación es un proceso en el cual desarrollamos un rol fuertemente activo, una actividad guiada por el contexto de las expectativas; que «no “tenemos” una observación como podemos “tener” una experiencia de sentido), sino que “hacemos” una observación» (Ib., p. 447). En síntesis, a la concepción inductivística del
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conocimiento Popper contrapone la siguiente teoría: «Sin esperar, pasi-vamente, que las repeticiones dejen su impronta en nosotros, o nos im-pongan regularidades, nosotros tratamos activamente de imponer regu-laridades al mundo. Tratamos de descubrir en él similitudes, y de interpretarlo en los términos de leyes inventadas por nosotros. Sin espe-rar las premisas, saltamos a las conclusiones. Éstas, a continuación, po-drán ser substituidas si la observación muestra que son erróneas» (Con-getture e confutazioni, cit., p. 83).
Al estar basada en consideraciones lógicas, Popper considera que la tesis de la primacía de la teoría sobre la observación es válida para todos los niveles del conocimiento, y por consiguiente también para el conoci-miento científico. Por esta razón interpreta las teorías científicas no como síntesis de observaciones, resultado de un proceso inductivo, sino como «libres creaciones de nuestra mente, resultado de una intuición casi poé-tica, de un intento de comprensión intuitivo de la naturaleza» (Ib., p. 330). Desde este punto de vista, la concepción inductivística del conoci-miento científico teorizada por Bacon, y aún hoy ampliamente sosteni-da – según la cual la ciencia parte de la observación y, mediante la in-ducción, llega a las generalizaciones y finalmente a las teorías – aparece como «verdaderamente absurda» (Ib., p. 83), y se impone una imagen alternativa a ella. Delineando esta imagen, Popper escribe: «La ciencia no parte nunca de la nada; no puede nunca ser descrita como libre de asunciones; en efecto, a cada instante presupone un horizonte de expec-tativas, por así decir. La ciencia actual está construida sobre la de ayer (y por consiguiente es el resultado del faro de ayer) ; y la ciencia de ayer, a su vez, está basada en la de anteayer. Y las más antiguas teorías cientí-ficas están construidas sobie mitos precientíficos, y éstos a su vez, sobre expectativas aún más antiguas. Ontogenicamente (esto es, respecto al de-sarrollo del organismo individual) retrocedemos pues al estado de las ex-pectativas de un recien nacido; filogenéticamente (respecto a la evolu-ción de la especie, el philum) nos remontamos hasta el estadio de las expectativas de los organismos unicelulares. (No hay ningún riesgo de una regresión infinita viciosa – aunque sólo fuera porque todo organis-mo ha nacido¿con un horizonte de expectativas)» (Conoscenza oggetti-va, cit., p. 453g
La tesis de la gimacía de la teoría, la idea de que la observación pre-supone siempre un¿punto de vista, un trasfondo, un cuadro de referen-cia dentro del cual Jas mismas observaciones adquieren significado, es – por lo tanto – un regla que vale en todos los niveles del conocimien-to, tanto para el con cimiento precientífico como para el científico, para los animales como p ra los científicos. Entre estos ííltimos hay una dife-rencia substancial o sólo por el distinto grado de conciencia que tienen de sus horizontes e expectativas, sino también por el distinto contenido
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de éstos: en efecto, mientras para el animal el cuadro de referencia está determinado por las necesidades del momento, para el científico, en cam-bio, son determinantes los intereses teoréticos, los problemas afronta-dos, las conjeturas y las teorías que él acepta.
A propósito de su concepción según la cual hay un conocimiento in-nato, un conocimiento que es a priori respecto a cualquier experiencia observativa, y según la cual nosotros, sin esperar pasivamente que las repeticiones nos impongan regularidades, tratamos activamente de im-poner regularidades al mundo, Popper afirma que ella tiene una cierta afinidad con la de Kant, para el cual, en efecto, nuestro intelecto no saca nuestras leyes de la naturaleza, sino que se las impone. Pero a diferencia de Kant, que consideraba que tales leyes eran necesariamente verdade-ras, o sea que nosotros conseguíamos sin más imponerlas a la naturale-za, él sostiene que nosotros intentamos imponerlas a la naturaleza pero a menudo fracasamos, porque «la naturaleza, muy a menudo, se opone eficazmente, obligándonos a abandonar nuestras leyes en cuanto confu-tadas» (Ib., p. 87). Nuestras expectativas por encontrar regularidad son pues para Popper lógicamente y psicológicamente a priori pero precisa-mente porque pueden quedar frustradas no pueden ser onsideradas váli-das a priori.
Una vez establecido que la teoría de la tabula rasa es errónea y que hay un conocimiento innato bajo la forma de disposiciones y expectati-vas, queda por aclarar cuál es el proceso de adquisición del conocimien-to, esto es, de qué modo el conocimiento se desarrolla. Hemos visto que las espectativas son lógicamente y psicológicamente a priori, pero no son válidas a priori porque pueden ser frustradas; pues bien, para Popper el desarrollo del conocimiento es un proceso en el cual el punto de parti-da decisivo está constituido precisamente por la frustración de algunas de nuestras expectativas o conjeturas iniciales. Dicha frustración «juega un rol extremadamente significativo» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 469) en cuanto determina el surgimiento de un problema, de una dificultad, y esto abre las puertas a la elaboración de nuevas conjeturas y, por lo tanto, a la crítica o a la eliminación de los intentos de solución inadecua-dos. «El modo en que progresa el conocimiento, y en particular el cono-cimiento científico – afirma Popper – se caracteriza por anticipaciones justificadas (e injustificadas), por suposiciones, por intentos de solución de los problemas, por conjeturas. Dichas conjeturas están sujetas al con-trol de la crítica, esto es, a intentos de confutación, que incluyen contro-les severamente críticos [...]. La crítica de las conjeturas es de importan-cia decisiva: poniendo en evidencia nuestros errores, nos hace comprender las dificultades del problema que estamos tratando de resolver. Así es como adquirimos un mejor conocimiento del problema y llegamos a es-tar en disposición de proponer soluciones más avanzadas: la misma con-
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futación de una teoría – o sea, de cualquier intento serio de solución del problema – es siempre un paso adelante, que nos lleva más cerca de la verdad» (Congetture e confutazioni, cit., ps. 3-4). Pero si éste es el modo en que el conocimiento se desarrolla, se puede decir entonces que «todo el conocimiento adquirido, todo el aprendizaje, consiste en la modifica-ción (y también el rechazo) de cualquier forma de conocimiento, o dis-posición que había antes, y en última instancia de disposiciones innatas» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 101) y que «nuestro conocimiento con-siste, en todo momento, en aquellas hipótesis que han demostrado su (relativa) adaptación sobreviviendo hasta ahora en la lucha por la exis-tencia; una lucha competitiva que elimina aquellas hipótesis que son ina-decuadas» (Ib., p. 347).
El desarrollo del conocimiento que surge de la descripción de Popper aparece camo un proceso semejante al que Darwin llama “selección na-tural”. El mismo Popper declara explícitamente que «se dá una estrecha analogía entre el crecimiento del conocimiento y el desarrollo biológico, esto es, la evolución de las plantas y de los animales» (Ib., p. 157), y que hay una conexión entre la teoría de Darwin y la suya, que define como una teoría «ampliamente darwiniana del desarrollo del conocimien-to» (Ib., p. 347), o también «epistemología evolutivística». La «estrecha analogía» entre el desarrollo del conocimiento y la evolución biológica se basa en el hecho de que el método empleado en el desarrollo del pen-samiento humano, el método de prueba y error, es «fundamentalmente [...] el mismo método adoptado por los organismos vivos en el proceso de adaptación» (Congetture e confutazioni, cit., p. 531). Se pueden di-ferenciar tres niveles de adaptación: el nivel genético, el nivel de com-portamiento y el nivel del conocimiento objetico, como por ejemplo la formación de una teoría científica. En los tres niveles los cambios de adap-tación parten de estructuras heredadas (respectivamente: la estructura ge-nética del organismo o genoma, d repertorio innato de posibles formas de comportamiento y las reglas de comportamiento transmitidas por la tradición, las teorías dominantes y los problemas abiertos); tales estruc-turas se transmiten siempre por instrucción mediante el código genético o mediante la tradición. A causa de los desafíos a los que ellas están so-metidas se producen, como respuesta, cambios que tienen su origen den-tro de la estructurh y no son causados por instrucciones procedentes del ambiente; están, p+ lo tanto, sometidas a la selección, que elimina los intentos insatisfactogios, los caules son a su vez transmitidos por ins-trucción.
La teoría del desa$rollo del conocimiento propuesta por Popper tiene un alcance general, como tal pretende ser una descripción del modo en que de hecho se esarrolla el conocimiento animal, el conocimiento precientífico y el c ntífico. «De la ameba a Einstein – afirma – el desa-
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rrollo del conocimiento es siempre el mismo: intentamos resolver nues-tros problemas, y obtener, con un proceso de eliminación, algo que apa-rezca como más adecuado a nuestros intentos de solución» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 347). Entre conocimiento humano y conocimiento ani-mal, entre Einstein y la ameba hay, sin embargo, una substancial dife-rencia, que consiste esencialmente en el hecho de que el conocimiento humano, a diferencia del animal, puede ser formulado en un lenguaje. Retomando y desarrollando las teorías de las funciones del lenguaje ela-boradas por Bühler, Popper afirma que además de las otras dos funcio-nes inferiores, que pertenecen a los lenguajes animales, y que son a) la función expresiva o sintomática, la cual hace posible la expresión del es-tado interno del organismo que produce los signos lingüísticos, y b) la función de señalización, que se produce cuando «la expresión sintomáti-ca del primer organismo libera o evoca o estimula o desata una reacción en el segundo organismo, el cual responde al comportamiento del trans-misor, transformando este comportamiento en señal» (Ib., p. 308), el lenguaje humano posee muchas otras funciones, entre las cuales son fun-damentales: c) la función descriptiva, que consiste en la capacidad del lenguaje humano de describir un estado de cosas y por lo tanto hacer aserciones que puedan ser factualmente verdaderas o falsas, y d) la fun-ción argumentativa, que permite producir razones y argumentos a favor o en contra de alguna proposición descriptiva y que, en cuanto presupo-ne la función descriptiva, ha sido la última en desarrollarse. La emer-gencia a nivel humano de las funciones superiores del lenguaje es aque-llo que permite al conocimiento humano diferenciarse del animal; ante todo porque la formulación lingüística de las teorías permite eliminar las hipótesis inadecuadas sin que con ello eliminar a su portador; en segun-do lugar porque permite el desarrollo consciente y sistemático de la acti-tud crítica hacia las teorías: en efecto, aunque tanto Einstein como la ameba utilicen el método del intento y de la eliminación del error, con todo «a la ameba le disgusta equivocarse mientras que Einstein se siente estimulado: él busca conscientemente sus errores con la esperanza de aprender de su descubrimiento y eliminación» (Ib., p. 100). Dada esta diferencia, pues, se debe decir más precisamente que el método científi-co, el de conjetura y confutación, es una variante del de prueba y errdr que, como se ha visto, es el método adoptado por los organismos vivos en el proceso de adaptación. La afirmación de que hay un método de desarrollo de los conocimientos podría hacer pensar en la existencia de un camino bien definido, que, recorriéndolo, garantizaría la consecución de resultados válidos. Pero no es así: como advierte perentoriamente Pop-per «un método en este sentido no existe» (Congetture e confutazioni, cit., p. 532). HISTORICISMO, TOTALITARISMO Y DEMOCRACIA de Giovanni Fornero 991. EPISTEMOLOGÍA Y POLÍTICA.

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Aunque Popper, como se ha visto (§986), ha “centrado” su investi-gación sobre todo en la teoría del conocimiento, también se ha ocupado de temáticas referentes a la historia, la sociología y la política. Las obras más importantes a este propósito son Miseria del historicismo y La so-ciedad abierta y sus enemigos, pero también los trabajos posteriores con-tienen, sobre estos argumentos, notas y observaciones.
En La búsqueda no tiene fin. Autobiografía intelectual, Popper es-cribe que sus libros de «filosofía de la política», como él mismo los de-fine, «nacieron d'e la teoría del conocimiento de la Logik der Forschung y de la... convicción de que nuestras opiniones, a menudo inconscien-tes, sobre la teoría del conocimiento y sus problemas centrales (“¿Qué podemos conocer?”, “¿Hasta qué punto nuestro conocimiento es cier-to?”) son determinantes para nuestra actitud respecto a nosotros mis-mos y la política» (ob. cit., ps. l l8-19). Estas declaraciones han sido puestas.en duda por algunos estudiosos, los cuales han creído contrade-cir a Popper, afirmando que no han sido sus directivas epistemológicas las que han condicionado su elección política, sino viceversa. En inter-venciones de este tipo subyace en realidad una confusión acrítica de pla-nos, puesto que una cosa es la cuestión psicológico-biográfica de priori-dad o no de las tendencias intelectuales de Popper respecto a sus creencias políticas (problema por otro lado mal planteado y, en el límite, insolu-ble) y otra cosa es la cuestión lógico-conceptual, objetivamente contes-table, de si su filosofi’a política, o sea su modo teórico y metodológico de entender las temáticas sociales, depende más o menos de su episte-mología. En efecto, a este respecto, el historiador no puede dejar de reconocer que Popper ha «aplicado» sus ideas, anteriormente elabora-das en relación con las ciencias naturales, al campo de las ciencias so-ciales (Ib., p. l l6), hasta el punto de que «un conocimiento de las pri-meras es indispe$sable para una más profunda compresión de las segundas (B. MAgEE, Il nuovo radicalismo in politica e nella scienza. La teoria di A. R( Popper, trad. ital., Roma, 1975, p. 21). Por lo de-más la originalidgd de la filosofía política popperiana (que encuentra precursores en fipuras como J. S. Mill, B. Russell, H. Kelsen, L. von Mises y F. von ayek, etc.) consiste precisamente en ser «una defensa sistemática de s argumentaciones de naturaleza epistemológica» (L. Pe-LLICANI, emici della societa aperta, en ¿. Vv., La sfida di Pop-per, Roma, 1981, p. ll4).
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Como el mismo Popper enseña, el mejor modo de acercarse a un sis-tema filosófico es focalizar el problema, o los problemas, que su autor ha querido discutir. Pues bien, el núcleo problemático del que el estu-dioso austro-inglés ha partido en política es indudablemente el del tota-litarismo y el de la democracia. Tanto es así que sus principales escritos políticos se remontan a los años en que sobre Europa y sobre el mundo pesaban las dos mayores formas de dictadura de nuestro siglo: el fascis-mo y el comunismo. «Desde que, en julio de 1919, rompí con el marxis-mo – escribe nuestro autor – me había interesado en la política y en su teoría sólo como ciudadano, y como demócrata. Pero los cada vez más fuertes movimientos totalitarios de derecha y de izquierda de los años veinte y primeros de los treinta, y más tarde la toma del poder por parte de Hitler en Alemania me obligaron a reflexionar sobre el problema de la democracia» (La proporcionale tradisce la democrazia, tard. ital., en «La Estampa», 7 de agosto de 1987, p. 3). Esta carga anti-totalitaria en-cuentra una culminación emblemática en Miseria del historicismo, com-puesta «en memoria de los innumerables hombres, mujeres y niños de todas las creencias, naciones o razas que cayeron víctimas de la fe fascis-ta y comunista en las Inexorables Leyes del Destino Histórico» (trad. ital., Milán, 1975, Prefazione, p. 13).
Aunque el Popper teórico de la democracia, como podremos consta-tar, no es menos digno de consideración que el Popper teórico de la cien-cia, su filosofía política, en el ámbito de la cultura filosófica internacio-nal, ha sido con mucho más «escuchada» (piénsese en la contraposición entre sociedad «abierta» y sociedad «cerrada») que realmente «estudia-da». Para ello hay por lo menos tres razones de fondo: La primera con-siste en el retraso general con que la filosofía de nuestro autor, asimila-da por lo demás a una forma debilitada de «neopositivismo» (§987), se ha impuesto en el mundo. La segunda consiste en el proceso mismo de Popper. En efecto, puesto que él – de acuerdo con la doctrina según la cual el conocimiento sólo puede avanzar mediante la crítica – sigue el método de exponer sus propias ideas políticas derribando las de los otros (de Platón, de Hegel, de Marx, etc.), sus obras han acabado por ser leí-das casi como libros de historia de la filosofía (cfr. G. Cotroneo, Pop-per e la societa aperta, Milán, 1981, p. 20). Tanto es así que la contro-versia académica suscitada por sus trabajos, en particular La sociedad abierta y sus enemigos, no se ha centrado tanto en las argumentaciones positivas de Popper, cuanto en sus juicios negativos respecto a los otros filósofos (B. Magee, ob. cit., p. 19). Es más, el debate a menudo se ha ramificado «en análisis dirigidos a establecer si la traducción de Popper a este o aquel pasaje griego conserva literalmente el pensamiento de Pla-tón» (Ib.), mientras que «la discusión sobre la democracia, que también está contenida en aquel libro, no ha recibido ni una pequeña parte de

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esta atención académica» (Ib.). En consecuencia, los juicios sobre Popper han acabado por ser predominantemente de tipo filosófico-erudito, más que de carácter filosófico-político. En realidad, como ha puntualizado Ma-gee y repetido D. Antiseri, incluso si se consiguiese probar (cosa improbla-ble) que todas las tesis historiográficas de Popper son erróneas y que él ha entendido absolutamente mal a Platón, Hegel o Marx, la propuesta teórico-política de La sociedad abierta y sus enemigos, conservaría, por derecho propio, su entero valor y «las argumentaciones en favor de la democracia serían aún la parte más importante dentro de su discurso» (Ib.).
E) tercer motivo de la poca atención concedida a la filosofía social de Popper está ligada a factores de orden político. En efecto, puesto que entre las diferentes doctrinas historicistas criticadas el marxismo es aquella contra la cual él ha desatado «su ataque más poderoso» (Ib., p. l l7), la recepción de sus ideas ha sido «frenada» sobre todo en algunos con-textos, por la hegemonía cultural de la izquierda. Tal ha sido por ejem-plo el caso de Italia, donde, como notaba Antiseri en la introducción a la primera monografía italiana sobre el filósofo, Popper «ha sido sin duda víctima de una objetiva conjura (intencionado o no, lo mismo da) de política cultural» (Karl R. Popper. Epistemologia e societa aperta, Roma, 1972, p. 9).
En cambio, en los últimos años paralelamente al progresivo declive de la moda intelectual marxista, las ideas político-sociales de Popper, como lo demuestra la bibliografía sobre el filósofo, han gozado de una creciente atención. Es más, la crisis actual del comunismo mundial está suscitando acerca de ellas un renovado interés. Por lo demás, si la lucha política contra el totalitarismo representa uno de los datos más notables de la historia del novecientos, la batalla ideal llevada por Popper a favor de la democracia puede ser considerada, por derecho, entre las aporta-ciones más significativas de la filosofra de nuestro siglo.

992. LA CRÍTICA A LA DIALÉCTICA Y AL HISTORICISMO.

En 1937, en el seminario de filosofía del Canterbury University Co-llege (Christchurch, Nueva Zelanda) Popper presenta el ensayo What is Dialectic?, que sería publicado por primera vez en 1940 en «Mind» (XLIX, ps. 403-26). Este escrito, a menudo poco considerado o, en todo caso, relegado a un segundo término por detrás del más conocido Mise-ria del historicismo, «se revela, en cambio, como el auténtico nudo de conjunción entre los resultados epistemológicos de Logik der Forschung y la problemática que Popper irá desarrollando en los años venideros, especialmente en The Open Society and ints Enemies» (C. MONTALEo-NE, Filosofia e politica in Popper, Nápoles, 1979, p. 69).
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What is Dialectic?, que parte de las adquisiciones teóricas acerca del method of trial and error, es, substancialmente un proceso epistemoló-gico a la dialéctica hegeliano-marxista, o sea, a un procedimiento de pen-samiento que los estudiosos de las ciencias histórico-sociales han consi-derado a menudo como el instrumento de investigación por exelencia, esto es, como el método mismo de un saber omnipotente. Entendida en el sentido moderno y hegeliano de término, la dialéctica, esribe Popper, es una teoría que afirma que alguna cosa – más en particular el pensa-miento humano – se desarrolla según un procedimiento caracterizado por la tríada de tesis, antítesis y síntesis (trad. ital., en Congetture e con-futazioni, cit., p. 533). Esta sucesión describe bastante bien ciertos pa-sos de la historia del pensamiento, y en algunos aspectos, es parecida a la tríada problemas-teorías-críticas propugnada por el método de prueba y error. En otros aspectos, manifiesta en cambio, algunas diferencias de fondo, que pueden ser interpretadas en las siguientes observaciones: 1) el método de intento y error toma en consideración solamente una idea y su crítica, es decir, en la terminología de los dialécticos, la lucha entre tesis y su antítesis, y no sugiere nada sobre el desarrollo posterior de una síntesis, limitándose a prever la eliminación de la tesis «donde ésta no fuera satisfactoria» (Ib., p. 535) ; 2) la interpretación del desarrollo del pensamiento en los términos del método de prueba y error es más am-plia que la que se hace según el esquema dialéctico, por el hecho de que la primera se puede aplicar a situaciones en las cuales no está presente solamente una tesis, sino una pluralidad de tesis diferentes, independientes unas de otras y no necesariamente opuestas entre sí (Ib.) ; 3) según la dialéctica, toda tesis «produce» su antítesis. en cambio, según el método de prueba y error, es solamente nuestra actitud crítica la que da vida a la antítesis y donde ésta falte no se dará ninguna antítesis (Ib.); 4) aná-logamente, no se debe creer, como pretenden los dialécticos, que sea la «lucha» entre una tesis y su antítesis lo que genera una síntesis, en cuan-to la lucha se desarrolla únicamente en la mente, la cual solamente está capacitada para producir nuevas ideas. Por lo demás, en la historia del pensamiento humano hay numerosos ejemplos de contrastes fútiles, que acabaron en nada (Ib., p. 536); 5) además, incluso cuando una síntesis ha sido alcanzada, será una descripción bastante grosera afirmar que ella «conserva» las mejores partes de la tesis y de la antítesis. Tal descripción será sesgada incluso siendo verdadera, puesto que «además de las más viejas ideas que “conserva”, la síntesis incluirá en todo caso alguna idea nueva, no reconducible a las fases anteriores. En otras palabras, la sín-tesis será normalmente mucho más que una construcción elaborada so-bre el material ofrecido por tesis y antítesis» (Ib., ps. 536-37).
Por cuanto se ha dicho, se comprende que la dialéctica, para Popper, representa una absolutización y una mala interpretación del auténtico
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método científico. Las malas interpretaciones aumentan cuando los dia-lécticos hablan de “contradicciones”. En efecto, después de haber ob-servado oportunamente que estas últimas son de la máxima importancia en la historia del pensamiento – en cuanto la crítica consiste precisamente en detenerse sobre una contradicción – ellos concluyen equivocadamen-te que no hay necesidad alguna de evitar estas fértiles contradicciones que están presentes por todos lados en el mundo (Ib., p. 537). Tanto es así que los dialécticos juzgan «superado» el principio tradicional de no contradicción, y creen haber fundado, en antítesis a la lógica clásica, una nueva «lógica dialéctica», interpretada, al mismo tiempo, como una doc-trina del desarrollo histórico del pensamiento, una teoría lógica y una concepción general del mundo. Frente a estas «pretensiones extraordi-narias» de la dialéctica, Popper hace notar que las contradiciones son fecundas y generadoras de progreso sólo en la medida en que estamos decididos a no resignarnos frente a ellas y a cambiar cualquier teoría que comporten. (Ib., p. 538). En efecto, la aceptación de las contradicciones conduciría necesariamente al agotamiento de la crítica «y, por lo tanto, al derrumbamiento de la ciencia» (Ib., p. 546).
En consecuencia, sugiere Popper, sería mejor evitar ciertas expresio-nes que utilizan los dialécticos. Por ejemplo ellos «gustan de servirse del término “contradicción”, cuando términos como “conflicto”, o bien “tendencias opuestas”, o bien “intereses opuestos”, etc. serían menos engañosos» (Ib., p. 547). Tanto más cuanto que el uso incorrecto de es-tos términos ha contribuido a la inaceptable confusión entre lógica y dia-léctica. Otro peligro de la dialéctica es la “vaguedad”. En efecto, ella tiende a desembocar en una interpretación capaz de englobar cua)quier tipo de desarrollo: «Encontramos, por ejemplo, una interpretación dia-léctica que individua una tesis en una semilla de grano, una antítesis en la planta que de ella se desarrolla, y en todas las semillas que de ésta derivan la síntesis. Es obvio que una aplicación tal dilata el significado, ya demasiado vago, de la tríada dialéctica de modo que aumenta peli-grosamente la imprecisión; con esto se llega a un punto en el cual definir como dialéctico un desarrollo no dice más que la afirmación que se trata de un desarrollo por grados – lo cual no es mucho – » (Ib., p. 548). Por lo cual, advierte Popper, se deberá estar muy atentos en el uso del térmi-no «dialéctica»: «Sería mejor, probablemente, no utilizarlo para nada – podemos siempre servirnos de la más clara termilología del método de prueba y error. Deberían admitirse excepciones solamente en los ca-sos en los cuales no es posible ningún malentendido, y cuando estamos frente a un desarrollo de teorías que procede efectivamente según las lí-neas de una tríada» (Ib., ps. 549-50).
En la última parte de su trabajo Popper analiza la evolución de la dialéctica en Hegel y en Marx, esbozando una serie de observaciones que
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serán profundizadas en los escritos posteriores. Aludiendo, en particu-lar, a las conocidas «previsiones dialécticas» utilizadas por Marx para anunciar el fin inminente del capitalsimo, escribe que la dialéctica es lo «bastante vaga y elástica» para absorber incluso lo que parecia desmen-tirla: «Cualquier desarrollo se adaptará al esquema de la dialéctica; el dialéctico no debe nunca tener una confutación por parte de la experien-cia futura» (Ib., p. 567).
Las mismas directrices de investigación son retomadas en Miseria del histor/cismo, un trabajo publicado originariamente en forma de artícu-los en la revista «Economica» (1944-45), pero cuya “huella”, como es-cribe el mismo Popper, se remonta a los años 1935-36. En este libro él se propone demostrar que aquella «atractiva estructura intelectual» (Ib., p. 15) que es el historicismo es en realidad un «método pobre, incapaz de dar los resultados prometidos» (Ib., p. 63). Con el polivalente térmi-no de «historicismo» Popper no se refiere al historicismo alemán con-temporáneo o al historicismo neoidealístico – esto es, aquel conjunto de doctrinas (de Dilthey a Croce) con las cuales él comparte de hecho la te-sis de la inexistencia de leyes del desarrollo histórico (cfr. P. Rosst, Storia e storicismo nella filosofia contemporanea, Milán, 1960, p. 423 y sg.) – sino las diferentes concepciones totalizantes de la historia de tipo idea-lístico, materialístico, positivístico, sociologístico, etc. En otras palabras, se puede decir que «las críticas de Popper resultan más pertienentes en relación con filosofías de la historia y los “historicismos” inspirados por Hegel, por Marx y el positivismo, en relación con la sociología del cono-cimiento que se inspira en Mannheim, en relación con el historism deri-vado de Spengler y en relación con las teorías del holismo» más que en relación con el historicismo de Dilthey, Weber, Troeltsch y Meinecke (R. Cubeddu, Storicismo e razionalsimo critico, Nápoles, 1980, p. 44). Ade-más, puesto que la característica peculiar del historicismo se encuentra en la tesis de una direccion necesaria y previsible de los acontecimientos sociales, Popper afirma que las doctrinas criticadas no se refiern sola-mente a la edad moderna o al marxismo: «Están, más bien, entre las más antiguas doctrinas del mundo» (Previsione e profezia nelle scienze so-ciali, 1948, en Congetture e confutazioni, cit., p. 574). Tanto es así que en Grecia fueron sostenidas «por Platón y, antes de él, por Heráclito y por Hesíodo» (Ib., p. 575). Por lo demás, «expresan uno de los más antiguos sueños de la humanidad: el don de la profecía, la idea de que podemos saber lo que nos reserva el futuro y obtener ventaja de tal co-nocimiento adecuando a él nuestra línea de conducta» (Ib.).
Esta dilatación semántica e histórica del término hace que asuma los rasgos de una categoría típico-ideal expresamente «construida» por nues-tro autor para aludir a una forma mentis totalizante y profético-oracular presente en doctrinas históricas diversas. Popper es bien conocedor de

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la originalidad de su posición y de las fáciles críticas a las que ella puede dar lugar. Tanto es así que en el prefacio de la edición italiana de Mise-ria del historicismo, declara no creer que «el nomen de “historicismo” sea muy importante» (ob. cit., p. 9). Y en la Introducción advierte al lector de haber delineado, a propósito de dicha corriente, una constela-ción teórica «que a menudo ha sido sostenida en parte, pero casi nunca de forma completamente desarrollada como en este libro» (Ib., p. 19). Dentro de este cuadro, Popper se presenta en calidad de «crítico de los métodos» (critic of methods) empeñado en una especia de «control fal-sificacionista de las hipótesis historicistas» (D. Antiseri, Sulla teoria sto-riografica de Popper ed Flempel, en «Proteus», 2, 1970, ps. 69-118). Un control que desde ahora está acompañado de un intento de «confutar el carácter moderno, progresista, revolucionario y científico del histori-cismo, demostrando exactamente lo contrario, esto es, su carácter anti-guo, reaccionario y no científico» (F. BEu.rNO, Ragione e morale in Karl R. Popper, Bari, 1982, p. 52).
En Miseria del historicismo, que contempla sobre todo las teorías mo-dernas del historicismo, él agrupa las tesis de este último en «prenatura-lísticas o positivas» (aquellas que favorecen una aplicación de los méto-dos de la física a las ciencias sociales) y en «antinaturalísticas o negativas» (aquellas que se oponen a dicha aplicación). Comenzando por las tesis anti-naturalísticas, Popper enumera la imposibilidad de la «generaliza-ción» y de la «experimentación» (ob. cit., ps. 22-24) ; el carácter de «no-vedad» y de «complejidad» de los fenómenos sociales (Ib., ps. 24-26); la «inexactitud» de la previsión y la falta de «objetividad» da las cien-cias sociales (Ib., ps. 27-30); el anti-atomismo y el «holismo» (Ib., ps. 30-32); la «comprensión intuitiva» como camino de acceso a los aconte-cimientos sociales (Ib., ps. 32-35) ; el rechazo de los métodos cuantitati-vos y matemáticos (Ib., ps. 35-37) ; el esencialismo y el anti-nominalismo (Ib., ps. 37-43). De todas estas tesis, Popper contesta sobre todo el ho-lismo, que él, en el párrafo 23 de Miseria del historicismo, define como «llave maestra de la teoría que pretendo atacar» (Ib., p. 76). El histori-cismo, observa nuestro autor, «se ocupa del desarrollo de la sociedad como “un todo único” (a whole), y no del desarrollo de aspectos parti-culares de ella» (Ib., p. 75). Ahora bien, el término «entero» (whole) pue-de ser utilizado para denotar: a) la totalidad de los atributos o aspectos de alguna cosa, y especialmente las relaciones existentes entre sus partes, y b) una elección de ciertos atributos o aspectos suyos, a saber, aquellos que les dan la apariencia de una estructura organizada, en vez de una mera confusión» (Ib., p. 77). Mientras los enteros en el sentido b) pue-den ser objeto de conocimiento científico, como lo demuestra la Ges-talpsychologie, los enteros en el sentido a) no pueden ser estudiados cien-tíficamente, ni controlados, ni reconstruidos, ni ser objeto de cualquier
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otra actividad: «Si deseamos estudiar algo – observa Popper – estamos obligados a escoger algunos aspectos. No nos es posible observar o des-cribir un trozo entero del mundo, o un trozo entero de la naturaleza; es más, ni siquiera el mínimo trozo entero, puesto que la descripción es siempre necesariamente selectiva (Ib., cursivas nuestras).
En cambio los holistas no sólo pretenden aferrar la fisonomía global de la sociedad, sino que también piensan que deben proceder a una rees-tructuración radical de ella, según el método que nuestro autor define como de «mecánica» o de «ingeniería» social «holística» o «utopística». Un método que él ilumina polémicamente mediante una contraposición a la llamada «mecánica social a trozos», o sea a la «ingeniería social gra-dualística» (piecemeal social engineering). El mecánico a trozos, aclara nuestro autor, no cree en la posibilidad de re-plasmar la sociedad como un todo (Ib., p. 69). Es verdad que sus fines podrán ser de varios tipos, como por ejemplo, la acumulación de la riqueza o del poder; o bien la protección de los derechos de ciertos individuos o de ciertos grupos, etc. Pero cuáles son sus objetivos, él trata de obtenerlos por medio de peque-ñas correcciones que pueden ser continuamente modificadas y mejora-das: «Como Sócrates, el mecánico a trozos sabe lo poco que sabe. Sabe que solamente avanza paso a paso, confrontando con cuidado los resul-tados previstos con los efectivamente alcanzados y estando siempre en guardia para juzgar las inevitables consecuencias no deseadas de cada reforma; y evitará emprender reformas de una complejidad y de una am-plitud tales que sea imposible para él desembrollar las causas y los efec-tos, y saber qué es lo que verdaderamente está pasando» (Ib., ps. 70-71). Al contrario, la mecánica holística, que agrega en una «pintoresca alian-za» el historicismo y el utopismo, pretende replasmar la entera sociedad según un plan regulador preciso, o sea, para utilizar las expresiones de Mannheim, «adueñarse de las posiciones clave» y extender «el poder del estado... hasta que estado y sociedad se hayan vuelto casi idénticos» (Ib., página 70).
Llegados a este punto, observa Popper, alguien se preguntará si las dos actitudes descritas son verdaderamente diferentes, considerando que no se ha puesto ningún límite al radio de acción del método a trozos. Popper responde que en la práctica los holistas son poco coherentes, pues-to que siempre acaban aplicando al azar y más bien groseramente un mé-todo que es esencialmente a trozos, pero sin tener su carácter de pruden-te autocrítica (Ib., p. 71). La razón de ello consiste en el hecho de que cuanto más grandes sean los cambios sociales probados, tanto mayores son las repercusiones inesperadas, las cuales obligan al mecánico holista a recurrir al expediente de la improvisación a trozos, o de la planifica-ción no planificada. Por lo cual, la diferencia entre la mecánica utopísti-ca y la mecánica a trozos no consiste tanto en la diferencia de amplitud
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en el radio de aplicación, cuanto en el grado de cuidado y de prepara-ción en hacer frente a las inevitables sorpresas (Ib.). En efecto, el holis-ta, habiendo decidido que una reconstrucción completa es posible, se em-peñará tercamente en realizar sus propios proyectos. Por ejemplo, frente a las dificultades derivadas de la incertidumbre del elemento humano, el utopista tratará de dominar el elemento impulsivo con medios institu-cionales y de conseguir no sólo la transformación de la sociedad, sino también la transformación del hombre. De este modo, «a la solicitud de construir una nueva sociedad adaptada a los hombres y a las mujeres que deberán vivir en ella, la substituye la solicitud de que estos hombres y estas mujeres sean “plasmados” para adaptarlos a la nueva sociedad» (Ib., p. 72). De ahí el ineludible componente de violencia que anida en la mecánica utopística (§995).
Pasando a examinar las tesis «pronaturalísticas» del historicismo, Pop-per observa que a los historicistas modernos les ha impresionado fuerte-mente el éxito de la teoría de Newton y especialmente su poder de prever la posición de los planetas con mucha antelación: «Si es posible para la astronomía predecir los eclipses, ;por qué la sociología no debería pre-decir las revoluciones?» (Ib., p. 46). Obviamente, los historicistas admi-ten las diferencias y la falta de exactitud de las previsiones sociológicas «a corto plazo». Sin embargo, tratan de superar el obstáculo afirmando la validez de previsiones «de amplio espectro» o a largo plazo, «cuya genericidad está compensada por su amplio alcance y por su significa-do» (Ib., ps. 46-47). Además los historicistas, al estar persuadidos de que el método de la generalización no puede competer a las ciencias sociales, en cuyo ámbito de investigación no se encuentran uniformidades pareci-das a las encontradas en las ciencias naturales, sostienen que las únicas leyes de la sociedad universalmente válidas «deben ser leyes que hacen de anillo entre un período y otro. Deben ser leyes de desarrollo histórico que determinan la transición de un período a otro» (Ib., p. 50). Esto no quita, replica Popper entrando en polémica con el historicismo, que «le-yes y tendencias sean dos cosas radicalmente distintas» (ib., p. 107), puesto que una tendencia social que ha perdurado durante centenares o inlcuso miles de años (por ejemplo el aumento de la población) puede cambiar en un decenio o incluso más rápidamente. El deletéreo equívoco episte-mológico del historicismo consiste, por lo tanto, en la «confusión» entre leyes y tendencias y en la acrítica confianza en tendencias absolutas, o sea no condicionales. En otros términos, los historicistas no se habían dado cuenta de que el “persistir” de las tendencias (gracias al cual se produce su subrepticia asimilación a las leyes) depende del no demostra-do presupuesto del persistir de ciertas condiciones iniciales específicas. Un presupuesto que ningún científico serio puede dar por descontado: «He aquí, podemos decir, el error central del historicismo. Sus “leyes
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del desarrollo” se revelan ser tendencias absolutas, tendencias como le-yes, que no dependen de las condiciones iniciales, y que irresistiblemente nos arrastran en una cierta dirección en el futuro» (Ib., p. 116). No es de extrañar, pues, si las predicciones de los historicistas, más que a las científicas y condicionales “previsiones” en la forma del «si... enton-ces», acaban por parecerse a las no-científicas y no-condicionales «pro-fecías».
No completamente satisfecho de esta demolición del «carácter pseu-docientífico, pseudohistórico y mítico de las filosofías proféticas de-la historia» (Ib., p. 7), Popper, a continuación, ha presentado también una confutación lógica del historicismo articulada en cinco proposiciones: «1). El curso de la historia humana está fuertemente influido por el surgir del conocimiento humano (la verdad de esta premisa debe ser admitida incluso por aquellos que en nuestras ideas, incluídas las científicas, no ven más que el subproducto de desarrollos materiales de un tipo u otro).
2). Nosotros no podemos predecir mediante métodos racionales o cien-tíficos, el desarrollo futuro del conocimiento científico... 3). Por eso, no podemos predecir el curso futuro de la historia humana. 4). Esto sig-nifica que debemos excluir la posibilidad de una historia teórica; o sea de una ciencia social histórica que corresponda a la física teórica. No puede haber ninguna teoría científica del desarrollo histórico que pueda servir de base para la previsión histórica. 5). El objeto fundamental del historicismo... es, por lo tanto, infundado. Y el historicismo cae» (Ib., ps. 13-14). Naturalmente, precisa Popper, la argumentación no niega la posibilidad de previsiones de todo tipo. Solamente niega la posibilidad de predecir desarrollos históricos en la medida en que puedan estar in-fluidos por el aumento de nuestro conocimiento» (Ib.).
En los últimos párrafos de su trabajo, rechazando la heterogeneidad radical entre Naturwissenschaften y Geisteswissenschaften, Popper se de-canta a favor de la unidad lógico-procedimental del método científico, afirmando que también las ciencias sociales e históricas deben proceder, al igual que cualquier otra disciplina, mediante la elaboración de hipóte-sis que se someten al examen selectivo de la experiencia.
Desarrollando más tarde aquello a lo que en Miseria del historicismo apenas se había aludido – a saber, la llamada «lógica de la situación» o «análisis situacional» – Popper ha aclarado además que, dado que las acciones, y por ende la historia, pueden ser explicadas como soluciones de problemas, se sigue que el esquema general de las conjeturas y de las confutaciones puede ser utilizado como una teoría explicativa de los com-portamientos humanos y por lo tanto como modelo de explicación his-tórica: «Por análisis situacional entiendo un cierto tipo de explicación tentativa o conjetural de alguna acción humana que se refiere a la situa-ción en la cual el agente se encuentra. Puede ser una explicación históri-
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ca: puede que queramos explicar cómo y por qué una cierta estructura de ideas ha sido creada. Es necesario reconocer que ninguna acción crea-tiva nunca puede ser plenamente explicada. Sin embargo, podemos in-tentar, conjeturalmente, presentar una reconstrucción idealizada de la situación problemática en la cual el agente se ha encontrado, y en tal me-dida hacer la acción “comprensible” (o “racionalmente comprensible”), esto es, adecuada a la situación como él la veía. Este método de análisis situacional puede ser descrito como una aplicación del principio de ra-cionalidad» (Conoscenza oggettiva. Un punto di vista evoluzionistico, cit., p. 235). Es cierto, admite Popper, que también autores como Co-llingwood han subrayado con fuerza aquello que él llama situación pro-blemática. Sin embargo, mientras que para Collingwood lo que cuenta es el proceso psicológico del «revivir», para Popper lo importante es el análisis situacional. Por ejemplo, para entender un edicto de Teodosio, no se trata tanto de revivir en uno mismo la experiencia del emperador, cuanto de construir un modelo de situación social capaz de hacer inteli-gible la racionalidad (el «carácter cero») de su acción y de servir de hipó-tesis controlable del saber historiográfico: «El análisis de la situación por parte del historiador es su conjetura histórica, que en este caso es una metateoría relativa al razonamiento del emperador. Al estar en un nivel diferente del razonamiento del emperador, no lo revive, sino que busca producir una reconstrucción idealizada y razonada de él, omitiendo ele-mentos no esenciales y tal vez desarrollándolo. Así el problema central del historiador es éste: ¿cuáles eran los elementos decisivos en la situa-ción problemática del emperador? En la medida que el historiador con-sigue resolver este metaproblema, él comprende la situación histórica» (Ib., p. 244).

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