La filosofía del novecientos encuentra en Popper una de las voces más conocidas y representativas, que más han influido en el debate cultural actual. Karl Raimund Popper nace en Viena en el año 1902, donde estu-dió filosofía, matemáticas y física. Durante un tiempo trabaja en la clí-nica infantil de Adler. En 1928 se licencia en filosofía. En 1929 obtiene la habilitación para enseñar mátemáticas y física en las escuelas secun-darias inferiores. A la llegada del nacismo, Popper, que era de origen hebreo, se trasladó a Neva Zelanda. Al finalizar la guerra se establece en Inglaterra y enseña en la London School of Economics, de la cual llegó a ser profesor emérito. Entre sus obras recordamos: Lógica de la investigación (1934, pero con fecha de publicación 1935), escrita origi-nariamente en alemán y más tarde publicada en inglés, en una edición titulada Lógica de la investigación cienttfica (1959) ; La sociedad abierta y sus enemigos (1945); Miseria del historicismo (1944-45); Congeturas y confutaciones (1963); Revolución o reforma? Una confrontación (1971, con H. Marcuse); Conocimiento objetivo. Un punto de vista evolucio-nístico (1972); La búsqueda no tiene fin (1974, nueva ed. 1976); El yo y su cerebro (1979) que constituye la edición de las partes que nos han llegado de un amplio y orgánico manuscrito redactado en los años 1930-33, de la cual había sido extraída, después de drásticos recortes, la Logik der Forschung de 1934; Apéndice a la lógica de la investigación científi-ca (1982-83); A la búsqueda de un mundo mejor (1984); El futuro está abierto (1985, con K. Lorenz) ; A World of Propensifies (1990).
FALIBILISMO Y RACIONALISMO CRITICO
de Luigi Lentini
986. EL NÚCLEO DE LA INVESTIGACIÓN FILOSÓFICA DE POPPER.
La investigación filosófica de Popper se mueve esencialmente sobre el terreno de la teoría del conocimiento. Es. ésta. la más remota v abs- 606 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
tracta región de la filosofía, si bien la más importante. La teoría del co-nocimiento, en efecto, «a menudo determina el resto de nuestra filoso-fía» Logik der Forschung, trad. ital., de la ed. inglesa, Logica della sco-perta scientifica, Turín, 1970, p. xut) y esta última, a su vez, ejerce una influencia «grande» e «incalculable» sobre nuestros pensamientos y so-bre nuestras acciones» (Ib.). Popper ha explorado también las implica-ciones que su teoría del conocimiento tiene en el campo de la filosofía política y social. Pero estas exploraciones no representan los intereses principales de Popper. Él, en efecto, precisamente porque es consciente de que nuestras concepciones están determinadas por nuestras opciones personales y políticas, ha centrado su investigación en la filosofía del co-nocimiento. Pero ¿cuál es el problema fundamental de la teoría del conocimien-to? Es, afirma Popper, el del valor del conocimiento, esto es, «el proble-ma de su verdad, validez y “justificación” » (Objective ICnowledge. An Evolutionary Approach, trad. ital., Conoscenza oggetiva. Un punto di vista evolucionistico, Roma, 1975, p. 96). Históricamente, este proble-ma ha sido a menudo afrontado a través del análisis de las fuentes pri-meras del conocimiento. Ejemplos típicos de este punto de vista son el empirismo y el racionalismo clásicos, según los cuales «es posible deci-dir sobre la verdad de una aserción investigando sus fuentes – es decir su origen – (Conjectures and Refutations, trad. ital., Congetture e con-futazioni, Bolonia, 1972, p. 48). Pero es para Popper una manera equi-vocada de afrontar el problema. En efecto, además del error de opinar que hay fuentes primeras de conocimiento, «el error de fondo» de este punto de vista «consiste en el hecho de que no diferencia con suficiente claridad entre cuestiones de origen y cuestiones de validez» (Ib., p. 48). Para Popper el problema del valor del conocimiento debe ser netamente distinto del de su génesis: el primero es un problema lógico, y como tal pertenece a la lógica del conocimiento, el segundo, en cambio, es un pro-blema factual y pertenece a la psicología del conocimiento y puesto que la lógica del conocimiento, se sigue que no es posible resolver un proble-ma lógico a través de un análisis de tipo factual. En todo caso Popper niega que este último pueda ser la clave para solucionar el problema del valor del conocimiento. Él incluso invierte la relación entre lógica y psi-cología del conocimiento. No sólo la psicología del conocimiento no arro-ja luz sobre el problema lógico del valor del conocimiento, sino que, al contrario, es el análisis lógico del conocimiento el que puede contribuir eficazmente a aclarar el problema factual de la génesis del conocimien-to: «las investigaciones lógicas sobre cuestiones de validez y de aproxi-mación a la verdad – escribe – pueden ser de la mayor importancia para las investigaciones genéticas, históricas y también psicológicas» (Conos-cenza oggetiva, cit., p. 97). POPPER 607
Popper formula así una hipótesis heurística, que él llama “principio de transición”, según el cual «aquello que es verdadero en lógica es ver-dadero también en psicología» (Ib., p. 24), y sobre esta base extiende su investigación del problema del valor del conocimiento al de su génesis y elabora una teoría de la adquisición del conocimiento, cuyos primeros ras-gos generales están ya delineados en Die beiden Grundprohleme der Er-kenntnistheorie. Pero siempre manteniendo que las cuestiones fundamen-tales de la teoría del conocimiento son las de validez, que «son en todo caso lógicamente anteriores al otro tipo de cuestiones» (Ib., p. 97) y que «las ideas guía de la epistemología son lógicas más que factuales» (Ib.). Ahora bien, si las cuestiones fundamentales de la teoría del conoci-miento son las de validez y no las factuales, nos podemos preguntar cómo es que Popper extiende su investigación del problema del valor al pro-blema de la génesis del conocimiento. Una explicación plausible de esto puede ser reconstruida con la siguiente argumentación: puesto que para Popper la tarea fundamental de la filosofía es contribuir a «comprender el mundo» (Logica, cit., p. XXI) y puesto que el fenómeno del conoci-miento humano forma «parte del mundo» (Ib.), e incluso «es sin duda el mayor milagro del universo» (Conoscenza oggetiva, cit., p. 17), es pues tarea de la filosofía contribuir a comprender globalmente el fenómeno del conocimiento en cuanto parte del mundo. El mejor modo de indagar sobre el problema del conocimiento es para Popper el de someter a examen el conocimiento científico. Naturalmen-te es posible analizar también el conocimiento ordinario, o conocimien-to del sentido común, puesto que el conocimiento científico no es más que una extensión de aquel. Tal elección podría basarse en la convicción de que el conocimiento ordinario es más fácil de analizar. Pero a parte del hecho de que el conocimiento científico es «el género más importan-te» de conocimiento y «el problema central de toda teoría del conoci-miento» (Ib, p. 106) – lo que podría ya de por si hacerlo candidato a objeto preferencial del análisis – también el hecho de aquella convicción es para Popper equivocada. Para él, en efecto, es precisamente el cono-cimiento científico el que es más fácil de analizar, al ser «el conocimien-to del sentido común escrito, por así decir, con todas las letras» (Logica, cit., p. XXX). Una ulterior consideración decisiva que Popper desarro-lla para motivar su elección de estudiar el fenómeno del conocimiento a través del examen del conocimiento científico es un análisis adecuado del crecimiento de nuestro conocimiento – análisis que constituye un mo-mento esencial de la teoría del conocimiento – debe «transcender nece-sariamente cualquier estudio que se limite al conocimiento del sentido común, en cuanto contrapuesto al conocimiento científico» (Ib., p. xxv) y esto por el simple hecho de que «la manera más importante en que el conocimiento del sentido común crece es precisamente su transforma- 608 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
ción en conocimiento científico» (Ib., p. xxv-xxvt). Sigue en pie, en cual-quier caso, el hecho de que, siendo el conocimiento científico el género más importante del conocimiento, «el aumento del conocimiento cientí-fico constituye el caso más importante de aumento del conocimiento» (Ib., p. xxvt). De todo esto se sigue que la teoría del conocimiento ela-borada por Popper es ante todo una teoría del conocimiento científico o “epistemología” y que su problema fundamental se determina como «la cuestión acerca del valor, o el fundamento, de las proposiciones ge-nerales de las ciencias empíricas» (Die beinden Grundprobleme der Er-kenntnistheorie; trad. ital., I due problemi fondamentali della teoria de-lla conoscenza, Milán, 1987, p. 3). Y puesto que en la ciencia el procedimiento a través del cual se «funda» es el método, «la teoría del conocimiento llega a ser, en consecuencia, una teoría general del méto-do de la ciencia empírica» (Ib., p. 5). Ahora bien: la asunción del conocimeinto científico como objeto pri-vilegiado del análisis no significa en absoluto para Popper un cierre en el interior de una disciplina particular, concretamente la filosofía de cien-cia, sino sólo un modo, a su parecer el mejor, para estudiar el conoci-miento humano en general. «Mi interés – afirma – no se dirige única-mente a la teoría del conocimiento científico, sino a la teoría del conocimiento en general» (Congetture e confutazioni, cit., p. 370). En este sentido, Popper es crítico ante una filosofía de la ciencia como dis-ciplina especializada: «También el análisis de la ciencia – la “filosofía de la ciencia” – está amenazando con llegar a ser una moda, una espe-cialización. Y sin embargo los filósofos no deberían ser especialistas. Por mi parte, encuentro interés en la ciencia y en la filosofía solamente por-que quiero aprender algo sobre el enigma del mundo en el cual vivimos y sobre el enigma del conocimiento que el hombre tiene de este mundo» (Logica, cit., p. xxx). En última instancia, por consiguiente, la investi-gación de Popper quiere ser un intento de bucear en el enigma del cono-cimiento en general, una contribución a dar una respuesta al problema: «¿Qué puedo conocer?», «¿,Puedo conocer? >>, «¿Puedo conocer algo con certeza?» (Logica, cit., ps. xlt-xtv). Para Popper son posibles tres tipos de respuestas a este problema. Él escribe: «En la teoría del conocimiento podemos, esencialmente, dis-tinguir tres puntos de vista: 1) Un punto de vista optimista: nosotros somos capaces de conocer el mundo. 2) Un punto de vista pesimista: a los hombres les es negado el conocimiento. Es el punto de vista que hoy se designa normalmente como escepticismo. 3) El tercer punto de vista es el de la duda (de skeptomai: poner a prueba, reflexionar, bus-car) en el sentido originario de la Academia Media. Es también el punto de vista del presocrático Jenófanes: no poseemos ningún criterio de ver-dad, ningún saber cierto; y no obstante podemos buscar y con el tiempo
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podemos, buscando, encontrar lo mejor. Situándonos en esta forma de escepsis es pues posible un progreso del saber» (I due problemi fonda-mentali, cit., ps. xvn-xvnt). De estos, ¿cuál es el punto de vista com-partido por Popper? La idea de fondo de Popper es que el conocimiento humano no es episteme, saber cierto, sino doxa, saber conjetural, que nosotros somos buscadores y no poseedores de la verdad. Es ésta la tesis del falibilismo, y «el falibilismo no es más que el no-saber socrático» (Ib., p. xxt). Por esta razón él se declara discípulo de Sócrates y se sitúa dentro de una tradición filosófica que comprende entre otros a Nicolás de Cusa, a Erasmo, a Montaigne y por último a Pierce. Popper cree que la anti-gua intuición de Sócrates, según la cual «la sabiduría consiste en la toma de conciencia de los propios límites, en el conocimiento de estos límites – y especialmente en el conocimiento de la propia ignorancia» (Offene Gesellschaft, offenes Universum, trad. ital., Societa aperta, universo aperto, Roma, 1984, p. 18), lejos de ser una paradoja es, en cambio, una idea extraordinariamente importante y fecunda. Su teoría del conocimiento puede ser considerada como el intento de reelaborar aquella antigua intuición y de argumentar racionalmente a favor de ella para mostrar que «el falibilismo de Sócrates sigue estando del lado de la razón» (I due problemi fondamentali, cit., p. xxI). Esto es para Popper de la máxima importancia no sólo porque el falibilismo anula la fe dogmática en la autoridad de la ciencia y en la de cualquier otra forma de saber, sino también, y quizás sobre todo, porque el falibilis-mo con su carga de antidogmatismo y de antiautoritarismo, convirtién-dose en un bien intelectual común, puede constituir la base de una so-ciedad verdaderamente libre y tolerante. Coherentemente con su tesis según la cual el conocimiento humano es conjetural y falible, y nosotros comos buscadores y no poseedores de la verdad, Popper considera su teoría del conocimiento no como la solución definitiva del problema del conocimiento sino sólo como un intento, también conjetural, de afrontar tal problema; como una teoría, por lo tanto, a favor de la cual se puede argumentar racio-nalmente pero que no puede pretender ser veradera. No sólo son conjeturables las teorías de las que está constituido el conocimiento, sino que también es conjetural la teoría del conocimiento. Al igual que las teorías, en suma, también la meta-teoría es conjetural y abierta a la crítica. Popper traza así una imagen de la investigación como una tarea sin fin, y una imagen del hombre como Sísifo, pero un Sísifo que, en la in-cesante lucha con los problemas, puede ser feliz. 610 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
987. EL TRASFONDO DE LA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO DE POPPER.
Delineado el ámbito teórico fundamental dentro del cual se mueve la investigación filosófica de Popper e indicada la tesis central de su teoría del conocimiento, veremos ahora cuál es el trasfondo dentro del cual esta última se ha constituido históricamente. La hipótesis historiográfica generalmente compartida afirma que la teoría del conocimiento de Popper se ha constituido teniendo como siste-ma de referencia el neopositivismo. Que este es el punto de vista común-mente aceptado se puede demostrar tomando en consideración las tres principales líneas de interpretación histórica que se han propuesto acerca de la epistemología de Popper. Para la primera, dominante hasta la apa-ración de la edición inglesa de la Logik (1959), la teoría del conocimiento de Popper representa una significativa variación de la neopositivística: no, por lo tanto, una alternativa a ella sino más bien una concepción subs-tancialmente reconducible al horizonte teórico del neopositivismo. Un ejemplo paradigmático de este tipo de interpretación es la lectura del cri-terio de falsificabilidad como criterio de significado y no solamente – como en cambio es – como criterio de demarcación. Popper es así acre-ditado como un neopositivista disidente: disidente, pero esencialmente neo-positivista. La segunda línea interpretativa, afirmada a partir de los años sesenta, ve, en cambio, en la epistemología de Popper una crítica radical de la neopositivística y una alternativa a ella. Popper aparece entonces como el que ha desintegrado los fundamentos del edificio teórico neopo-sitivístico y ha elaborado una concepción anti-neopositivística del cono-cimiento. El tercer tipo de interpretación, más reciente y hoy con un cier-to predicamento, ve en la epistemología de Popper no una teoría substancialmente reconducible al neopositivismo ni una crítica y alterna-tiva radical a él, sino una posición intermedia, una combinación de ele-mentos neopositivísticos y anti-neopositivísticos no siempre conciliados coherentemente. Popper es visto así como un epistemólogo que se halla en el límite entre neopositivismo y anti-neopositivismo, y que precisamente por ello hace de paso determinante en la secuencia histórica que lleva a la más reciente epistemología post-positivística. Ahora bien, si se examinan estas diversas líneas de interpretación ge-neral de la epistemología de Popper – esto es, de análisis que no intenta determinar solamente el particular tipo de relación que media entre esta y aquella neo-positivística, sino más bien determinar tout court su identi-dad teórica – resulta evidente que ellas, aunque diferentes entre sí, com-parten una misma hipótesis hermenéutica, a saber, que la relación con el neopositivismo es la clave de la lectura de la epistemología popperiana, el espacio de sentido dentro del cual es posible determinar y reconstruir la indentidad teórica de Popper. Pero asumir esta hipótesis hermenéutica POPPER 611
equivale a afirmar que la epistemología de Popper se ha construido en re-lación con la neopositivística. Es decir, la hipótesis hermeneútica no es otra cosa que el correlato, en el plano de una interpretación historiográfi-camente adecuada, de la hipótasis factual según la cual la teoría del cono-cimiento de Popper se ha constituido teniendo como sistema de referen-cia el neopositivismo. En otros términos: se asume la relación con el neopositivismo como clave de lectura de la epistemología de Popper por-que se piensa que el neopositivismo es el eje respecto al cual esta última se ha constituido históricamente. En efecto, si la epistemología de Popper de hecho se ha constituido en relación con el neopositivismo, entonces una interpretación historiográficamente adecuada de ella no peude sino asu-mir esta última como su clave de lectura. Las diversas interpretaciones, entonces, no son más que diferentes modos de especificar, de determinar cómo la teorís del conocimiento de Popper se ha constituido respecto a la neopositivística: como substancialmente afín y reconducible al cuadro teórico neopositivístico; como crítica radical y antítesis de la epistemolo-gía neopositivística; en parte como crítica, en parte como asimilación del punto de vista neopositivístico. Lo que permanece pues invariable, aun en el variar de las interpretaciones, es que su teoría del conocimiento se ha constituido en relación con el neopositivismo. Emerge así, en todo caso, una imagen de Popper centrada en el neopositivismo; una imagen que lo muestra sobre el trasfondo del neopositivismo, sea que dicha imagen in-tente probar la afinidad entre Popper y el trasfondo, sea que intente pro-bar el contraste, sea, en fin, que intente probar la respectiva distancia. Esta imagen de Popper sobre un trasfondo neopositivístico es una con-siderable simplificación historiográfica de una realidad más compleja. En efecto, el trasfondo dentro del cual se sitúa es un espacio articulado, del cual el neopositivismo representa ciertamente una parte fundamen-tal e imprescindible, pero asimismo sólo una parte, a la cual la riqueza y la complegidad del trasfondo no es ciertamente reducible sin acabar dando una imagen reductiva de la elaboración de Popper. Si es cierto, pues, que no es posible reconstruir adecuadamente su teoría del conoci-miento sin ponerla en relación con el neopositivismo, también es cierto que no es posible hacer de éste el terreno de cultivo de la epistemología de Popper sin perjudicar así la posibilidad de reconstruir una imagen ade-cuada, para cuya obtención es neeesario ir más allá de la simple referen-cia al neopositivismo y localizar la compleja red de coordenadas dentro de las cuales Popper se mueve. Desde este punto de vista, las interpreta-ciones que antes hemos considerado aparecen como útiles instrumentos de comprensión de la epistemología popperiana, no en cuanto son inten-tos de determinar su identidad teórica, sino en cuanto pueden ser asumi-das como intentos de analizar y aclarar aquel particular aspecto de su elaboración que consiste en la relación con el neopositivismo. 612 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
Si la imagen de Popper sobre un transfondo neopositivístico es una simplificación historiográfica de una realidad más compleja, nos pode-mos preguntar cómo tal imagen se ha podido formar. Indudablemente a esto ha contribuido la particular relación que Popper ha mantenido con el Círculo de Viena. Pero una correcta reconstrucción de esta rela-ción, que hoy es posible hacer gracias a las precisas indicaciones que el mismo ha ofrecido, y suponiendo, como parece razonable, que su testi-monio, por lo demás varias veces repetido, es creíble – si por un lado nos muestra qué razones han contribuido a la formación de aquella ima-gen, por otro saca claramente a la luz los límites y hace ver inequívoca-mente que si se quiere individuar el terreno sobre el cual la teoría del conocimiento de Popper se constituye, y así elaborar una imagen histó-ricamente adecuada, se deba mirar más allá del neopositivismo. Recons-truyamos pues, sobre la base de las indicaciones de Popper, los momen-tos más importantes de su relación con el Círculo de Viena. Cuando en la segunda mitad de los años veinte, traba conocimiento con las tesis del Círculo de Viena a través de la lectura de los escritos de Neurath, Hahn, Kraft, Carnap y del manifiesto programático del neo-positivismo, el célebre Wissenschaftliche Weltauffassung. Der Wiener Kreis, Popper ya ha formulado los problemas fundamentales de su in-vestigación. «Muchos años antes, es decir, en 1919, – escribe – «yo ya había formulado mis más importantes problemas: el problema de la de-marcación, como yo lo llamé, esto es el problema del carácter científico de las ciencias empíricas y el problema de la certeza o la incertidumbre de la ciencia» (Societa aperta, universo aperto, cit., ps. 50-51)). Del mis-mo modo, ya ha elaborado la solución de aquellos problemas y con ello las ideas centrales de su teoría del conocimiento: el falibilismo, el deduc-tivismo y la falsificabilidad. En suma, ya tiene claro ante todo aquello que define como <Por el examen de las tesis del Círculo, Popper se da cuenta de que su punto de vista es «bastante distinto» (Ib., p. 83) del sostenido por los POPPER 613
neopositivistas, y que además, para los problemas afrontados por ellos, él tiene «respuestas mejores – respuestas más coherentes – que las de ellos» (Ib., p. 84). Da así inicio a la confrontación crítica con el neoposi-tivisWo y con quien fue su involuntario y recalcitrante inspirador, el Witt-genstein del Tractus. La confrontación comienza de forma, por así decir, indirecta y priva-da: Popper reordena sus ideas y escribe, sin publicarlos, algunos ensayos en los cuales expone sus críticas a las tesis centrales de Wittgenstein y del Círculo de Viena. Pero bien pronto la confrontación con el neopositivis-mo se hace de un modo del todo natural, directo y público. En efecto, interesado en dar a conocer sus puntos de vista críticos a los neopositivis-tas, que mientras tanto están empeñados en un gran debate sobre las tesis que ellos han elaborado, él discute con algunos exponentes del Círculo, como Kraft, Feigl y Waismann, suscitando su vivo interés. Es así invita-do a presentar sus tesis en los encuentros que los neopositivistas organi-zan informalmente fuera de su sede oficial del Círculo, que es el semina-rio de investigación dirigido por Schlick y al cual no será nunca invitado. Popper nos da un sintético resumen de los términos de su confrontación con los neopositivistas: «Cuando oí por primera vez, alrededor del año 1927, que el Círculo de Viena había aceptado la verificabilidad como cri-terio de significado, objeté inmediatamente a este procedimiento sobre dos bases totalmente distintas: en primer lugar, porque asumir la signifi-cación como criterio de demarcación quería decir etiquetar la metafísica como balbuoeo privado de significado: dogma que no me sentí capaz de aceptar; y en segundo lugar, porque la verificabilidad era propuesta como criterio de significado o de sentido o de significación y por esto, indirec-tamente, como criterio de demarcación: una solución que era del todo inadecuada y, en realidad, lo opuesto de aquello que se necesitaba. Fuí en efecto capaz de mostrar que ella era al mismo tiempo demasiado estre-cha y demasiado amplia: ella declaraba (no intencionalmente) que las teo-rías científicas estaban privadas de significado y las ponía de este modo (aún no intencionalmente) en el mismo plano que la metafísica» (Post-script to the Logic of Scr'entific Discovery, v. I; trad. ital., Poscritto alla logica della scoperta scientifica, v. I, Milán, 1984, ps. 191-92). Como se ve, él sitúa en el centro de su crítica el criterio de verificabilidad: rechaza el problema de la contraposición entre sentido y no-sentido, que denun-cia como «un erróneo intento de formular el problema de la demarca-ción, y como una errónea solución de este problema» (Ib., p. 193), y pro-pone la falsicabilidad como criterio para demarcar – en el interior de la región del sentido – entre ciencia empírica por un lado y pseudociencia, metafísica lógica, matemática por otro. A pesar de que Popper establezca claramente la diferencia entre pro-blema del significado y problema de la demarcación, sus tesis son inter- 614 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
pretadas y discutidas por los neopositivistas como una propuesta para substituir la verificabilidad por la falsicabilidad – como si la falsicabili-dad naciera de la crítica a la verificabilidad. Por esto, él intenta aclarar su punto de vista exponiéndolo sintéticamente en una carta (1933) a “Er-kenntnis”, la revista oficial del movimiento neopositivista, con la cual espera poder aclarar el equivoco. «La carta – escribe Popper – tuvo su origen en el hecho de que en aquel tiempo mis puntos de vista eran am-pliamente discutidos por los miembros del Círculo de Viena, incluso en libros y revistas aunque ninguno de mis manuscritos (que habían sido leídos por algunos miembros del Círculo) habían sido publicados, en parte a causa de su extensión [...J. El acento que en mi carta se ponía en la diferencia entre el problema de un criterio de demarcación y el pseudo-problema de un criterio de significado (y en el contraste entre mis teorías y las de Schlick y de Wittgenstein) fue originado por el hecho de que tam-bién en aquelios días mis puntos de vista eran discutidos por el Círculo en base al equívoco que yo era el asertor de la substitución de un criterio del significado basado en la verificabilidad por un criterio del significa-do basado en la falsificabilidad, mientras que en realidad aquello que me interesaba no era el problema del significado sino el problema de la demarcación» (Logica, cit., ps. 344-45). La carta no tuvo el éxito desea-do. Al contrario, el hecho de que Popper presentara sus tesis bajo la for-ma de crítica de los de Wittgenstein y del Círculo de Viena contribuyó a reforzar la errónea convicción de que él había elaborado originaria-mente su teoría como crítica de la neopositivística y no ¿omo era en efecto – mucho tiempo antes de que conociera y empezara su confron-tación crítica con el neopositivismo. Esta convicción se consolidó definitivamente hasta cristalizarse en un acreditado, aunque infundado, lugar común con la primera obra publi-cada por él. Estimulado y alentado por Feigl que, encontrando intere-santes sus ideas le sugirió publicarlas en forma de libro, Popper comen-zó el año 1930 la redacción de Die beiden Grundprobleme der Erkenntnistheorie. El manuscrito de aquello que debía ser el primero de los volúmenes de que se compondría la obra, acabado en el 32, fue leído por muchos de los miembros del Círculo de Viena entre los cuales esta-ban Carnap, que habló de él inmediatamente en un ensayo en “Erkenn-tnis”, Schlick y Frank, los cuales aceptaron publicar su obra en la colec-ción de textos escritos predominantemente por los neopositivistas (Schriften zur wissenschaftlichen Weltauffassung) dirigidos por ellos para el editor Springer. Pero éste, dada la considerable extensión de la obra, pidió que fuera notablemente reducida. En 1934 fue finalmente publica-do un extracto titulado Logik der Forschung, mientras el manuscrito ori-ginario, con aquellas partes que no se perdieron, apareció en el año 1979 a cargo de T. E. Hansen para el editor Mohr. POPPER 615
El objeto principal del libro era discutir los problemas fundamenta-les de la teoría del conocimiento y presentar las soluciones que Popper, ya desde 1919, había elaborado y desarrollado. Sus principales objetivos – afirma – eran de carácter positivo. Yo quería proponer una teoría del conocimiento humano» (La ricerca non ha fine, cit., p. 93). Pero puesto que su composición tenía lugar en un momento de cerrada polémica crí-tica con el neopositivismo, el libro no sólo contenía una crítica de las tesis neopositivistas sino que «desde el principio había sido concebido en gran medida como una discusión crítica y una corrección de las doc-trinas del Círculo de Viena» (Ib., trad. ital., p. 88). Debido a este parti-cular modo en que la obra fue proyectada y realizada, fue recibida prin-cipalmente como una confrontación crítica con el neopositivismo más que como un libro cuyos «principales objetivos eran de carácter positi-vo» y que trataba de «proponer una teoría del conocimiento humano» (Ib., p. 93), y se asumió erróneamente que Popper había elaborado ori-ginariamente sus tesis como crítica al neopositivismo más que indepen-dientemente de él y antes de que lo conociera. Llegados a este punto, son claras las razones que han contribuido de modo determinante a la formación de la convicción según la cual la teo-ría popperiana del conocimiento se ha constituido originariamente en re-lación con la neopositivística, a la formación, pues, de la imagen de Pop-per centrada en el.neopositivismo. Tales razones están ligadas a un particular aspecto de la relación que él estableció con el Círculo de Vie-na. Pero lo cierto es que una correcta y completa reconstrucción de di-cha relación muestra inequívocamente – como ya hemos visto – que Pop-per cuando conoce las tesis del Círculo ya ha elaborado las ideas centrales de su teoría del conocimiento, y que él dirige su confrontación con los neopositivistas precisamente basándose en la convicción de que su plan-teamiento y solución de los problemas es mejor que los de sus interlocu-tores. Si Popper no formula sus problemas y sus ideas fundamentales en relación con el neopositivismo, ¿cuál es entonces el trasfondo dentro del cual su teoría del conocimiento se constituye? ¿Cuál es el terreno del cual dicha teoría ahonda sus raíces, el espacio dentro del cual se desarrolla? Con estas preguntas volvemos al punto del cual hemos partido y descar-tada la respuesta generalmente aceptada no nos queda más que construir otra. Una preciosa referencia que indica cuál es la matriz de la cual nace la teoría del conocimiento de Popper está constituida por un corto pasa-je de la carta que él envía al historiador de la cultura y poeta vienés Egon Friedell el 30 de junio de 1932, cuando ya ha terminado la redacción de uno de los volúmenes de que se compone su primera y fundamental obra epistemológica y está a punto de empezar el segundo. Hablando de su
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libro, Popper afirma que «es un hijo del tiempo, un hijo de la crisis, so-bre todo de la crisis de la física» (I due problemi fondamentali, cit., p. 530). Sobre el importante peso que se debe atribuir a esta indicación no puede haber dudas si se piensa que el fragmento, encontrado por Han-sen durante la búsqueda del manuscrito originario de la obra y reprodu-cido en la Osservazione conclusiva del curatore, ha sido repetido por el mismo Popper en su Prefacio 1978, escrito en ocasión de la tardía publi-cación del libro. Es de tal indicación, pues, de donde se debe partir si se quiere individuar correctamente el trasfondo de la teoría popperiana del conocimiento y efectuar una adecuada reconstrucción de esta últi-ma. Popper se refiere a la crisis de la física; veamos pues cuáles con los términos esenciales de esta situación en que se encuentra la física entre finales del ochocientos y principios del novecientos, y en la cual la epis-temología de Popper tiene su origen. La mecánica de Newton, elaborada en Philosophiae naturalis princi-pia mathematica (1687) sobre el modelo euclídeo como un sistema de-ductivo en el cual a partir de la leyes fundamentales del movimiento se sacan todos los demás enunciados, es generalmente considerada en el si-glo XIX como episteme, saber cierto, constituido por proposiciones ver-daderas, indudables y definitivas – sea que se opine, como el mismo New-ton, que sus principios son «proposiciones obtenidas por indicación de los fenómenos» (Principia, trad. ital., p. 607), sea,que se les considere, como Kant, proposiciones de las cuales «es clara la [...] necesidad, y por lo tanto su origen a priori» (Kritik der reinen Vernunft, trad. ital., B 17) –. Sobre la base de esta convicción dominante, la mecánica se erige en fun-damento seguro de la investigación científica del mundo. Se piensa, en efecto, que si ella es episteme, si nos da una imagen verdadera de la rea-lidad física, entonces todos los fenómenos físicos deben ser descritos y explicados en términos mecánicos. Se inicia así el programa de investi-gación mecanicístico, esto es, el proyecto de interpretar todos los fenó-menos físicos como el resultado de fuerzas que actúan entre partículas invariables. La física se desarrolla en el ochocientos esencialmente dentro de este programa y es el intento de dar de él una explicación convincente: esto sinificará la consecución de una representación verdadera y completa del mundo físico. Helmholtz, que es uno de los más convencidos defensores del mecanicismo, afirma: «La tarea de las ciencias físicas se determina pues, en última instancia, como la de reconducir los fenómenos natura-les a fuerzas inmutables, atractivas o repulsivas, cuya densidad depende de la distancia. La posibilidad de que esta tarea se culmine, constituye, al mismo tiempo, la condición de la completa inteligibilidad de la natu-raleza» (Über die Erhaltung der Kraft, trad. ital., Turín, 1967, ps. 52-53). El programa mecanicístico consigue significativos resultados, refor- POPPER 617
zando la convicción de que la mecánica clásica es el fundamento seguro no sólo de la física sino también de las ciencias naturales y que la vía del completo descubrimiento de la naturaleza ya se ha iniciado definiti-vamente. Einstein ha dado una vívida y eficaz descripción de la atmósfe-ra en la cual se desarrolló la investigación científica del siglo pasado : «En materia de principios predominaba una rigidez dogmática; en le origen (si origen hubo) Dios creó las leyes del movimiento de Newton junto con las masas y las fuerzas necesarias. Esto es todo; toda otra cosa se des-prende deductivamente a través del desarrollo de métodos matemáticos apropiados. Aquello que el siglo XIX consiguió hacer basándose sólo en esto [...] no podía dejar de suscitar la admiración de cualquier perso-na inteligente [...]. Pero aquello que hacía más impresión no era tanto la construcción de la mecánica como ciencia en sí, o la solución de pro-blemas complicados, cuanto las conquistas de la mecánica en campos que aparentemente no tenían nada en común con ella [...]. Estos resultados confirmaban que la mecánica constituía [...] la base de la física [...]. No debemos pues sorprendernos si todos, o casi todos, los físicos del siglo pasado vieron en la mecánica clásica la base segura y definitiva de toda la física y es más, de todas las ciencias naturales» (Autobiographical No-tes, trad. ital., ps. 69-70). La crisis de la física se inicia cuando el programa de investigación me-canicística, agotada su capacidad progresiva, topa con dificultades que parecen insuperables y que llevan a abandonar la idea de la mecánica como base unitaria de la física, así como a repensar en general la natura-leza y el status epistemológico de las teorías científicas. Protagonistas de esta reflexión crítica son Mach, Duhem y Poincaré. Mach, a trav¿’s de un análisis del conocimiento científico que muestra cómo su esencia consiste en la función económica, derriba la fe dogmá-tica en la mecánica como fundamento último y definitivo de la física. «Toda la ciencia – afirma – tiene el objeto de substituir, o sea de eco-nomizar experiencias mediante la reproducción y la anticipación de he-chos en el pensamiento» (Die Mechanik, trad. ital., p. 470); sin embar-go, «no reproducimos nunca los hechos en su totalidad, sino sólo en aquellos aspectos que son importantes para nosotros, con miras a un ob-jetivo nacido directa o indirectamente de un interés práctico» (Ib., p. 471) ; lo cual significa que «nuestras reproducciones son [...] siempre unas abs-tracciones» (Ib.) y por lo tanto no pueden dar una representación com-pleta y exacta de la experiencia. En substancia, puesto que los conceptos y los principios de la ciencia son esquemas de orden de las experiencias, constructos intelectuales que no tienen ninguna necesidad intrínseca y absoluta, instrumentos elaborados históricamente y por lo tanto históri-camente modificables, entonces no es posible hablar de verdad del cono-cimiento científico, y la idea de que la mecánica es la verdadera repre- 618 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
sentación del mundo físico y constituya su base, el fundamento de la fí-sica es una idea que queda asignada definitivamente a su naturaleza de simple prejuicio. En una línea en gran medida convergente con la de Mach, al cual se remite explícitamente, se sitíía el análisis crítico de la naturaleza de las teorías físicas, y por lo tanto también de la mecánica de Newton, desa-rrollado por Duhem. Éste, rechaza la tesis según la cual las teorías físi-cas «quitando los velos de las apariencias sensibles» representa «aquello que se encuentra realmente en los cuerpos» (La théorie physique, trad. ital., p. 9). Las teorías, más bien, no son más que el intento de realizar aquella economía intelectual en la cual ya Mach veía el principio guía de la ciencia: el intento de dar una representación sintética y una clasifi-cación de un amplio conjunto de leyes experimentales – esto es, de com-plejos simbólicos más o menos aptos para representar la realidad, pero de los que no tiene sentido decir si son verdaderos o falsos (Ib., p. 189) – deduciéndolas de un restringido número de principios fundamentales, los cuales, desde luego, son las bases sobre las cuales se construye la teoría pero que «no pretenden en modo alguno enunciar relaciones verdaderas entre las propiedades reales de los cuerpos» (Ib., p. 24), hipótesis, pues, que pueden [...J ser formuladas de un modo arbitrario» (Ib.), con ex-cepción de la no contradicción entre los términos de una misma hipóte-sis y entre hipótesis diversas de una misma teoría, siendo la contradic-ción lógica «la única barrera absolutamente infranqueable frente a la cual se detiene esta arbitrariedad» (Ib.). También el análisis crítico de las teorías físicas desarrollado por Poin-caré desemboca en una devaluación de la concepción epistémica de la ciencia. Para él ninguna forma de saber está capacitada para hacernos conocer la verdadera naturaleza de las cosas, ni siquiera la ciencia: «aque-llo que ella puede captar no son las cosas mismas, como creen los inge-nuos dogmáticos, sino solamente las relaciones entre las cosas; fuera de estas relaciones no hay ninguna realidad cognoscible» (La science et l’hypothese, trad. ital., p. 5). Por esta razón, los conceptos de las teorías científicas son «simples imágenes, que substituyen a los objetos reales que la naturaleza nos esconderá eternamente» (Ib., p. 130) ; las teorías «tienen un sentido simplemente metafórico» (Ib., p. 132) ; la ciencia, en cuanto nos hace conocer ]as relaciones entre los objetos, es un sistema de relaciones, «sobre todo una clasificación, una manera de acercar los hechos que las apariencias separan» (La valeur de la science, trrad. ital., p. 235) : como tal es objetiva, porque expresa relaciones que son comu-nes a todos los seres pensantes, pero no es verdadera, puesto que una clasificación «no puede ser verdadera sino cómoda» (Ib., p. 239). El declive del programa de investigación mecanicístico y la discusión crítica sobre el status epistemológico de las teorías científicas no repre- POPPER 619
sentan aún el momento culminante de la crisis que afecta a la física clási-ca. En efecto, aunque la mecánica de Newton no sea ya puesta como fundamento de la física, no se ha puesto todavía en discusión la validez de sus principios; a su vez, la crítica desarrollada por Mach, Duhem y Poincaré de la pretensión de que las teorías científicas sean sistemas de proposiciones verdaderas no marca el fin de la convicción dominante se-gún la cual la teoría de Newton es episteme. La profunda mutación de la situación científico-epistemológica se produce en el momento en que Einstein pone en discusión el mismo núcleo fundamental de la represen-tación clásica del mundo físico y elabora una nueva teoría – la teoría de la relatividad – que modifica las leyes de la mecánica newtoniana e indica los límites de su validez. La reílexión epistemológica de Popper se constituye sobre este tras-fondo, partiendo de la revolución científica einsteiniana que, según él afirma, ejerce «la influencia dominante» y «a la larga, quizás, la influencia más importante de todas» sobre su pensamiento (La ricerca non ha fine, cit., p. 39). Es en relación con Einstein, en efecto, que Popper formula sus problemas teóricos fundamentales – el de la demarcación entre cien-cia y pseudociencia, y el de la certeza del saber científico –, elabora el núcleo central de su pensamiento epistemológico con las ideas de falibi-lismo y falsificabilidad, y plantea su programa de investigación como el intento de aclarar «qué significó la revolución einsteiniana para la teoría del conocimiento» (I due problemi fondamentali, cit., p. xtx). Veamos ante todo en qué consite «la influencia dominante» de Eins-tein sobre la génesis y sobre la solución del problema popperiano de la demarcación. Popper afirma repetidamente haberse enfrentado por pri-mera vez con este problema – «el problema de trazar una línea, en la medida de lo posible, entre las aserciones, o los sistemas de aserciones, de las ciencias empíricas, y todas las demás aserciones, tanto de tipo reli-gioso o metafísico, como, simplemente, de tipo pseudocientífico» (Con-getture e confutazione, cit., ps. 70-71) – en otoño de 1919. Es un año fundamental para la teoría de la relatividad: en efecto, las observaciones hechas por Eddington durante el eclipse de mayo representan la primera y significativa confirmación de la teoría einsteiniana de la gravitación. Se trata para Popper de una «gran experiencia» (Ib., p. 62). Aquello que particularmente lo impresiona es el hecho de que Einstein había formu-lado unas previsiones arriesgadas, de modo que si no se hubieran obser-vado los sucesos previstos por la teoría habría tenido que considerarse confutada: «Einstein se hallaba en búsqueda de experimentos cruciales, cuyo acuerdo con sas predicciones había corraborado sin duda su teo-ría; mientras que un desacuerdo, como él mismo insistió, habría demos-trado que su teoría era insostenible» (La ricerca non ha fine, cit., p. 40). Al mismo tiempo Popper nota el profundo contraste entre la a=titud teó- 620 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
rica de Einstein y la de otras teorías, como el marxismo y el psicoanáli-sis, en el centro de la escena cultural vienesa de aquel momento, las cua-les pretendían también ser científicas, pero que a diferencia de la teoría .de la relatividad, que era claramente incompatible con determinados acon-tecimientos posibles, eran en cambio «compatibles con los más diversos comportamientos humanos, de modo que era prácticamente imposible describir un comportamiento cualquiera que no pudiera ser asumido como verificación de tales teorías» (Congetture e confutazione, cit., p. 66): el contraste, en fin, entre la búsqueda de controles que pueden confutar la teoría, y la pretensión de encontrar en cada caso confirmación de las teorías. Dada esta profunda diversidad de actitud, Popper se plantea el pro-blema de qué requisitos debe tener una teoría para ser considerada cien-tífica. La solución que él da a este problema está marcada por la iníluencia dominante de Einstein: «Si uno propone una teoría científica, debe ser capaz de responder, como hizo Einstein, a la pregunta: ¿ “Bajo qué con-diciones debería admitir que mi teoría es insostenible?”. En otras pala-bras, ¿qué hechos concebibles aceptaría como confutación, o falsifica-ciones, de mi teoría?» (La ricerca non ha fine, cit., p. 44). Se trata, en suma, del criterio de falsificabilidad, según el cual un sistema teórico es científico sólo si puede resultar en conflicto con ciertos datos de la expe-riencia. Popper resume así las conclusiones a las cuales llega a partir del análisis del contraste entre la teoría de Einstein por un lado y el psicoa-nálisis y el marxismo por otro: 1) «Es fácil obtener confirmaciones, o comprobaciones, para casi cada teoría – si aquello que buscamos son en efecto confirmaciones. 2) Las confirmaciones deberían valer sólo si son el resultado de previsiones arriesgadas; es decir, en el caso de que, no estando iluminados por la teoría en cuestión, deberíamos haber espe-rado un acontecimiento incompatible con ella – un acontecimiento que habría confutado la teoría. 3) Toda teoría científica “válida” es una prohibición: excluye el suceso de ciertas cosas. Cuantas más cosas impi-de, mucho mejor resulta. 4) Una teoría que no puede ser confutada por algún acontecimiento concebible, no es científica. La inconfutabilidad de una teoría no es (como a menudo se cree) una ventaja, sino un defec-to. 5) Cualquier control de una teoría es un intento de falsificarla, o de confutarla. La controlabilidad coincide con la falsificabilidad; hay, sin embargo, grados de controlabilidad: algunas teorías son controlables, o expuestas a la confutación, más que otras; ellas, por así decir, corren riesgos mayores. 6) Los datos de confirmación no deberían contar ex-cepto cuando son el resultado de un control genuino de la teoría; y esto significa que este último puede ser presentado como un intento serio, aun-que frustrado, de falsificar la teoría. En tales casos hablo ahora de “da-tos corroborantes”. 7) Algunas teorías genuinamente controlables, des- POPPER 621
pués de que se han revelado falsas, siguen siendo sostenidas por sus fau-tores – por ejemplo con la introducción, ad hoc, de alguna asunción auxi-liar, o con la reinterpretación ad hoc de la teoría, de modo que se sus-traiga a la confutación. Un procedimiento de este tipo es siempre posible, pero sólo puede salvar a la teoría de la confutación a costa de destruir, o por lo menos de perjudicar, su estatus científico. He descrito a conti-nuación una tal operación de salvamiento como un movimiento o una estratagema convencionalistica» (Congetture e confutazione, cit., ps. 66-67). Pasemos ahora al segundo de aquellos que Popper define como los dos «problemas más importantes» de su reflexión epistemológica – el problema de la certeza o incerteza del conocimiento científico – y vea-mos cuál es «la influencia dominante» de Einstein sobre su formulación y solución. Como se ha dicho, durante todo el siglo XIX hast‘a primeros del no-vecientos era convicción casi universal que las teorías científicas eran sis-temas de proposiciones verdaderas, que la ciencia era episteme. Mach, Poicaré y Duhem representaban ciertamente unas excepciones importantes al punto de vista dominante, pero seguían siendo excepciones. « Yo – afrima Popper – había crecido en una atmsfera en la cual la mecánica de Newton y la electrodinámica de Maxwell eran aceptadas a la par como verdades indudables» (La ricerca non ha fine, cit., p. 39). Respecto a esta situación la confirmación empírica obtenida en 1919 de la teoría de Einstein constituye para Popper «una conquista en el plano estrictamen-te científico: ahora, en efecto, la teoría de la relatividad no es solamente una alternativa posible a la teoría de Newton, sino una alternativa real confirmada por la experiencia, una nueva teoría de la gravitación y una nueva cosmología. En segundo lugar, una conquista en el plano episte-mológico. Con la teoría de la relatividad, en efecto, ya es claro que el newtoniano no es el único sistema posible de la mecánica capaz de expli-car los fenómenos, y esto pone en tela de juicio la creencia en la incon-testable verdad de la teoría de Newton, abriendo así la cuestión de su status epistemológico y cerrando la época del autoritarismo de la cien-cia: «El simple hecho de que ahora hubiera una teoría alternativa, que explicara todo aquello que la teoría de Newton era capaz de explicar, y, además de esto, muchas cosas más, y que había superado por lo me-nos uno de los controles cruciales que la teoría de Newton parecía no conseguir superar, quitó a la teoria de Newton aquel puesto único que ocupaba en su campo. La redujo al estado de conjetura excelente y afor-tunada, de hipótesis que se encuentra en conpetición con otras hipótesis, y cuyo status era una cuestión abierta» (Scienza: Problems, Aims, Res-ponsabilities, trad. ital., Problemi, scopi e responsadilita delle scienza, en Scienza e filosofia, Turín, 1969, p. 134). 622 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
Precisamente en relación con esta nueva situación de la física Popper se plantea el problema general del stafus epistemológico de las teorías científicas. La solución que da a esta cuestión, y que él considera «una consecuencia del todo natural de la revolución einsteiniana» (La ricerca non ha fine, cit., p. 85), «el resultado directo de la revolución de Eis-tein» (Replies to my Critics, p. 1065), consiste en la tesis según la cual «las teorías científicas son siempre hipótesis o conjeturas» (La ricerca non ha fine, cit., p. 84). En efecto, «si la teoría de Newton, que había sido controlada del modo más riguroso y había sido confirmmada me-jor de cuanto un científico habría podio soñar nunca, había sido des-pués desenmascarada como hipótesis no segura y superable, entonces era cosa desesperada esperar que cualquier otra teoría física pudiera alcan-zar algo más que el estado de una hipótesis» (I due problemi fondamen-tali, p. xtx). La conclusión que hay que sacar en el plano epistemológi-co de la revolución einsteiniana es pues, para Popper, que «nuestras teorías son falibles y falibles siguen siendo incluso cuando han recibido confirmaciones brillantes» (Ib., p. xxI). Formulando así la idea fundamental del «falibilismo» – que él defi-ne «el verdadero perno de mi pensamiento sobre el conocimiento huma-no» (Postcritto, I, cit., p. 23) –, el programa de investigación de Popper se desarrolla, a través de una amplia confrontación con las principales líneas epistemológicas elaboradas a partir de la edad moderna (empiris-mo, racionalismo, kantismo, instrumentalismo, convencienalismo, po-sitivismo lógico), en dos direcciones: por una parte, como crítica de las concepciones no falibilistas del conocimiento, por otra, como elabora-ción articulada de la concepción falibilista. Más específicamente, en su pars destruens la teoría del conocimiento de Popper se constituye, ante todo, como crítica del ideal justificacio-nista de la ciencia como episteme, esto es, de la concepción según la cual «la ciencia es saber; y el saber implica certeza junto con la justificación de la certeza; esto es, implica la posibilidad empírica o racional de la fun-damentación» (I due problemi fondamentali, cit., p. xx). En este senti-do, Popper critica sea el punto de vista inductivístico, según el cual hay un método – el método inductivo – para encontrar teorías verdaderas o para comprobar si una hipótesis dada es verdadera, sea el punto de vista kantiano que afirma la verdad a priori de las proposiciones cientí-ficas. En la misma dirección, Popper critica la versión débil del ideal de la ciencia como episteme, esto es, la concepción según la cual, no siendo posible en la ciencia conseguir la certeza, es con todo posible alcanzar un substituto de la misma: la probabilidad. En el frente opuesto al de la ciencia como episteme, Popper desarrolla una amplia crítica de la con-cepción de la ciencia como techne, esto es, desde el punto de vista soste-nido con varios matices y con varios argumentos desde Berkely a Schlick,
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según el cual las teorías cinetíficas no son verdaderos enunciados des-criptivos que pueden ser verdaderos o falsos, sino sólo instrumentos para la previsión de acontecimisntos futuros, algo, pues, que puede ser más o .menos útil, cómodo o eficaz pero que no tiene nada que ver con la verdad o la falsedad. Para Popper, en suma, la ciencia si por un lado «no es un sistema de aserciones ciertas, o establecidas de una vez para siempre» y «no puede nunca pretender haber alcanzado la verdad, y tam-poco un substituto de la verdad, como la probabilidad» por otro lado, sin embargo, «no es sólo un instrumento útil» (Logica, cit., p. 308). Por esto él rechaza las imágenes de la ciencia como episteme y como techne, y les contrapone la imagen de la ciencia como doxa, como conocimiento conjetural y falible, como saber incierto, cuyas teorías están y siguen es-tando siempre en el estado de hipótesis. En su pars construens la teoría del conocimiento de Popper consiste en la articulación orgánica de la concepción falibilista del conocimiento, que – como hemos visto – considera el resultado directo de la revolu-ción einsteiniana. Según afirma el mismo Popper, el modelo sobre el cual él elabora esta teoría está constituido por la concepción hipotético-deductiva de la geometría, desarrollada a partir de la construcción de los sistemas no euclídeos con la contribución determinante de Riemann, Helmholtz y de la moderna axiomática de Hilbert. En esta nueva pers-pectiva, dada la presencia de sistemas de geometría distintos del euclí-deo, todos igualmente no contradictorios y por esto todos igualmente legítimos desde el punto de vista lógico, entra en crisis la idea de que haya un sistema geométrico, el euclídeo, cuyos axiomas son evidentes o inmediatamente verdaderos, y los distintos sistemas son concebidos como posiciones libres (libremente elegidas dentro de los límites traza-dos por la lógica), ninguno... [de los cuales] puede ser preferido, a prio-ri, a los otros. La cuestión de cuál de estos sistemas corresponde mejor al espacio real, puede ser resuelta solamente por la experiencia, dedu-ciendo consecuencias que pueden ser sometidas a control empírico» (I due problemi fondamentali, cit., p. 17). Popper acepta esta concepción hipotético-deductiva de la geometría y la extiende a las ciencias de la na-turaleza: «Nosotros – escribe – no consideramos ya un sistema deducti-vo como un sistema que establece la verdad de sus teoremas deduciéndo-los de “axiomas” cuya verdad es completamente cierta (o autoevidente, o indudable); lo consideramos, más bien, un sistema que nos consiente poner racionalmente y críticamente en discusión sus asunciones, desa-rrollando sistemáticamente sus consecuencias. La deducción no es utili-zada con el objeto de demostrar las conclusiones; es, más bien, un ins-trumento de crítica racional. Dentro de una teoría puramente matemática, deducimos conclusiones para sondear el poder y la fertilidad de nuestros axiomas; dentro de una teoría física, deducimos conclusiones para so- 624 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
meter a crítica y, sobre todo, para controlar las conclusiones deducidas, y, mediante éstas, nuestras hipótesis: no tenemos, como regla, intención alguna de establecer nuestras conclusiones» (Poscritto, I, cit., p. 237). En cuanto elaborada sobre el modelo de la moderna concepción de la geometría, esto es, cuanto une un punto de vista deductivístico con uno empirístico, la teoría del conocimiento de Popper puede ser considerada como «una síntesis de dos teorías clásicas del conocimiento: una síntesis de elementos de raeionalismo y empirismo» (I due problemi fondamen-tali della teoria della conoscenza, cit., p. 12). Ella, en efecto, aun recha-zando la asunción de la existencia de principios evidentes o verdaderos a priori, hace propia la orientación deductivística del racionalismo; del mismo modo, aun rechazando el inductivismo empirístico, acepta el prin-cipio fundamental del empirismo según el cual sólo es la experiencia lo que puede decidir la aceptación o el rechazo de un sistema axiomético-deductivo. Queda así delineado en sus rasgos esenciales el trasfondo dentro del cual se constituye la teoría del conocimiento de Popper. Es, como se ve, un trasfondo complejo cuyos términos fundamentales están representa-dos por una parte por la física pero también de la geometría, y de su imagen tradicional de saber cierto o indudable, y por otra por las princi-pales líenas de teoría del conocimiento elaboradas a partir de la edad mo-derna, desde el racionalismo y el empirismo clásicos hasta el neopositi-vismo. Sobre este trasfondo Popper aparece como un agudo intérprete de la «crisis» de la ciencia que, consciente de la importancia que ella tie-ne para la teoría del conocimiento, intenta, a través de una amplia con-frontación crítica y positiva con las más significativas perspectivas epis-temológicas, delinear una nueva imagen del saber científico y, en general, del conocimiento humano.
988. EPISTEME, TECHNE, DOXA.
«La ciencia natural... no es escientia o episteme; no, en cualquier caso, porque sea una techne, sino porque pertenece al dominio de la doxa» (Congetture e confutazioni, cit., p. 642). La afirmación de Popper nos lleva inmediatamente al centro de su teoría del conocimiento: la crítica de las concepciones justificacionísticas e instrumentalísticas de las teo-rías científicas y la elaboración de la concepción de la ciencia como co-nocimiento conjetural y falible. Según el punto de vista justificacionista: el conocimiento científico es episteme, esto es, un saber que implica la certeza y la justificación de la certeza. De aquí surgen el problema de la justificación – el problema de cómo podemos justificar nuestro conocimiento – así como la convic- POPPER 625
ción de que la tarea fundamental de la teoría del conocimiento es resol-ver tal problema. «Todas las filosofías – escribe Popper – han sido has-ta ahora filosofías justificacionísticas, en el sentido de que todas presu-mían que el deber prima facie de la teoría del conocimiento era demostrar qué, y cómo, podemos justificar nuestras teorías o nuestras creencias. No compartían esta asunción solamente los racionalistas, los empiristas y los kantianos, sino también los escépticos y los irracionalistas. Los es-cépticos obligados a admitir que no podemos justificar nuestras teorías o creencias, denuncian el fracaso de la búsqueda del conocimiento; mien-tras que los irracionalistas (por ejemplo, los fideistas) a causa de la mis-ma admisión fundamental, declaran el fracaso de la búsqueda de razo-nes – esto es, de argumentaciones racionalmente válidas – y tratan de justificar nuestro conocimiento o, mejor, nuestras creencias, recurrien-do a autoridades, como la autoridad de fuentes irracionales. Ambos asu-men que la cuestión de la justificación, o de la existencia de razones po-sitivas, es fundamental: ambos son justificacionistas clásicos» (Poscritto, I, cit., p. 50). La principal estrategia justificacionista está representada por el in-ductivismo, el cual afirma que hay un método – concretamente la inducción – que nos permite encontrar teorías verdaderas o, cuando me-nos, comprobar si una teoría dada es verdadera; en un sentido más dé-bil, la inducción es considerada capaz no ya de establecer con certeza la verdad de una hipótesis, sino asignarle un cierto grado de probabili-dad. Los inductivistas aceptan una teoría sólo si puede ser justificada por datos probatorios empíricos, o sea sólo si puede ser comprobada o confirmada probabilísticamente. El programa inductivista, el intento de mostrar que las teorías cientí-ficas pueden justificarse a través del método inductivo, está destinado para Popper al fracaso. En efecto, tal método no existe: «1) No hay nin-gún método para descubrir una teoría científica. 2) No hay ningún mé-todo para comprobar la verdad de una hipótesis científica, esto es, nin-gún método de comprobación. 3) No hay ningún método para comprobar si la hipótesis es “probable”, o probablemente verdadera» (Ib., p. 36). La crítica de Popper al justificacionismo inductivista consiste esen-cialmente en la continuación y en la reformulación de la crítica humea-na, que él considera «clara y decisiva», de la inferencia inductiva (Con-getture e confutazioni, cit., p. 77). En la reformulación de Popper «una inferencia es “inductiva” cuando procede de afirmaciones singulares (a veces llamadas también afirmaciones “particulares”), como los infor-mes de los resultados de observaciones o de experimentos, a afirmacio-nes universales, como hipótesis o teorías» (Logica, cit., p. 5). El proble-ma de la inducción se refiere precisamente a las relaciones lógicas entre las afirmaciones singulares y las teorías universales, y consiste en pre- 626 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
guntarse si es justificado inferir afirmaciones universales de afirmacio-nes singulares. En la formulación de Popper: «¿Puede la pretensión de que una teoría explicativa universal sea verdadera ser justificada por “ra-zones empíricas”; o sea asumiendo la verdad de ciertas proposiciones de control o proposiciones de observación (que, se puede decir, están “ba-sadas en la experiencia”)?» (Conoscenza oggettiva, cit., p. 25). Su res-puesta, al igual que la de Hume, es negativa: la pretensión de que una teoría universal sea verdadera no puede ser justificada asumiendo la ver-dad de proposiciones de observación porque por numerosas que puedan ser las afirmaciones singulares, las teorías universales no son nunca de-ducibles de ellas. «Desde un punto de vista lógico – afirma Popper – es todo lo contrario de obvio que haya justificación en el inferir afirma-ciones universales a partir de aserciones singulares, por numerosas que sean estas últimas; en efecto, cualquier conclusión obtenida de este modo siempre puede revelarse falsa: por numerosos que sean los casos de cis-nes blancos que podamos‘haber observado, esto no justifica la conclu-sión de que todos los cisnes son blancos» (Logica, cit., ps. 5-6). Radicalmente equivocada es también para Popper la idea de que la inducción, aunque no sea capaz de establecer con certeza la verdad de una teoría universal, pueda, con todo, atribuirle un cierto grado de posi-bilidad. La idea de una lógica de la probabilidad inductiva es sostenida por el siguiente argumento. Las inferencias inductivas no son válidas en cuanto la conclusión no se sigue deductivamente por las premisas: esto es, las premisas no implican rigurosamente la conclusión. Esto significa que a diferencia de la inferencia válida, que hace cierta la verdad de la conclusión, dada la verdad de las premisas, la inferencia inductiva, en cambio, deja incierta la verdad de la conclusión, la cual puede ser más o menos probable. Se trata entonces de poner a punto una teoría que permita valorar la posibilidad de una conclusión inductiva sobre la base de la evidencia inductiva. «Si escribimos “p(a,b) = r”, para la “proba-bilidad de a dada b es igual a r” (donde r es una fracción cualquiera com-prendida entre 0 y 1), entonces el argumento persuasivo puede ser for-mulado como sigue: sea h una hipótesis (una “conclusión inductiva”), y e la “evidencia inductiva” ; entonces el problema de la inducción con-siste – o por lo menos así parece – en determinar el valor de r en p(h,e) =r, o sea el valor de la probabilidad de la hipótesis inductiva h dada la evidencia e. El problema de la inducción se puede pues resolver construyendo una lógica generalizada, una lógica de la probabilidad. Se-gún el argumento persuasivo, en efecto, la lógica inductiva no es más que la lógica de la probabilidad. Es la lógica de la inferencia, y del cono-cimiento, incierto, y p(h,e) es el grado en que nuestro conocimiento cier-to de la evidencia y justifica racionalmente nuestra creencia en la hipóte-sis h» (Poscritto, I, cit., p. 234). Popper considera este argumento POPPER 627
«completamente erróneo». «Remitirse a la probabilidad – escribe – no toca en lo más mínimo el problema de la inducción. Esta afirmación puede ser convalidada, desde el punto de vista formal, considerando que toda hipótesis universal h está de tal modo más allá de cualquier evidencia empírica e, que su probabilidad p(h,e) será siempre igual a cero, porque la hipótesis universal afirma algo respecto a un número infinito de ca-sos, mientras que el número de casos observados sólo puede ser finito» (In., p. 235). Para Popper, por lo tanto, se debe ignorar la búsqueda de una lógica inductiva, de la certeza y de la probabilidad, y reconocer que no hay ningún método para descubrir o comprobar la verdad o la probabilidad de una teoría. Después de la decisiva crítica de Hume a la validez de la inferencia inductiva, el intento más importante de justificar el carácter epistémico del conocimiento científico es el efectuado por Kant. Kant está perfecta-mente de acuerdo con Hume en sostener la no validez de la inferencia inductiva y se da cuenta claramente de que la crítica humeana acaba por comprometer la misma posibilidad de la episteme, del conocimiento uni-versal y necesario. Por otra parte – escribe Popper – para Kant no hay duda de que una forma tal de conocimiento existe: para él la verdad de la mecánica newtoniana es «absoluta e incontestable» (Congetture e con-futazioni, cit., p. 311), la existencia de la episteme «un dato de hecho» (Ib., p. 162). Kant en suma comparte la convicción propia de gran parte de sus contemporáneos según la cual la teoría de Newton es una teoría verdadera, una convicción bien fundada, como lo indica el hecho de que ella había sido severamente controlada y había resultado siempre correcta. «En la historia del pensamiento había sucedido un acontecimiento único e irrepetible: el primer y definitivo descubrimiento de la verdad absoluta acerca del universo. Un antiguo sueño se había realizado. La humani-dad había conseguido el conocimiento, real, cierto, indudable y demos-trable – scientia o episteme divina, y no meramente doxa, opinión hu-mana» (Ib., p. 162. Todo esto lleva a Kant a plantearse el problema central de la Kritik, a saber, el problema de cómo es posible una ciencia como la elaborado por Newton y de cuál es su fundamento. Como es sabido, la solución kantiana a este problema consiste en la célebre tesis según la cual el inte-lecto no obtiene sus leyes de la naturaleza, sino que se las dicta. En la formulación de Popper, la solución kantiana es: «El conocimiento epis-teme es posible porque nosotros no somos receptores pasivos de los da-tos sensoriales, sino asimiladores activos. Asimilándolos les damos for-ma y los organizamos en un Cosmos, el universo de la naturaleza. En el curso de este proceso, imponemos al material que nos han presentado los sentidos, las leyes matemáticas que forman parte de nuestro meca-nismo de asimilación y organización. Por lo tanto no es que nuestro in- 628 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
telecto descubra leyes universales en la naturaleza, sino que es él quien prescribe sus propias leyes y las impone a la naturaleza» (Ib., p. 164). Popper considera la solución de Kant «genial». Sin embargo, critica sea el planteamiento del problema, sea – menos severamente – la mis- ma tesis que constituye la solución del problema. El problema kantiano de cómo es posible el conocimiento cierto, la episteme, aunque ineludi- ble, es de todos modos un «problema insoluble» (Ib., p. 164), un «falso problema» (Ib., p. 327) ; y esto simplemente porque es errónea la convic- ción kantiana de que la ciencia elaborada por Newton es conocimiento cierto episteme. «La cuestión – afirma Popper – se planteaba inevita- blemente. Y sin embargo era insoluble. En efecto, aquello que parecía un evidente dato de hecho, la consecución de la episteme, no era tal. Como ahora sabemos, o creemos saber, la teoría de Newton no es más que una maravillosa conjetura, una aproximación sorprendentemente buena; úni- -ca, en efecto, pero no como verdad divina, sino sólo como invención de un genio de naturaleza humana; no pertenece, por lo tanto, a la epis- teme, sino al reino de la doxa» (Ib., p. 164). Kant, por lo tanto, se equi- vocaba al pensar que se debía explicar la singularidad y la verdad de la teoría de Newton incluso si para Popper se trataba de un error inevita- ble, en cuanto es sólo con Einstein que nos hemos dado cuenta de que el sistema de Newton no es el único posible y de que la razón «es capaz de más de una interpretación, y no puede imponer a la naturaleza una de propia, de una vez para siempre» (Ib., p. 330). La convicción de Kant de que la ciencia es episteme, por lo tanto, se derrumba y con ella «se debilita» (Ib., p. 164) también el problema kantiano. Por cuanto se refiere a la tesis kantiana de que nuestro intelecto.no deriva sus leyes de la naturaleza sino que se las impone, Popper conside- ra que es «substancialmente correcta», por más que «un poco demasia- do radical» (Ib., p. 329). Por esto él la acepta, pero propone, en confor- midad con la revolución einsteiniana, una substancial modificación. Las teorías se interpretan entonces como libres creaciones de nuestra mente, a priori respecto a la experiencia pero no válidas a priori, esquemas que nosotros intentamos imponer a la naturaleza pero a los que la naturale- za puede oponerse: «la teoría es algo que nuestro intelecto intenta pres- cribir a la naturaleza; pero algo que a menudo la naturaleza no se deja prescribir: que es una hipótesis construida por nuestro intelecto pero – y en esto consiste mi oposición a Kant – de seguro no necesariamente fértil de consecuencias; una hipótesis que tratamos de imponer a la na- turaleza, pero que en naturaleza puede ser un fracaso» (I due problemi fondamentali, cit., p. xtx). En conclusión, el resultado del análisis del justificacionismo es que: a) el problema clásico de la justificación, el problema de cómo pode- mos justificar o fundamentar nuestro conocimiento es «irrelevante» (Pos- POPPER 629
critto, I, cit., p. 48) y «debe ser efectivamente abandonado en cuanto es un problema sin sentido» (Ib., p. 50); b) que las respuestas que se le dan comúnmente son «incorrectas» (Ib., p. 48). «Creo – afirma Popper – que deberíamos acostumbrarnos a la idea de que no se debe mirar a la ciencia como un “cuerpo de conocimiento”, sino como un sistema de hipótesis; es decir, como un sistema de intentos de adivinar, o de anticiparse, que no pueden ser justificados en línea de principio, pero con los cuales trabajamos fingiendo que superan los controles, y de los cuales no tenemos nunca el derecho de decir que sabemos que son “verdaderos”, o “más o menos ciertos”, o incluso “probables” » (Lo-gica, cit., p. 351). El final del análisis de Popper es por lo tanto el falibi-lismo, esto es, el reconocimiento de que el viejo ideal de la episteme ha caído y la aceptación de que el conocimiento humano es conjetural. No se trata por lo tanto de un resultado pesimístico, escéptico o irracionalís-tico: para Popper, en efecto, una vez abandonado el problema de la bús-queda de la certeza, el nuevo problema fundamental de la teoría del co-nocimiento, el de cómo es posible hablar de progreso del conocimiento y de cómo es posible conseguirlo, admite – como veremos – una solu-ción positiva. La adquisición del hecho de que las teorías científicas no pueden ser consideradas sistemas de proposiciones ciertas o probables no significa, en efecto, para Popper que se deba aceptar la interpretación instrumen-talística de la ciencia, esto es, la concepción cuyo postulado fundamen-tal es que las teorías científicas no son otra cosa que formalismos mate-máticos, instrumentos útiles para la previsión de resultados experimentales. Popper, al contrario, aun reconociendo cuanto hay de válido en la oposición del intrumentalismo a la concepción epistémica del conocimiento científico, elabora una decidida crítica de la interpre-tación instrumentalística de las teorías científicas. Para él, en efecto – como hemos visto –, la ciencia no es episteme no porque sea techne, sino porque es doxa. El instrumentalismo tiene una larga historia. Si se prescinde de la pro-puesta de Osiander y de Bellarmino de interpretar el “sistema del mun-do” copernicano como un simple instrumento de cálculo, una simple hi-pótesis matemática, un ingenioso dispositivo útil para la previsión de los fenómenos astronómicos y no ya como una descripción de la verdadera estructura del mundo, como en cambio era interpretado por Galileo, la primera elaboración orgánica de la concepción instrumentalística de las teorías científicas es la de Berkeley. Éste analiza críticamente todos los conceptos fundamentales de la teoría de Newton y llega a la conclusión de que ella no p6ede ser considerada una descripción del mundo, sino solamente un instrumento íítil para la previsión de los fenómenos. El ar-gumento que permite a Berkeley sacar esta conclusión se basa en la teo- 630 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
ría observacionista del significado. Un término tiene significado sólo si designa una percepción; ahora bien, puesto que no hay entidades como el “espacio absoluto” o el “movimiento absoluto”, los términos que de-signan tal entidad no pueden ser definibles con la ayuda de percepcio-nes, resultando así necesariamente falto de significado. «Según Berkeley – escribe Popper – las teorías científicas no son otra cosa que instru-mentos para el cálculo y la previsión de fenómenos inminentes. No des-criben el mundo, ni ninguno de sus aspectos. No pueden hacerlo puesto que están completamente faltas de significado. La teoría de Newton no significa nada, porque palabras como “fuerza”, “gravedad” y “atrac-ción” no significan nada: son conceptos ocultos. La de Newton no es una teoría explicativa, sino solamente una ficción de matemático, un ex-pediente de matemático. Dado que ella no describe nada, no puede ser verdadera o falsa – sólo puede ser útil o iníítil, según se realice más o menos su tarea predictiva» (Poscritto, cit., p. 129). Después de Berkeley la concepción instrumentalista de las teorías cien-tíficas ha sido sostenida por varios pensadores. Mach por ejemplo, para el cual la noción de “movimiento absoluto” está privada de contenido empírico y por ello privada de sentido, afirma que las teorías no son otra cosa que instrumentos útiles para economizar experiencias, esquemas de orden que permiten previsiones, pero respecto a los cuales no es posible hablar de verdad. También Duhem y Poincaré sostienen un punto de vista que tiene una estrecha vinculación con el instrumentalismo, cuando afir-man que las teorías científicas son convenciones útiles y no conjeturas controlables con la experiencia. Una forma de instrumentalismo «pare-cida» a la Berkeley, puesto que concuerda con su tesis de fondo según la cual las teorías científicas están privadas de significado en cuanto no son verificables, es, en fin, según Popper, la que Schilck atribuye a Witt-genstein y hace suya. Según este punto de vista las leyes universales, las teorías no son auténticas proposiciones, sino pseudo-proposiciones, cuya función es la de reglas para la transformación de enunciados observati-vos en otros enunciados observativos. Popper elabora una articulada crítica de las formas determinantes en que el instrumentalismo históricamente ha sido formulado y sostenido, como lo demuestran sus discusiones críticas de Berkeley, Mach, Poinca-ré, Wittgenstein y Schilck. Pero, como afirma varias veces, él está inte-resado sobre todo en la crítica y en la confutación del instrumentalismo «en cuanto tal», esto es (Ib., p. 133), de aquel núcleo teórico fundamen-tal que es común a sus distintas formas históricas, y que se preocupa ante todo por caracterizar. «Por “instrumentalismo” – escribe Popper – en-tiendo la doctrina de que una teoría científica como la de Newton, o la de Einstein, o la de Schrodinger, debería ser interpretada como un ins-trumento, y nada más que un instrumento, para la deducción de previ- POPPER 631
siones de acontecimientos futuros (sobre todo mediciones) y para otras aplicaciones prácticas; y, más en particular, que una teroría científica no debería interpretarse como una conjetura genuina sobre la estructura del mundo, o como un intento genuino de describir ciertos aspectos de nuestro mundo. La doctrina instrumentalista implica que las teorías cien-tíficas pueden ser más o menos útiles, y más o menos suficientes; pero niega que puedan ser, como los enunciados descriptivos, verdaderas o falsas» (Ib., p. 133). La fuerza y el interés filosófico del instrumentalismo residen para Pop-per en su oposición al esencialismo, a la concepción según la cual las teo-rías científicas describen la “naturaleza esencial” de las cosas, la reali-dad que está detrás de las apariencias, y la ciencia puede llegar a una explicación última de los fenómenos. Él comparte plenamente el recha-zo instrumentalista de la concepción esencialista de la ciencia, aunque no comparte las razones instrumentalistas de este rechazo, razones que más bien hay que buscarlas en el hecho de que los controles de las teo-rías no pueden ser nunca exhaustivos. La interpretación de las teorías científicas como simples reglas de cálculo, instrumentos más o menos úti-les, pero no como auténticas proposiciones que pueden ser verdaderas o falsas, es, en cambio, para él radicalmente equivocada. El entero problema del instrumentalismo se refiere a la afirmación según la cual las teorías no son otra cosa que instrumentos. Popper, en efecto, no contesta en lo más mínimo que las teorías sean también ins-trumentos para la deducción de previsiones y para otras aplicaciones. Aquello que está en discusión es solamente la reducción de las teorías a simples reglas de cálculo. Por esto, el núcleo de su crítica al instrumen-talismo consiste substancialmente en mostrar que entre teorías científi-cas y reglas de cálculo hay numerosas y profundas diferencias, y que el instrumentalismo, interpretando las teorías científicas como instrumen-tos, esto es, algo de lo que no tiene sentido decir que puede ser confuta-do, no consigue dar cuenta de un aspecto fundamental de la ciencia, a saber, de los controles empíricos que son intentos de confutación, o sea aquello a través de lo cual el conocimiento científico puede progresar. Ahora bien, si la teorías científicas no son sólo instrumentos, sino auténticos enunciados descriptivos de alto contenido informativo que pue-den ser verdaderos o falsos, y si por otra parte – como sabemos – no son susceptibles de ser demostradas verdaderas, se debe entonces con-cluir que son conjeturas; como en efecto afirma Popper, «todas las teo-rías son y permanecen como hipótesis: son conjeturas (doxa)» (Conget-ture e confutazioni, cit., p. 180). El hecho de que las teorías científicas sean y permanezcan como con-jeturas no significa sin embargo que la ciencia no sea búsqueda de la ver-dad. Al contrario, una tesis fundamental de la teoría del conocimiento 632 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
de Popper es precisamente que la ciencia, aunque no pueda proponerse la búsqueda de la certeza, es y debe ser bíísqueda de verdad, de una des-cripcíón verdadera del mundo. En este sentido la concepción de Popper «hace suya la doctrina galileana según la cual el científico persigue una descripción verdadera del mundo, o de algunos de sus aspectos, y una explicación efectiva de los hechos observables; y combina además esta doctrina con la concepción no galileana según la cual, aunque este sea el objeto del científico, él no puede saber con certeza si cuanto ha encon-trado es verdadero, aunque pueda establecer con razonable certeza que una teoría es falsa» (Ib., p. 198). Por otra parte, es precisamente la mis-ma idea de falibilidad lo que implica la idea de verdad: en efecto, «es solamente la idea de la verdad lo que nos permite hablar sensatamente de errores» (Ib., p. 393). Debemos pues conservar la idea de verdad y debemos buscarla investi-gando y criticando nuestro errores. Pero ¿en qué sentido se puede hablar de verdad? Entre las tres principales teorías de la verdad elaboradas por la tradición filosófica – la teoría de la verdad como coherencia, según la cual una cierta proposición es verdadera si es coherente con las proposiciones anteriormente aceptadas; la teoría de la verdad como utilidad, según la cual se puede aceptar como verdadera una determinada teoría o proposi-ción si se revela útil en los controles y en sus aplicaciones; y, en fin, la teoría de la verdad como correspondencia, según la cual una proposición es verdadera si corresponde a los hechos – para Popper la única teoría sos-tenible es la de la verdad como correspondencia. Se trata de una concep-ción realística. «La teoría de la verdad como correspondencia – escribe – es una teoría realística, es decir, hace la diferenciación, que es una dife-renciación realística, entre una teoría y los hechos que la teoría describe; y hace que sea posible decir que una teoría es verdadera o falsa, o que corresponde a los hechos, correlando la teoría a los hechos. Nos permite hablar de una realidad distinta de la teoría. Esto es lo principal; es el pun-to fundamental para el realista. El realista quiere tener, sea una teoría sea una realidad o los hechos (no la llameis “realidad”, si no os gusta, llamadla sólo “los hechos”) que son diversos de la teoría acerca de estos hechos, y que él puede de un modo u otro confrontar con los hechos, para encontrar si se corresponde más o menos con ellos» (Conoscenza oggetti-va, cit., p. 416). La teoría de la verdad como correspondencia implica por lo tanto la aceptación del realismo, esto es, de una concepción que para Popper «no es ni demostrable ni confutable» (Ib., p. 64), pero que él en cualquier caso acepta porque a favor de ella hay argumentos que la con-vierten en la única hipótesis creible, «una conjetura a la cual no se ha opues-ta hasta ahora ninguna alternativa sensata» (Ib., p. 67). El problema fundamental de la teoría clásica de la verdad como co-rrespondencia entre posiciones y hechos es el de una adecuada explica- POPPER 633
ción de la noción intuitiva de “correspondencia”. ¿Qué se entiende por “correspondencia” entre proposiciones y hechos? Se trata para Popper de una cuestión que ha sido resuelta por primera vez de modo satisfacto-rio por Tarski, el cual con su rigurosa definición de verdad como corres-pondencia ha hecho posible la rehabilitación de la noción común de ver-dad, consiguiendo al mismo tiempo un fundamental resultado filosófico. ¿De qué modo pues es posible hablar sensatamente de “corresponden-cia”? Popper ha ofrecido una clara y simple explicación de cómo Tarski ha resuelto este problema. «Normalmente empleamos nuestro lenguaje para hablar de hechos; por ejemplo, para hablar del hecho de que aquí hay un gato que duerme. Si queremos definir la correspondencia entre proposiciones y estados de cosas tenemos necesidad de un lenguaje en el cual podamos hablar sea de proposiciones – o sea de ciertas confor-maciones lingüísticas – sea, también, de hechos. Siguiendo a Tarski lla-maremos “metalenguaje” a un lenguaje en el cual podamos hablar de conformaciones lingüísticas. Llamaremos “lenguaje objeto” al lengua-je del cual, y de cuyas estructuras, hablamos en el metalenguaje. Tarski llama “metalenguaje semántico” a un lenguaje en el cual podamos ha-blar no solamente de un lenguaje objeto sino, además de un lenguaje objeto también de hechos (como se hace en un lenguaje ordinario). Es claro que para definir la correspondencia entre proposiciones y hechos tenemos necesidad de un metalenguaje semántico. Por ejemplo, si como metalenguaje empleamos la lengua italiana, en ella podemos hablar de una proposición de la lengua inglesa, tomada como lenguaje objeto, como por ejemplo, “A cat is here asleep”. Podremos entoces decir en nuestro metalenguaje: “A cat is here asleep” corresponde al hecho si, y solo si, aquí hay un gato que duerme. Por lo tanto, si disponemos de un meta-lenguaje en el cual podemos no sólo hablar de proposiciones, sino tam-bién describir hechos como el dormir de un gato, aquí, entonces, llega a ser inmediatamente y banalmente evidente que y de qué modo es posi-ble hablar de la correspondencia entre proposiciones y hechos» (I due problemi fondamentali, cit., p. xxnt). Es de extrema importacia para Popper darse cuenta del hecho de que para saber qué significa “verdad” y en qué condiciones una proposición puede ser llamada verdadera no significa tener un criterio para decir si un determinado enunciado es verdadero. Esto, sin embargo, no convier-te en ilegítima o falta de sentido a nuestra verdad; solamente significa que la idea de verdad es una idea regulativa. Para dejar claro el sentido de la verdad como principio regulador de la investigación Popper recu-rre a una metáfora: «El status de la verdad entendida en sentido objeti-vo, como correspondencia con los hechos, con su rol de principio regu-lador, puede compararse al de una montaña cuya cumbre está normalmente envuelta por las nubes. Un escalador puede no sólo tener 634 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
dificultades para alcanzarla, sino también no darse cuenta de cuando llega, puesto que puede no conseguir diferenciar, en las nubes, entre la cumbre principal y un pico secundario. Esto, sin embargo, no pone en discusión la existencia objetiva de la cumbre; y si el escalador dice “dudo de haber alcanzado la verdadera cumbre”, él reconoce implícitamente, la existen-cia objetiva de ésta. La idea misma de error, o de duda (en la simple acepción usual) comporta el concepto de una verdad objetiva, que pode-mos ser incapaces de alcanzar. Por más que sea imposible al escalador darse cuenta de que ha alcanzado la cumbre, le será a menudo fácil dar-se cuenta de que no la ha alcanzado, o aún no); por ejemplo, en el mo-mento en que tiene que retroceder a causa de una pared que lo domina. Análogamente, hay casos en los cuales estamos del todo seguros de no haber alcanzado la verdad. Así, mientras la coherencia no es de por si un criterio de verdad, simplemente porque también los sistemas demos-trablemente coherentes pueden resultar de hecho falsos, la incoherencia sanciona la falsedad: si tenemos fortuna, podemos pues descubrir la fal-sedad de algunas teorías» (Congetture e confutazioni, cit., p. 388). La adopción de la perspectiva realista permite a Popper indicar como objetivo de la ciencia la búsqueda de explicaciones satisfactorias, o me-jor de explicaciones cada vez más satisfactorias. Pero ¿qué se entiende como explicación? (o “explicación causal”)? ¿En qué condiciones es sa-tisfactoria? Y ¿qué significa “más satisfactoria”? Una “explicación” es un conjunto de proposiciones, de las que una describe el estado de cosas a explicar (expiicandum) mientras las otras son proposiciones propiamente explicativas (explicans). Buscar una explicación significa descubrir el ex-plicans (ignoto) de un explicandum dado y asumido como verdadero: no tiene sentido, en efecto, buscar una explicación de un estado de cosas imaginario. Para que una explicación sea satisfactoria el explicans debe cumplir los siguientes requisitos: 1) debe implicar lógicamente al expli-candum; 2) debe tener consecuencias controlables independientemente, esto es, debe estar constituido por proposiciones universales controla-bles. Una explicación es tanto más satisfactoria cuantas más de estas pro-posiciones son controlables y cuanto más han resistido a los controles independientes a que han sido sometidos. Afirmar que es tarea de la cien-cia encontrar explicaciones cada vez más satisfactorias significa pues de-cir que es tarea de la ciencia proceder hacia teorías cada vez más ricas de contenido y cada vez más precisas, explicar aquello que ha sido acep-tado procedentemente como explicans satisfactorio. Popper en suma re-chaza la idea de una explicación última y sostiene que toda explicación puede ser explicada ulteriormente por una teoría de un más alto grado de universalidad, la cual nos permite sondear cada vez con mayor pro-fundidad la estructura del mundo. «Cada vez que procedemos a explicar una ley o una teoría conjetural con una nueva teoría conjetural de grado POPPER 635
de universalidad más alto, descubrimos más acerca del mundo, tratando de penetrar cada vez más a fondo en sus secretos. Y siempre que tene-mos éxito en la falsificación de una teoría de este tipo, hacemos un nue-vo descubrimiento importante. Estas falsificaciones son, en efecto, de la mayor importancia. Nos muestran lo inesperado; y nos aseguran que, aunque sean invenciones nuestras producidas por nosotros, ellas son sin embargo afirmaciones genuinas acerca del mundo; ellas pueden, en efecto, chocar con algo que no hemos hecho nunca» (Conoscenza oggettiva, cit., ps. 264-65). Aunque el objeto de la ciencia sea la verdad y aunque las teorías cien-tíficas puedan ser verdaderas, estas últimas – como sabemos – no pue-den ser demostradas verdaderas. Las teorías son y permanecen como hi-pótesis, nunca comprobables. Pero son falsificables. Entre comprobación y falsificación hay una fundamental asimetría, que consiste en el simple hecho de que «un conjunto finito de asertos de base, si son verdaderos, puede falsificar una ley universal: existe una condición bajo la cual di-cho conjunto podría falsificar una ley general, pero ninguna condición bajo la cual podría verificar una ley general» (Poscritto, I, cit., p. 201). Se trata para Popper de un fundamental hecho lógico debido a la forma lógica de las aserciones universales. «Estas, en efecto, nunca pueden ser verificadas de aserciones singulares, pero pueden resultar contradichas por aserciones singulares. En consecuencia es posible, por medio de in-ferencias puramente deductivas (con la ayuda del modus tollens de la ló-gica clásica), concluir de la verdad de aserciones singulares a la falsedad de aserciones universales. Un razonamiento tal, que concluye en la fal-sedad de aserciones universales, es el único tipo de inferencia estricta-mente deductiva que procede, por así decir, en la “dirección inductiva” ; esto es, de aserciones singulares a aserciones universales, por lo tanto, no pueden ser comprobadas pero pueden ser falsificadas; por esto son unilateralmente o parcialmente deducibles por razones lógicas: no son verificables, pero son, de un modo asimétrico, falsificables. Esto lleva a Popper a proponer la “falsificabilidad” empírica como criterio de demarcación, o sea como criterio que nos permite diferenciar las teorías de la ciencia empírica de las teorías no empíricas, sean éstas pseudocientíficas, precientíficas, metafísicas o lógicas y matemáticas. Se-gún tal criterio una teoría es falsificable si y sólo si hay por lo menos una aserción de base, una aserción observativa que describa un suceso lógicamente posible que esté en contradicción con ella. «Una teoría – escribe Popper – se llama “empírica” o “falsificable” cuando divide de un modo no ambiguo la clase de todas las aserciones-base posibles en dos sub-clases no vacías. Primero, la clase de todas aquellas aserciones-base con las cuales ¿s contradictoria (o que excluye, o prohibe) : llama-mos a esta clase la clase de los falsificadores potenciales de la teoría; se- 636 LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
gundo, la clase de las aserciones-base que ella no contradice (o que “per-mite”). Podemos formular más brevemente esta definición diciendo: una teoría es falsificable si la clase de sus falsificadores potenciales no es va-cía. Se puede añadir que una teoría que hace aserciones solamente acer-ca de sus falsificadores potenciales (afirma su falsedad). Acerca de sus aserciones-base “lícitas” no dice nada. En particular no dice que son ver-daderas» (Ib., p. 76). Es importante tener presente que la “falsificabilidad” como criterio de demarcación es un concepto puramente lógico, algo que tiene que ver exclusivamente con la relación lógica entre la teoría y la clase de los asertos-base. «Falsificabilidad en el sentido del criterio de demarcación no significa nada más que una relación lógica entre teoría en cuestión y la clase de los asertos de base, o la clase de los acontecimientos por ellos descubiertos: los falsificadores potenciales. La falsificabilidad es, por lo tanto, relativa a estas dos clases: si una de estas clases es dada; la falsificabilidad se convierte, entonces, en un asunto puramente lógico – el carácter lógico de la teoría en cuestión» (Poscritto, I, cit., ps. 10-11). Diferente de la falsificabilidad como posibilidad lógica de falsifica-ción, como posibilidad de que ciertas teorías estén en principio falsifica-das en cuanto tienen falsificadores potenciales, es, en cambio, la falsifi-cabilidad como posibilidad de que las teorías en cuestión estén efectivamente falsificadas, demostradas concluyentemente o definitiva-mente falsas. La falta de diferenciación entre estos dos diversos significados de “fal-sificabilidad” y la asunción de la falsificabilidad en el segundo significa-do están en la base de una radical crítica del criterio falsificacionista de demarcación. En efecto, ha sido resaltado que las teorías siempre pue-den estar inmunizadas por la falsificación con la consecuencia de que la falsificabilidad como criterio de demarcación resulta inaplicable. Ahora bien, para Popper es ciertamente verdad que no es nunca posible probar de un modo concluyente que las teorías son falsas – o que ninguna falsi-ficación mediante observaciones puede ser caracterizada como incierta dado que no existen pruebas empíricas definitivas – y que en este senti-do las teorías no son falsificables; pero también es verdad que la falsifi-cabilidad en el sentido de criterio de demarcación es una cuestión pura-mente lógica y no tiene nada que ver con la cuestión de si una falsificación puede ser efectuda realmente y si determinados resultados experimenta-les pueden ser aceptados o no como falsificaciones. Ni siquiera la máxi-ma inmunización de las teorías científicas puede, opina Popper, poner en peligro la falsificabilidad de que las teorías sean falsificadas. Y es pre-cisamente esta falsificabilidad lógica aquello que es importante a fines de la demarcación. En este sentido el criterio de falsificabilidad también es válido aunque Popper reconoce que, dada la posibilidad de inmuni- POPPER 637
zar las teorías con estratagemas convencionalísticas, una más adecuada caracterización de la ciencia empírica requiere que la falsificabilidad de las teorías sea garantizada por la decisión metodológica de no sustraer las teorías científicas a la falsificación, la cual, de todos modos, cohe-rentemente con el falibilismo, será siempre problemática y por lo tanto nunca cierta y definitiva. Según este punto de vista, pues, «un sistema debe ser considerado científico solamente si hace aserciones que pueden resultar en conflicto con las observaciones; y es, de hecho, controlado por intentos que dirigidos a producir tales conflictos, es decir por inten-tos conducidos para confutarlo» (Congetture e confutazione, cit., página 436).