La primera figura de mago es la de Juan Reuchlin o Capnion (como helenizó su nombre); llegó a la magia por medio de la cábala. Nacido e122 de febrero de 1455 en Pkorzheim y muerto en Tubinga en 1522. Reuchlin viajó por Italia, donde conoció a Pico de la Mirandola, el cual probablemente le encaminó hacia los estudios cabalísticos. Después enseñó las lenguas hebrea y gr'iega en Tubinga. Sus obras principales san: Capnion sive de verbo mirifico y De arte cabahstica. El hombre está situado entre dos mundos: el mundo sensible y el suprasensible; y así c'omo participa con el cuerpo del mundo sensible y con el alma del mundo suprasensible, su conocimiento se dirige al mismo tiempo al uno y al atro. Al conocimiento del mundo sensible el hombre llega por medio de los sentidos, la fantasía, el juicio y la razón. Al conocimiento del mundo suprasensible 1Íega por medio de la mente (me'ns). La mente es, pues, superior a la razón; es el ojo del alma para el mundo suprasensible; pero, así como el ojo corpóreo ve el sol v las cosas iluminadas por el sol únicamente por medio de la luz, de la m1smn manera la mente ve lo divino sólo por medio de la 1uz divina, que eneu¿rra l 10 FILOSOFIA MODERNA
inmediatamente en sí misma (De arte cab., III, fol. 52). Esta inmediata revelación de Dios a la mente es la fe, la cual es, por tanto, indispensable para el conocimiento del mundo sobrenatural y divino (De verbo mir., I; fol. 11 b). La razón no sirve para este fin y el procedimierito silogístico de que se vale, es insidioso y contrario, más que provechoso, para el conocimiento divino (De arte cab., I, fol. 24). Por esto, Reuchlin ve en la cábala, entendida como una ‘inmediata revelación divina, la única ciencia posible de la divinidad y el único camino para acercarse a ella. “La cábala‘, dice Reuchlin, es una teología simbólica en la cual no solamente las letras y los nombres, sino las mismas cosas son signos de las cosas.” (Ib., III, fol. 51 b.) El arte cabalístico es el medio para alcanzar el conocimiento de estos símbolos. Este arte eleva al hombre del mundo sensible al suprasensible; y, por la subordinación en que el primero se encuentra respecto al segundo, pone al hombre en disposición de obrar efectos milagrosos que llenan de estupor al vulgo. El cabalista es también un taumaturgo; y especialmente el nombre de Jesus le hace capaz de realizar milagros (De verbo mir., III, fol. 52). La condición necesaria y única es una fe muy intensa; puesto que no es el cabalista quien obra por sí mismo el milagro, sino Dios, que lo ejecuta por medio de el con la fuerza de aquel nombre milagroso (Ib., I, fol. 22). El carácter práctico de la magia se acentúa en Cornelio Agripa de Nettesheim, que nació en Colonia en 1486 y murió en Grenoble en 1535. En su obra fundamental, De occulta philosophia, Agripa, como Pico y Reuchlin y según la cábala, admite tres mundos: el mundo de los elementos, el mundo celeste y el mundo inteligible. Estos tres mundos están unidos entre sí de tal manera, que la virtud del mundo superior influye hasta los últimos grados del inferior, disipando poco a poco sus rayos; y, por su parte, los seres inferiores llegan por medio de los superiores hasta el mundo supremo. Así como una cuerda tendida, si es tocada en un punto en seguida vibra totalmente, de la misma manera el universo, si es tocado en uno de sus extremos, resuena también en el extremo opuesto (De occ. phil., I, 1 y 37). El camino de este influjo que liga a todo el universo y garantiza la acción recíproca de sus partes, es el espíritu, a través del cual el alma del mundo obra en todas las partes del universo visible (Ibid., I, 14). Ahora bien, el hombre está situado en el punto centr-al de los tres mundos y recoge en sí, come microcosmos, todo lo que está diseminado en las cosas (Ib., I, 33). Esta situación le permite conocer la fuerza espiritual que tiene atado al mundo y servirse de ella para ejecutar acciones milagrosas. Nace de esta manera la magia, que es la ciencia más alta y completa, porque somete al hombre iodas las potencias ocultas de la naturaleza (Ib., I, 1-2). La ciencia y el arte del mago se dirigen a los tres mundos: hay, por tanto, una magia natural, una magia celeste y una magia relip'osa o cerernonial. La primera enseña a servirse de las cosas corporales para efectuar acciones milagrosas, la segunda se vale de las fórmulas de la astronomía y de los influjos de los astros para obrar milagros; la tercera, por último, emplea con el mismo fin los seres celestiales y los demonios. En los últimos tiempos de su vida, Agripa acentuó el carácter místico de su especulación, y en el De vanitate et incertitudine scientiarum (1527), condena en bloque la ciencia, la considera como una verdadera peste del alma y señala la íe como único camino de salvación. Per'o, en realidad, permaneció fiel a la magia, que desde un
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principio había exaltado, defendiendo todavía su utilidad para la sabiduría; más aún, en 1533, dos años antes de su muerte, volvió a puUlicar el De occulta philosophia. Una de las más famosas figuras de magos, fue Teofrasto Paracelso. Su nombre era Felipe Bombast de Hohenheim, que cambió por el de Felipe Auréolo Teofrasto Paracelso. Nació el 10 de noviembre de 1493 en Einsiedeln, Suiza, y murió el 24 de septiembre de 1541 en Salzbutgo. Fue médico y cirujano, más aún, reformador de la inedicina en sentido ¿ágico. Teofrasto es un mago; pero ciertos imperativos que señala le convierten en precursor del método científico. El hombre ha sido creado para conocer las acciones milaposas de Dios y para ejecutar otras semejantes; su deber es, por tanto, la snvestigación. Pero la investigación debe unir la experiencia y la ciencia para alcanzar un conocimiento verdadero y seguro. La teoría y la práctica deben avanzar paralelamente y de común acuerdo, ya que la teoría no es más que una práctica especulativa y la práctica no es otra cosa que la teoría aplicada (De morb. caduc., I, p. 616). No se puede tener fe en un experimento sin ciencia; pero el que posee la ciencia además del experimento, sabe también por qué debe realizarse un fenómeno de una u otra manera y puede prever sus consecuencias (Labyr. med., 6). En la nueva ciencia, la consigna será investigación como unidad de teoría y de experimento. Pero esta investigación tiene en Teofrasto un carácter magico. El principio que debe guiarla es la correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos. Si gueremos conocer al hombre, esto es, el microcosm'os, debemos dirigirnos al macrocosmos, al mundo. La medicina que tiene por objeto conocer al hombre, para conservarle la salud y librarlo de enfermedades, debe fundarse en todas las ciencias que estudian la naturaleza del universo. Esta es la reforma de la medicina que Teofrasto intentó y que, si por un lado le atrajo el odio y las persecuciones de sus colegas medicos, por otro le puso en condiciones, según cuentan, de obrar prodigiosas curaciones. La medicina se funda en cuatro columnas, que son la teología, la filosofía, la astronomía y la alquimia. Todas estas ciencias tienen carácter mágico. La teología sirve al médico para emplear la influencia divina, que es aquella de la cual todo depende; la astrologia le sirve para usar los influjos celestes, de los cuales dependen las enfermedades y sus respectivas curaciones; la alquimia le sirve para conócer la quintaesencia de las cosas y aplicarla a la curación. El mago, con la fuerza de su fe y de su imapnación, e]erce en el espíritu de los hombres o el de la naturaleza un influjo que suscita energías desconocidas y escondidas y consigue de esta manera realizar cosas tenidas por imposibles (De phtl. occ., Il, p. 289). Del fiat' divino nació, en primer lugar, la materia primitiva (yliaster o hyaster), constituida por tres principios materiales (tres como la, Trinidad divina) : el mufre, la sal y el mercurio. Estos principios son las especies primipgnias de 4 materia, y de ellos se componen los cuatro elementos del mundo y en general todo cuerpo de la naturaleza (Afeteor., p. 72). La fuerza que mueve ¿os elementos es el espíritu animador o Archeus. Así como todas las cosas están compuestas de ios. tres elementos, de la misma manera que las fuerzas que las animan éstán constituidas por sus arcanos, esto es, por la actividad >nconsciente e instintiva del Archeus (Ib., p. 79 sigs.). La qurntaesencia es el ¿xtracto corpóreo de una cosz obtenida mediante el análisis artificial de la l l2 FILOSOFIA MODERNA
misma con separación del elemento dominante de los demás elementos que están mezclados en ella. La quintaesencia no es un quinto elemento, como indica su nombre, sino uno de los cuatro elementos‘,'y precisamente el que domina la constitución de la cosa y expresa su naturaleza fundamental. En ella están colocados los arcanos, esto es, la fuerza operante de un mineral, de una piedra preciosa o de una planta; y la medicma (que la conoce por la alquimia) debe servirse de ella para obtener la curación (De myster. nat., l, 4). En Italia, el tema de la simpatía universal de las cosas, que es el fundamento de la magia, fue tratado por Jerónimo Fracastoro (1483-1533), que fue médico, astrónomo y poeta. En su obra De sympathia et antipathia, explica el influjo universal recíproco de las cosas valiéndose de la doctrina de Empédocles sobre la atracción entre las cosas semejantes y la repugnancia entre las desemejantes. Pero para explicar la modalidad de este influjo, Fracastoro recurre a la doctrina atomista y al infiujo de los átamos. Da por sentado el principio aristotélico de que ninguna acción puede efectuarse smo por contacto; por esto, cuando las cosas semejantes no se tocan y no se mueven naturalmente la una hacia la otra, es necesario,. para explicar su simpatía, admitir que de una a otra hay un fiujo de corpúsculos que transmite la acción (Ib., 5). Una figura de médico mago que compite con la de Paracelso fue Jerónimo Cardano, nacido en Pavía en 1501 y profesor de medicina en Padua y Milán; murió en Roma el año 1571. En su autobiografía, De vita propria, se presenta a sí mismo como una personalidad excepcional y demoníaca y relaciona los sucesos de su vida con fuerzas ocultas y prodigiosas. Sus obras más notables son: De subtilitate (1552), De varietate rerum (1556) y Arcana aeternitatis (póstuma). Se trata de escritos desordenados y llenos de digresiones; una especie de enciclopedia sin ningún plan de unidad. Admite solamente tres elementos: el aire, el agua y la tierra, y niega que el fuego sea un elemento. Los principios de la generación son eI calor celeste y la humedad de la tierra; lo seco y lo frío solamente son privaciones. El calor celeste es el único principio vital universal. Este es el alma que da vida a todas las cosas del mundo, y el cauce de la simpatía universal que une todas las cosas naturales, desde los cuerpos celestes hasta 'en el grado más bajo del mundo corpóreo (De rerum variet., I, 1-2). El hombre es el grado más alto de las cosas terrestres. No es una especie animal, como los animales no son una especie de las plantas. Ha sido creado para un triple firi : conocer a Dios y las cosas divinas; servir de mediador entre lo divino y 1o terreno y, por último, dominar las cosas terrenas y servirse de ellas para su utilidad (De subt., XI, fol. 302). Para dichos fines le han sido dadas tres facultades: la mente para el conocimiento de lo divino, la razón para darle a conocer las cosas mortales y la mano para utilizar las cosas corporales. La mente está por encima de las potencias sensibles, es independiente de la materia y, por tanto, inmortal (De rerum variet., VIII, 40 sigs.). Sin embargo, la mente no es individual, sino única en todos los hombres : Cardano acepta en ‘ esto el averroísmo (Ib., VIII, 42). Fue pan observador de la naturaleza Juan Bautista de la Porta, nacido en Nápoles en 1535, muerto en 1615. Fue mago, autor de comedias y cultivador de la óptica, de tal manera que disputa a Galileo la prioridad en el RENACIMIENTO Y NATURALISMO 113
Jqscubrimiento del telescopio. En su obra principal, Magia naturalis sive de yniraculis rerum naturalium (1558), distingue la magia dsabólica, que se vale de las acciones de los espíritus inmundos, de la magia natural, que es, en ggmbio, el ápice del saber humano, la plenitud de la filosofía natural. Esta no traspasa los límites de las causas naturales, y las operaciones que realiza parecen maravillosas solamente porque sus causas permanecen ocultas (Mag. ¿t., I, 1). La obra es, en realidad, una colección desordenada de heéhos y transmutaciones milagrosas, que Porta rehúsa someter a la crítica con el pretexto de que “quienes no creen en los milagros de la naturaleza tienden a destruir toda filosofía” (Ib., pról.). El mismo amor por lo maravilloso empujó a Porta a fundar en Nápoles una “Academia de los secretos”, en la cual se podía entrar solamente a condición de comunicar algún maravilloso arcano, superior al alcance del vulgo. El se limita, por tanto, a agrupar .los fenómenos y casos milagrosos en tipos generales, como la simpatip y la antipatía, las acciones y reacciones de los cuatro elementos y las influencias de los astros, sin intentar dar una explicación de los mismos: por esto Campanella, aunque inspirándose en él, le reprocha (Del sentido de hs cosas, IV, 1) haber tratado la magia solamente desde el punto de vista histórico o descriptivo y quiso encontrar (como veremos en el § 384) el fundamento de la misma en la animación universal de las cosas. Se relaciona con Paracelso Juan Bautista Helmont, que nació en Bruselas en 1557 y murió en 1644. Helmont admite como elementos fundamentales solamente el agua y el aire, y excluye el fuego y la tierra : el agua constituye las cosas terrestres, el aire es la materia de los cielos. El agua está constituida por tres especies primigenias, que son la sal, el azufre y el mercurio. El espíritu vital o aura vital es la fuerza animada que mueve, anima y ordena los elementos. Este espíritu no obra ciegamente, sino en virtud de una idea o modelo, conforme al cual plasma las semillas o de las semillas desarrolla las cosas. Hay, además, una causa externa (causa excitans) que dispone la materia para la generación y facilita la acción del aura vital. La magia es, según Helmont, el arte de realizar milagros mediante el aura vital. Todas las cosas tienen entre sí una simpatía natural que condiciona su acción recíproca. Toda la naturaleza es magia y obra mágicamente. No hemos de maravillarnos de que el hombre, que es la imagen de Dios, esté también dotado de la fuerza mágica. Pero aunque acepta la magia, Helmont rechaza la astrología. Los astros no tienen ninguna influencia sobre la formación, las costumbres y los destinos de los hombres; no determinan ni inclinan a nada (De vita longa., 15, 12). Son, más bien, las señales de los acontecimientos que se verificarán en el futuro en el mundo sublunar; sin embargo, nb se puede sacar de ellos ninguna predicción cierta, ya que no influyen en tales acontecimientos. Concepciones semejantes a las expuestas se encuentran en la Philosophia mosaica del médico inglés Roberto Fludd (1574-1637), que estudio en Oxford, pero viajó mucho por Francia, Italia y Alemania. Como ya indica el título de la obra, su doctrina es de inspiración cabalística (la cábala se hacía remontar a Moisés). Fludd interpreta la creación a partir de la nada como a'eación de una materia originaria, que es la misma esencia de Dios; de manera que en Dios las cosas existen ab aeterno, no en su idealidad, sino en realidad indistinta e indeterminada (complicada, en el sentido de ll4 FILOSOFIA MODERNA
Cusano). La potencia y sabiduría de Dios están entre sí en la misma relación que la luz y las tinieblas. La sabiduría de Dios es Cristo, que es el principio operante de todas las cosas y la única causa eficiente del mundo. La lucha entre la luz- y las tinieblas determina la simpatía y la antipatía de todas las cosas naturales, porque se encuentra en todas ellas, aun en el hombre, microcosinos que reproduce la natúraleza del macrocosmos y está en reciprocidad de acción con él. Como los otros magos y cabalistas, Fludd admite tres partes del alma humana: la mente, el alma y el espíritu. La mente es la imagen de la palabra divina; el alma es la imagen de la mente, el espíritu es la imagen del alma y el cuerpo es la imagen del espíritu (Phil. mos., Il, 1-5).
376. LA FILOSOFIA NATURAL: TELESIO
La figura de Telesio señala un hito decisivo en la filosofía del Renacimiento. Por vez primera nace, por obra suya, un naturalismo riguroso, igualmente alejado de las viejas concepciones aristotélicas y de las quiméricas pretensiones de la magia, una concepción que no ve en la naturaleza otra cosa que fuerzas naturales y pretende explicarla con sus mismos principios. Bernardino Telesio nació en Cosenza en 1509, estudió en Padua y en 1565 se doctoró. En 1565 publicaba en Nápoles los dos primeros libros de la obra De rerum natura iuxta propria principia; pero sólo en 1585, tres años antes de su muerte, publicó esa obra completa en nueve libros, en la cual los dos primeros libros habían sido ampliados y rehechos. Murió en Cosenza, en octubre de 1588. Se había dedicado también a investigaciones particulares, encaminadas a explicar fenómenos naturales, como atestiguan varios de sus escritos breves, algunos de los cuales fueron publicados después de su muerte. (De terraemottbus, De colorum generatione, De mari, De cometis, De iride, Quod animal universum ab unica animae substantia gubernatur contra Galenum, De usu respirationis, De saporibus, De somnio, 1)e fulmine, Quae et quomodo febres faciunt, Solutiones Tbylesii). Estos escritos menores son importantes porque demuestran que el interés dominante de Telesio se dingía exclusivamente a los problemas naturales. El mismo se 'da cuenta de que su investigación debería llevarse mucho más allá del punto al que pudo llegar “para que los hombres no sólo lo puedan saber todo, sino también tener poder sobre todo” (De rer. nat., I, 17) ; y se excusa aduciendo que no ha podido hacer más por haberse visto obligado a filosofar solamente en los últimos tiempos de su vida y en medio de muchns impedimentos (que, a lo gue sabemos, fueron de carácter económico). No obstante, Telesio consiguio establecer con gran evidencia los principios de un nuevo naturalismo empírico. La naturaleza es un mundo por sí, que se rige por principios intnnsecos y excluye toda fuerza metafísica. Es completamente mdependiente de todo lo que el hombre puede imaginar y desear, se sustrae a todo arbitrio y debe ser admitida tal como es. Telesio no tiene otra pretensión que la de reconocer la desnuda objetividad de la naturaleza ; considera que las cosas mismas, cuando son observadas convenientemente, manifiestan su naturaleza y sus caracteres (Ib., proemio). Esta autonomía de la naturaleza es el fundamento de su método, que se RENACIMIENTO Y NATURALISMO ll5
puede llamar de reducción naturalista, porque tiende a encontrar ppr ppJpg partes el principio explicativo natural, excluyendo todos los demás precisamente de este modo nace su empirismo. El hombre, para conocer la naturaleza, no debe hacer otra cosa que hacer hablar, por decirlo así, a la naturaleza misma, confiándose a la revelación que ella hace de sí al hombre en cuanto es parte. de ella. El hombre puede conocer la naturaleza sólo en cuanto él mismo es naturaleza. De esto procede la preeminencia que la sensibilidad posee como medio de conocer: el hombre, como naturaleza, es sensibilidad. Por consiguiente, “lo que la naturaleza revela” y “lo que los sentidos atestiguan” coincide perfectamente. La sensibilidad no es otra cosa que la autorrevelación de la naturaleza a aquella parte de sí misma que es el hombre. Frente a esta actitud fundamental de Telesio, los resultados de su filosofía pasan a segundo término. El hilozoísmo que Telesio toma de los primeros físicos griegos es ya un límite de su actitucí. Esta le impide ir hasta el fondo de aquella autonomía del mundo natural, cpe solamente la ciencia de Galileo conseguirá establecer de un modo definitivo. Pero si la 'tienc-e de Galileo se separa completamente de los principios animistas establecidos por Telesio y que son comurres con las doctrinas mágicas de se tiempo, con todo parte del mismo supuesto de la autonomía del mundo natural y, por esto, emplea y fecunda la gran afirmación de Telesio.
377. TELESIO: LOS PRINCIPIOS GENERALES DE LA NATURALEZA
Al determinar los principios generales de la naturaleza, Telesio parte de una observación bastante sencilla: 'el sol es caliente, tenue y móvil; la tierra es fría, oscura, densa e inmóvil; el sol y la tierra son, pues, las sedes de dos principios agentes: El calor y el frío; el calor dilata, en efecto, las cosas y las hace más ligeras y aptas para el movimiento; el frío las condensa, las hace más pesadas y, por tanto, inmóviles. Calor y frío son principios incorpóreos; tienen, por consiguiente, necesidad de una masa corpórea que pueda sufrir la acción de uno u otro; esta masa corpórea, provista de mercia, es el tercer principio natural. Todos los fenómenos del mundo están determinados por las acciones opuestas del calor y del frío en la masa corpórea. Pero para que esta acción pueda verificarse, es menester que los dos principios agentes estén provistos de sensibilidad. En efecto, si se combaten entre sí, es necesario que perciban sus propias impresiones y las acciones del otro, y precisamente que cada uno perciba con placer las impresiones y las acciones por las cuales es favorecido y conservado, y con dolor las que puedan dañarlo o destruirlo. Todas las cosas dc Pa naturaleza, pues, están dotadas de sensibilidad. Pero no es necesario que todas estén provistas de los órganos de los seqtidos propios de los animales. Estos órganos son únicamente caminos y aberturas a través de las cuales las acciones de las cosas llegan más fácilmente a la sustancia sintiente; y si son necesarias a las animales, que estáh compuestos de partes diversas, no lo son para otros seres, que no están revestidos de partes protectoras (De r. n., I, 6). De los dos principios agentes, el calor es el verdadero principio activo; la tierra, en la cual actúa el frío, es más bien la materia originaria de los 116 FILOSOFIA MODERNA
seres producidos. Fuera del Sol y de la Tierra, no hay otros elementos originarios; Telesio niega que sean tales el agua y el aire (Ib., I, 12). Las dos naturalezas agentes bastan, según Telesio, para explicar los movimientos de los cuerpos, la vida y la sensibilidad de todos los seres naturales. Sería menester una investigación cuantitativa para determinar la cantidad de calor suficiente para producir determinados efectos. Telesio augura que otros puedan verificar tal experimentación, para hacer a los hombres no sólo sabios, sino también poderosos (Ibid., I, 17); y es significativo que haya advertido esta necesidad, aun afirmando no poder satisfacerla por su cuenta. Ciertamente su física cualitativa y animista hacía imposible satisfacerla. Pero su doctrina debía constituir la base de la ciencia de Galileo. En la exposición de los principios de su física, Telesio introduce la crítica de la física aristotélica. Esia crítica combate todos los puntos de la misma, aun los fundamentales. Aristóteles había considerado a Dios como el motor inmóvil del cielo. Telesio sostiene que la acción de Dios no puede ser restringida a explicar un hecho determinado o un determinado aspecto del universo. En cambio, debe ser considerado como absolutamente universal y presente en todos los aspectos del universo, como fundamento o garantia del orden que asegura la conservación de todas las cosas. Ninguna raza humana, ninguna especie animal, ningún ser natural podría conservarse a la larga sin la acción de, una potencia superior ; ya que los hombres, los animales y los hechos naturales se destruirían mutuamente por la lucha continua a que se abandonarían sin remedio, si no fuesen gobernados por un único ser, que proveyese a su supervivencia; por esto su conservación supone el gobierno de un ser omnipotente y perfecto (Ib., IV, 25). Dios, por tanto, no puede ser invocado como causa directa e inmediata de cualquier suceso natural; es simplemente el que garantiza el orden del universo. Y como tal, su acción se identifica con la de las fuerzas autónomas de la naturaleza. Telesio, por una parte, sostiene firmemente el principio de la autonomía de la naturaleza coritra la misma doctrina aristotelica del primer motor, en la cual ve como una derogación de tal principio; por otra parte, como hará Descartes, ve en la acción divina la garantía del memo orden natural.
378. TELESIO: EL HOMBRE COMO NATURALEZA Y COMO AI.MA INMORTAL
Telesio intentó la reducción natural de la vida intelectual y moral del hombre y puso esta reducción como fundamento y justificación del valor de una y otra vida. En realidad, en cuanto el hombre es parte o elemento d¿ 1a naturaleza, la naturaleza se revela al hombre, y el conocimiento humano está garantizado en su validez. De la misma manera, en cuanto el hombre es parte de la naturaleza, so conducta moral se relaciona con un principio autónomo y así la vida moral queda justificada en su valor. Ya hemos dicho que, según Telesio, todo conocimiento se reduce a la sensibilidad. Y de hecho el alma humana no es otra cosa que un producto natural, como el alma de los animales; es el espíritu producido por la semilla. Veremos después cómo el hombre está dotado, según Telesio, de un alma inmortal e infundida directamente por Dios; pero esta alma, que es el sujeto de la vida religiosa, no toma parte en la vida natural del hombre. La parte predominante, que se RENACIMIENTO Y NATURALISMO 117
refiere, en cambio, a la sensibilidad, se debe al hecho de que mediante ella el hombre se une a la naturaleza y por ella es, él mismo, naturaleza. En efecto, a través de la sehsibílidad, la acción de las cosas llega hasta el hombre. Esta acción se verifica por contacto, y por ello el tacto tiene prioridad sobre codos los otros sentidos, ya que es el único mcdio por el que se puede verificar una modificación del espíritu como consecuencia de la acción de las cosas externas (De rer. nat., VII, 8). Con todo, la sensación no se limita a la acción de las cosas externas ni a la modificación que produce en el espíritu: implica, además, la percepción (perceptio) que el espíritu tiene de ambas. Que el espíritu sea modificado por las cosas, no es un hecho que determine la sensación, si de tal modificación no se tiene conciencia. El sensismo de Telesio no es de ninguna manera materialismo. La percepción es la conciencia provocada ciertamente por la acción de la cosa y por la modificación que ella produce, pero no queda limitada a tales factores materiales (Ibid., VII, 3). La inteligencia se reduce a la sensibilidad entendida así. Integra y sustituye a la sensibilidad, que tiene siempre un campo de acción limitado. Y como no siempre se hallan presentes ante la sensibilidad todas las cualidades de una cosa, sino que muchas veces permanece ignorada u oculta alguna de ellas, el acto específico de la inteligencia consiste en percibir dicha cualidad, revelando su presencia, a pesar de que en aquel momento no aparecía manifiesta (Ib., VII, 3). Se trata de un acto de valoración o de recuerdo y, en consecuencia, supone también sensibilidad, aunque imyerfecta y analógica. La inteligencia no es, según Telesio, sino el sustituto mas o menos adecuado de la sensibilidad. Todos los principios de la ciencia no son otra cosa que generahzaciones de percepciones sensibles. Al trazar el círculo y el triángulo, la geometría no hace otra cosa que atribuirles a ellos y a sus especies lo que el sentido percibe como propio del círculo, del triángulo y de sus especies. Otras cualidades son, en cambio, postulados, porque no son diferentes de las que se perciben y no repugnan a las mismas, sino que, al contrario, son semejantes a ell@s y casi idénticas. Otros principios, los axiomas, proceden también directamente de los sentidos; los cuales, por ejemplo, nos atestiguan que el todo es mayor que la parte, y que dos cosas ipales a una tercera son iguales entre sí (Ib., VIII, 4). El valor de las matematicas, pues, se funda enteramente en la experiencia sensible. Telesio afirma, con todo, la superioridad de las ciencias que se relacionan más directamente con la experiencia. Las matemáticas,proceden por signos e indicios; pero, por ejemplo, que el calor haga evaporar el agua, no se conoce por señal alguna, sino por la misma naturaleza, esto es, por el ca'lor y el agua Percibidos y conocidos por los sentidos (Ib., VIII,. 5). No por esto son enos ciertas las matematicas; también ellas derivan sus principios de los sentidos o de la analogía con las cosas percibidas por los sentidos (Ibid., VIII, 5). Telesio reduce a principios puramente naturales la vida moral del hombre. ¿I bien supremo es la conservación del espíritu en el mundo. El hombre ¿ncuentra placer sólo en la medida en que puede verificar las acciones ¿¿cesarias para su conservación; el placer es el sentido de su conservación; el ¿¿¿or el sentido de su destrucción. Esto no implica que placer y dolor deben ¿¿¿ tomados como motivos de la acción maral. Entra en el orden del mundo, ll8 FILOSOFIA MODERNA
establecido y garantizado por Dios, que todo ser tienda a su conservación. La propia conservación es, pues, el fin moral supremo para el hombre; y una acción que sea necesaria para ella, debe ser ejecutada, aunque sea muy molesta, y debe ser tenida como buena mientras sirva para aquel fin (Ib., IX, 4). La valoració'n de las acciones respecto al fin de la conservación, es el fundamento dq la virtud. La medida que el hombre pone a las pasiones se . origina precisamente en la necesidad de evitar los excesos .que pueden debilitarlo o destruirlo: la misma virtud no es, pues, otra cosa que la condición necesaria para la conservación del hombre en el mundo (Ib., IX, 4). Las virtudes y los vicios no son, por esto, como quería Aristóteles, hábitos, sino facultades naturales que se refuerzan sólo por el ejercicio, porque las aquilata y las hace más puras (Ib., IX, 31). Telesio ha realizado así la reducción naturalista de toda la vida intelectual y moral del hombre. Ya se ha visto que la divinidad misma no es para Telesio un factor extranatural. Lo sería en el caso de que interviniera para detevrninar en la naturaleza un hecho cualquiera, que pudiera explicarse solamente en virtud de su intervención. Pero esio no sucede. Contra Aristóteles, excluye hasta la acción motriz directa de Dios. Dios no hace solamente aquello: Dios lo hace todo. Pero precisamente porque lo hace todo, su acción no está más presente en un lugar que en otro, y sólo es la condición suprema de la acción uniforine y normal de los principios naturales. En Dios, Telesio ve solamente (como después Descartes) el parantizador del orden y de la uniformidad de la naturaleza. Haz, con todo, un elemento que esta en la naturaleza, pero que no pertenece a la naturaleza; y es la vida religiosa del alma, la aspiración del hombre hacia lo trascendente. El sujeto de esta aspiración no puede ser el espíritu producido por la semilla, el alma que el hombre tiene en común con los otros animales y que en él se diferencia solamente por la mayor pureza y, por tanto, por la mayor eficiencia operativa. El sujeto de la vida religiosa es un alma creada e infundida directamente por Dios. La existencia de la misma no es un dato de fe, sino que puede ser conocido mediante razones puramente humanas. En efecto, el hombre aspira a conocer no solamente las cosas que sirven para su conservación, sino también la sustancia y las operaciones de los seres divinos y de Dios; Aspira, además, a un bien que está más allá de todo bien presente, y cree 'en una vida futura más feliz que ésta. Considera infelices a lo. malvados, aunque dispongan de bienes terrenales en abundancia, y tiene por felices solamente a los hombres buenos. Y, en fin, cree que en el más allá será restablecido el equilibrio moral que muchas veces no se realiza en el mundo', donde los me]ores sufren a veces y los peores tienen abundancia de bienes (Ib., V, 2). Esta alma divina es llamada por Telesio fonna sobreañadida : ella contribuye indudablemente a dar al alma humana aquella mayor pureza y facilidad de movimientos que es su característica frente al alma de los animales (Ib., VIII, 15). Pero Telesio no le reconoce ninguna función específica en la vida intelectual y moral del hombre. En el hombre no puede actuar sino a través del espíritu producto de la semilla, que es el único que le puede dar a conocer los movimientos de- las cosas percibidas y, mediante éstos, la misma naturaleza de las cosas. Y la misma vida moral no depende en nada de ella: tampoco el león puede sustraerse al peligro con la fuga, sino que va de buen grado al encuentro de la muerte, para no gENAClMIENTO Y NATURALISMO ll9
¿pggrarse tímido o degenerado (Ib., V, 40). La forma sobreañadida da, ¿¿ppro, al hombre la libertad que le es propia: la elección entre el bien ¿g¿ral y el bien sobrenatural ; y así constituye la característica original del hombre frente a todos los demás seres de la naturaleza. Por ello se ve que el reconocimiento del alma inmortal como forma sobreañadida no es en Telesio una concesión a las creencias religiosas, sino el reconocimiento de la originalidad de la existencia humana respecto al resto de la naturaleza; y así, el hombre, por su alma inmortal, no puede ser reducido a los demás entes de la naturaleza, lo sustrae al determinismo y lo eleva a la elección entre lo temporal y lo eterno. Este límite de la reducción naturalista no constituye una falta en el naturalismo de Telesio. En realidad, su sistema se desarrolla de manera que no exige adiciones o integraciones de orden metafísico. Las adiciones e integraciones que Telesio pide y desea de un modo expreso, lamentando no haberlas podido dar él mismo, son todas de orden físico. El interés de Telesio es científico más que filosófico. Su natural continuador es Galileo, a pesar de la diversidad de principios de que ambos se valieron. Bruno y Campanella representan, por tanto, una desviación de la orientación instaurada por Telesio, porque intentan el injerto de su riguroso naturalismo en el viejo tronco de la metafísica neoplatómca y mágica.
379. BRUNO: EL AMOR DE LA VIDA
Giordano Bruno vuelve, en efecto, al neoplatonismo y a la magia. Nació en 1548 en Nola. A los 15 años entró en la orden dominicana de Nápoles, donde, por sus excepcionales cualidades de memoria e ingenio, creció como un niño prodigio. Pero, a los 18 años, las primeras dudas sobre la verdad de la religión cristiana le pusieron en conflicto con el hmbiente eclesiástico, y algunos años después (1576) fue obligado a refugiarse, primero en Ginebra y después en Toulouse y París. Allí publicó, en 1582, su comedia Candelaio y su primer escrito filosófico, De umbris idearum, dedicado al reg Enrique III. Y allí tuvo sus primeros éxitos; pero no como filósofo, sino como maestro del arte luliana de la memoria, en la cual se inspira precisamente el De umbris. Desde París pasó en 1583 a Inglaterra, donde enseñó en Oxford y estuvo en relación con la corte de la reina Isabel. Pertenecen a este período los diálogos italianos y también algunos de los poemas latinos (el De immenso), que después terminó. Habiendo regresado a París, fue obligado a' marcharse por la hostílidad de los círculos aristotélicos, a los que había atacado ásperamente. Establecido en Alemania (1586), enseñó en Marburgo, Wittenberg y Francfort del Main, donde acabó sus poemas latinos. Después, ¿ceptó la invitación del patricio veneciano Juan Mocenigo, que deseaba ser ¿¿¿truido por él en el arte de la magia, y se trasladó a Venecia, creyéndose ¿¿guro ba¿o la protección de la República. Pero denunciado por Mocenigo, ¿¿e detenido el 23 de mayo de 1592 por la Inquisición de Venecia. Bruno se ¿ometió. Reconócía a la religión una cierta legitimidad como guía de la ¿¿nducta práctica, sobre todo de cuantos no pueden o no saben elevarse a la ¿¿¿¿sofía. La doctrina d'e la doble verdad, propia del averroísmo, que se ¿pºyaba durante el Renacimiento en el sentido aristocrático de la verdad, 120 FILOSOFIA MODERNA
considerada como patrimonio de los sabios, le sirvió de justificación frente a sí mismo. Pero en 1593 Bruno fue transferido a la Inquisición de Roma. Permaneció en la cárcel siete años. A las repetidas invitaciones de retractarse de sus doctrinas, opuso siempre su negativa, afirmando que no tenía nada de aue retractarse; 'y el 17 de febrero de 1600 fue quemado vivo en el Campo dei Fiori, en Rpma, sin haberse reconciliado con el Crucifijo, del cual, en los últimos momentos, apartó la mirada. Los escritos de Bruno pueden clasificarse de la manera siguiente: 1.º La comqdia Candelaio (1582). 2'º Escritos lulianos: De compendiosa architectura et complemento artis Lullii (1582); De lampade combinatoria lulliana (1587); De progressu et lampade venatoria logicorum (1587); Artificium perorandi (1587); Ansmadversiones circa lámpadem lullianam (1587); De specierum scrutinio (1588) ; Lampas triginta statuarum (1590 ó 91). 3.4 Escritos mnemotécnicos: De umbris idearum (1582); Ars memotiae (1582); Cantus circaeus (1582); Triginta sigillorum explicatio (1583); Sipllus sigillorum (1583) ; De imaginum compositione (1591). 4.º Escritos didácticos que exponen las doctrinas de otros pensadores: Figuratio Aristotelici physici auditus (1586); Acrotismus camoeracensis (1586) ; Dialogi duo de F. Mordentis prope divina adinventione (1586) ; CLX articuli adversus huius temporis mathematicos atque philosophos (1588). 5.º Escritos mágicos: De magia et theses de magia; De magia mathematica; De pnncipiis rerum, elementis et causis; Medicina lulliana; De vinculis (todos compuestos entre 1589 y 1591). 6.º Escritos de filosofía natural: La cena de le ceneri (1584) ; De la causa, principio et uno (1584); De l’infinito, universo e mondi (1584) ; Summa terminorum methaphysicorum (1591); De rninimo (1591; De monade (1591) ; De inmenso et innumerabilibus, (1591). 7.º Escritos morales: Lo spaccio della bestia trionfante (1584); Cabala del Cavallo Pegaseo con l’aggtunta dell’Asino Cillenico (1585) ; Degli eroici furori (1585). 8.º Escritos ocasionales: Oratio valedictoria, discurso pronunciado en Wittenberg en 1588; Oratio consolatoria, pronunciada en Helmstedt en 1589. A la vista de este cuadro, que no comprende los títulos de las obras perdidas (entre ellas un tratado Delle sette arti liberah), ya aparece clara la multiplicidad de asuntos que agitaron la mente de Bruno. Pero es, asimismo, evidente que sus múltiples preocupaciones tuvieron una nota fundamental que le es común: el amor a la vida en su potencia dionisíaca, en su infinita-expansión. Este amor a la vida le hizo insoportable el claustro, al que llamó en un soneto “prisión angosta y negra” (Opp. it., I, 285) y alento su odio inextinguible a todos aquellos pedanteg, gramáticos, académicos, aristotélicos, que hacían de la cultura un puro ejercicio libresco y apartaban la vista de la naturaleza y de la vida. El mismo amor a la vida le empujó a zepresentar en el Candelaio, con un realismo sin prejuicios, el ambiente ' napolitano donde había pasado su juventud; y así fustigo en la comedia a los ‘ pedantes, a los crédulos, a los intrigantes; pero sin humorismo rii despego, sino con una complacencia exasperada ante el espectáculo de la trivialidaa y .” de la miseria moral; lo cual sólo se explica por su afición a la realidad viva, RENACIMIENTO Y NATURALISMO 121
yea como sea. De este amor a la vida nace, en fin, su interés por la npturaleza, que no desembocó en él, como en Telesio, en un tranquilo naturalismo, sino que se exaltó en un ímpetu lírico y religioso que halló frecuentemente su expresión en forma poética. Bruno consideró y quiso la naturaleza como una realidad viva, animada, y en comprender esta znimación universal, en proyectar la vida a la infinitud del universo, cifró el fin más alto de su filosofar. De aquí nació su predilección por la magia, fundada precisamente en el supuesto del panpsiquismo universal, y quiso conguistar por asalto la naturaleza como se conquista un ser animado; de aqui la renuncia a la paciente y laboriosa investigación naturalista que Telesio había apuntado. De aquí, también, su predilección por la mnemotécnica o arte luliana, que tiene la preténsión de tomar al asalto el saber y la ciencia, de apoderarse del saber con artificios mnemotécnicos y de hacer progresar la ciencia con una técnica inventiva rápida y milagrosa, que rebasa a pasos agigantados la metódica y lenta investigación científica, El naturalismo de Bruno es en realidad una relgión de la naturaleza: ímpetu lírico, raptus mentis, contractio mentis, exaltacipn y furor heroico. Por esto se encuentra mejor en el simbolismo numérico de los neopitagóricos que en las matemáticas ciehtíficas; mejor en los inventos milagrosos y charlatanescos de un Fabricio Mordente que en las fórmulas rigurosas de Copérnico. La obra de Bruno señala un compás de espera en el desarrollo del naturalismo científico; pero realiza, de la manera más apasionada y potente, aquel amor a la naturaleza que fue indudablemente uno de los aspectos fundamentales del Renacimiento. Esto hace posible comprender la posición de Bruno respecto a la religión. Como sistema de creencias, la religión le parece repugnante y absurda. Reconoce su utilidad “para la educación de rudos pueblos que deben ser gobernados” (De l’inf., en Opp. it., I, 302); pero le niega todo valor. La religión es un conjunto de supersticiones directamente contrarias a la razón y a la naturaleza : pretende hacer creer que es vil y criminal lo que parece excelente a la razón; que la ley natural es una bellaquería; que la naturaleza y la divinidad no tienen el mismo fin; que la justicia natural y la divina son contrarias; gue la filosofía y la magia son locuras; que todo acto heroico es una cobardia y que la ignorancia es la ciencia más bella del mundo (Spaccio, en Opp. it., Il, 207-208). El Spaccio della bestia trionfante, i a Cabala del Cawllo Pegaseo, L’Asino Cillenico, están todos entretejidos en ¿ma feroz sátira anticristiana que no se detiene siquiera ante el misterio de la Encarnación del Verbo. Tampoco el cristianismo reformado, que Brueo había conocido directamente en Ginebra, en Inglaterra y Alemania, se salva de su condenación; más aún, le parece peor que el catolicismo, porque ni'ega 4. libertad y el valor de las buenas obras e introduce el tisma y la discordia entre los pueblos (Ib., Il, 89 y 95).
Pero frente a. esta reiigiosidad, de la que Bruno se 'surla-como de una “santa asnalidad” y que es directamente contraria a Ia naturaleza y a la ¿nvestigación racional, está la otra religiosidad, la de los “teologos”, esto es, ¿e los doctos, que en todo tiempo y en toda nación han buscado eÍ camino p¿ra llegar a Dios. Esta religiosidad es el mismo filosofar, tal como Bruno lo ¿¿tiende y practica. En sus conceptos y en si doctrina concuerdan, según ¿¿uno, los filósofos griegos, los orientales y i¿¿ ¿z istianos. Bruno hace suya 122 FILOSOFIA MODERNA RENACIMIENTO Y NATURALISMO 123 la idea dominante del Renaciiniento, expresada de la forma más rigurosa por Pico de la Mirandola (§ 357), de una sabiduría primitiva que, transmitida por Moisés, ha sido desarrollada, ampliada y aclarada por los filósofos, magos y teólogos del mundo oriental, del mundo clásico y del mundo cristiano. Admite, con todo, la posibilidad de que aquella ciencia primitiva pueda ser revisada en algunos puntos; ya que ‘nosotros somos más viejos y hemos vivido más que nuestros predecesores”, y a través del tiempo, el jwcio se va madurando, a menos que se renuncie a vivir en los años que nos corresponden y vivamos como muertos (Cena, en Op., I, 31-32). Pero juzga que este desarrollo histórico de la verdad es en realidad un renacer y un germinar de la verdad antigua (“son raíces podadas que germinan, son cosas antiguas que rebrotan, son verdades ocultas que se descubren”) (De l’inf., en Opp. it., I, 388) ; y se atiene con preferencia a los presocráticos, antes que a Aristóteles y Platón, como aquellos en los que puede hallarse un interés, más uro e inmediato, por la naturaleza. Y, en realidad, la naturaleza es el fin de a religiosidad y del filosofar de Bruno, el objeto de su ímpetu lírico, de 380. BRUNO: LA RELIGION DE LA NATURALEZA Bruno desarrolla desde el principio su investipción sobre el mundo natural, renunciando a toda especulación teológica. No se exige del filósofo natural, dice (Della causa, II, Opp. it., I, 175), que aduzca todas las causas y principios, sino solamente los fisicos, y de éstos los principales y propios. ’ Utilizando el principio neoplatónico de la trascendencia e mcognoscibilidad de Dios, rechaza la divinidad como tal del ámbito de sus investigaciones. No se puede llegar a Dios por sus efectos, de la misma manera que no se puede conocer a Apeles por sus estatuas. Dios está “sobre la estera de nuestra inteligencia”; y es más meritorio atenerse a la revelación que intentar conocerlo. Por esto “'consideramos que el principio y causa en cuanto a su vestigio, o es la misma naturaleza o, por lo menos, resplandece en el ámbito y seno de aquélla” (Ib., 177). Dios, en cuanto es objeto de filosofía, no es la sustancia trascendente de que habla la revelación, sino que es la naturaleza misma, en su principio inmanente. En este sentido, esto es, solamente como naturaleza, El es la causa y el principio del mundo: causa en el sentido de determinar las cosas que constituyen el mundo, permaneciendo distinto de ellas ; principio en el sentido de entrar a constituir el mismo ser de la cosas naturales. Per'o en todo caso no se distingue de la naturaleza: “La naturaleza es Dios mismo o es la virtud divina que se manifiesta en las mismas cosas” (Summa term. met., en Opp. lat., IV, 101). Como principio del mundo, Dios es el entendimiento universal, “que es la primera v principal facultad del alma y del mundo, la cual es forma universal de aqué1”. EL es el artífice interno de la naturaleza y es causa no sólo intrínseca, sino extrínseca de ella, ya que, aun obrando en la materia, no se multiplica con el multiplicarse de las cosas producidas. Dios no sólo anima e informa la naturaleza, sino que la dirige y gobierna. Bruno puede así afirmar la animación universal de las cosas y restablecer las antiguas doctrinas que hacen de la naturaleza un gigantesco animal. Y puesto que el alma es forma, El se sirve del concepto de materia y forma para justificar su panysiquismo. Tales conceptos están tomados de las doctrinas de Avicebron (vol. I, § 247) : hay una forma única y una única materia; la única forma es Dios como alma del mundo, la materia es el receptáculo de las formas, el substrato informe, que el entendimiento divino anima y plasma. La materia no es solamente corpórea, sino también incorpórea (como había. dicho Avicebrón), y no subsiste separadamente de la forma, de la misma manera que la forrna no subsiste separadamente de la materia. Pero esta conexión se convierte en Bruno (que en esto se opone explícitamente a Aristóteles) en unidad, más aún, en identidad. Las formas singulares de las.cosas nacen del seno de la materia que poco a poco las suscita y destruye: de manera que la materia es principio, activo, como ya había sido reconocido por David de Dinant (vol. I, § 21'9), el cual la había identificado con Dios. Por último, materia y forma resultan idénticas y constituyen una sola unidad, que es forma y materia, alma y cuerpo, acto y potencia. Esta unidad es el Universo. Bruno renueva esta conclusión de Parménides: el todo es una sustancia única e inmóvil que, como tal, no es ya forma ni materia, porque lo es todo, es lo máximo, el uno, el universo (De la causa I II y. V, en Opp. it., I, 223-247 ; Sig. sigil., en Opp. lat., II, 180). Los conceptos de materia y forma no sirven, pues, más que para justificar y fundar la identidad misma de 1,". naturaleza con Dios de la cual parte Bruno. Reconocida esta identid¿¿, puede emplear la especulación teologica de Cusano, transfiriendo al universo los caracteres que Cusano $Qbía atribuido a Dios. Para Cusano (§ 350) el universo es, en efecto, unidad e infinitud: pero unidad e infinitud contraída, esto es, que se determina e individualiza en una multitud de coses. Esta diferencia se esfuma y anula en Bruno, que desde el principio ha recha2ado a Dios como sustancia trascendente fuera del radio de su investigación, y se ha limitado a considerar a Dios únicamente como naturaleza, esto es, como principio inmanente. Puede entonces recurrir a la especulación de Cusano para determinar la naturaleza del Uno cosmológico d¿. Parménides; y en pnmer lugar, le quita lo que era precisamente una de sus características fundamentales, la finitud, para afirmar, con Cusano; su infinitud. Puede descubrir entonces en el Uno aquella coincidentia oppositorum qui' era la fórmula definitiva de Cusano. En el universo coinciden el máximo y el mínimo, el punto indivisible y el cuerpo divisible, el centro y la circunferencia; y de él se puede decir que el centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, o que la circunferencia está en todas y el centro en ninguna (De la causa, V, en Opp. it., 249-250). Con ¿odo, el atrjbuto íundamental del universo, que enciende y exalta el ímpetu líric¿ de Bruno y constituye el tema preferido de su obra, es la infinitud. A c!!a están dedicadas la Cena della ceneri, el De infinito universo e mondi, y entrc los poemas latinos el De immenso, que Bruno tiene como la cumbre y la conclusión de su trilogía latina (Opp. lat., I, 1, 196-97). La'defensa que hace Bruno en la Cena del sistema copernicano se basa estrictamente en la p¿sibilidad que este sistema ofrece de entender y afirmar la infinitud del ¿undo. Bruno se muestra totalmente indiferente a las ventajas científicas de hipótesis de Copérnico, y es bastante dudoso que haya entendido ¿¿rdaderamente la doctrina geométrica de Copérnico, de la cual, en la quinta FILOSOFIA MODERNA 124 RENACIMIENTO Y NATURALISMO. 125 parte del diálogo, da una interpretación sobremanera confusa. Lo¿ argumentos en favor del infinito aducidos por él en el De l’infinito no son nuevos; se remontan a Ockham (vol. l, § 320), al cual pertenece el areumento fundamental, ampliamente desarrollado por Bruno : que a la inFinita potencia de la Causa debe corresponder lo infinito del efecto. A esta predilección por lo infinito se debe el desprecio de Bruno por Aristóteles, que había sido sin dpda el más decidido y riguroso adversario del infinito real. Para Aristóteles, lo infinito significa, esencialmente, lo incompleto y, por consiguiente, supone ausencia de determinaciones precisas y de orden; y Bruno se detiene largamente en responder a los argumentos aristotélicos. La negación de un centro del mundo quita todo fundamento a la observación aristotélica de que en lo infinito no había un orden espacial, esto es, un centro, un alto y un bajo absolutos; como había visto Ockham y Cusano afirmó definitivamente, esto no vale como argumento contra la realidad del infinito, que se caracteriza precisamente por la imposibilidad de determinaciones espaciales absolutas. En el De tmmenso, Bruno se detiene en el postulado de toda la doctrina aristotélica, o sea, la imposibilidad de entender la perfección del mundo de otra manera que como fimtud. Perfecto, dice (De immenso, en Opp. lat., I, 1, 309), no es lo completo y cerrado en proporciones determinadas (certis numeris), sino lo que comprende innumerables mundos y, por consiguiente, todo género y toda especie, toda medida, todo orden y todo poder. En el De l’infinito (Ib., 298) había distinguido una doble infinitud: la de Dios, que está todo en todo el mundo y todo en cada una de las partes del mismo, y la del universo, que está todo en todo, pero no en cada parte. Paralelamente distingue en el De immenso una doble perfección: una en esencia, otra en imagen. La primera es la de Dios, como entendimiento del mundo al quepertenece la primera infinitud; la segunda, es la del inmenso simulacro corporeo de Dios, que es el mundo, al cual pertenece la segunda infinitud (Opp. lat., l, l, 312). De manera que la verdadera y más alta,perfección es la infinitud del entendimiento, esto es, del alma y de la vida, que Bruno considera que se extiende más allá de todo límite definido, a todos los innumerables mundos. Aquí está sin duda el nuevo impulso que transforma la infinita magnitud espacial en una infinita otencia 'de vida e inteligencia; y aquí reside el fundamento de la religión de o infinito, en la que se fundan para Bruno el amor a la vida y el interés por la naturaleza. 381. BRUNO: LA TEORIA DEL MINIMO Y DE LA MONADA A esta concepción rígidamente monista, para la cual todo se reduce a gn Dios-Naturaleza, que tiene al mismo tiempo los atributos del ser de Parménides y del Dios de Cusano, se le presenta, sin embargo, un problema crucial: ccómo se concilia la unidad inmutable del todo con la multiplicidad mudable de las cosas? En De la causa (Opp. it., I, 251) Bruno había distinguido el ser, que es el todo, de los modos de ser, que son las cosas: el universo comprende todo el ser y todos los modos de ser; cada cosa individual tiene todo el ser, pero no son todos los modos de ser. Pero esta distinción vuelve a plantear el problema : ccómo son posibles tantos modos
de ser, si el ser es uno e inmutable? “Profunda magia, dice 13runo en el mismo diálogo (Ib., 264), es saber sacar lo contrano, después de haber encontrado el punto de unión.” El punto de unión es, indudablemente, el Dios-Naturaleza; pero, cqué magia sabrá extraer de él la diversidad y la oposición de los modos individuales? A resolver este problema se dedican los dos poemas latinos de Bruno, el De triplici minimo et mensura y el De monade numero et figura. I.a relación recíproca entre estos dos poemas, que se presentan como la preparación del De inmenso, es aclarada por Bruno en el sentido de que el primero se vale del método matemático y el segundo del método (ut hcet) divino (Opp. lat., I, I, 197). Y en realidad el primero propone el problema de la conexión entre la unidad del todo y la multiplicidad de las cosas, desde el punto de vista humano; el segundo propone el mismo problema desde el punto de vista divino. El primero pretende mostrar el camino a través del cual el hombre, por la misma consideración de las cosas múltiples, puede alcanzar la unidad; el segundo pretende mostrar el proceso por el cual de la unidad divina se deriva la multiplicidad de las cosas. De esta manera, en efecto, los dos poemas se completan mutuamente y preparan la exaltación líricg de la infinitud del todo, que es el tema del De immenso. Es menester advertir seguidamente que el camino matemático propuesto por Bruno en el De minimo no tiene nada que ver con las matemáticas científicas. El presupuesto animista y mágico le impide apreciar en su valor aquel análisis cuantitativo, cuya exigencia, a pesar de todo, ya había advertido el mismo Telesio. Las matemáticas de que se vale son unas matemáticas cualitativas y fantásticas, unas matemáticas mágicas, que excluyen la medida numérica y niegan que se pueda conseguir una precisa determinación cuantitativa de los fenómenos naturales. Se trata más bien de la búsqueda del mínimo, que para Bruno es la sustancia de las cosas consideradas en su magnitud cualitativa. “El objeto y el fin de la naturaleza y del arte, esto es, la composición y la resolucion, a que tienden en el obrar y contemplar, nacen del mínimo, consisten en el mínimo y se reducen al mínimo.” (De min., I, 22, en Opp. lat., I, III, 140.) El mínimo es la materia o elemento de todo; es, al mismo tiempo, la causa eficiente, el fin y la, totalidad; es el punto en la magnitud de una o dos dimensiones, el átomo en los cuerpos, la mónada en los números. No hay una única especie del mínimo cualitativamente idéntica en todos los aspectos de la naturaleza. Hay tantos géneros de mínimo cuantos son esos aspectos ; hay una superficie mínima, un ángulo mínimo, un cuerpo mínimo, una razón mínima, una ciencia mínima, y así sucesivamente. Y todos estos mínimos tienen nombres diversos, pueden unirse y separarse, pero no se penetran ni se mezclan, sino que solamente se tocan (Ib., 176). Así, el punto es el mínimo de la superficie, el átomo el mínimo del cuerpo, el Sol el mínimo del sistema planetario, la Tierra es el mínimo de la octava esfera en la que está situada (Ib., 173-174). El mínimo es, pues, para Bruno, la unidad última y real, diferenciada cualitativamente, que permite entender, en primer lugar, la constitución de las cosas singulares, cada una de las cuales tiende a conservar su propio mínimo y así aspiran a un mismo fin; y en segundo lugar, la unificación de las cosas particulares tiende a formar especies y géneros cada vez más vastos hasta el ultimo y más común ser, que es el del universo (Ib., 126 FILOSOFIA MODERNA
271), El mínirgo es, de esta manera, el principio que permite entender la unidad de las cosas en su multiplicidad y su multiplicidad en su unidad; y responde, en la forma fantástica y aproximativa propia de Bruno, al problema crucial de su investigación cosmológica. En la última parte del De minimo, dedicada a la construcción y a la medida de las figuras geométricas, Bruno se sirve ' de las matemáticas concretas del salernitano Fabricio Mordente, que,. había conocido durante su segunda estancia en París (1585-1586) y que era inventor de un compás y de una regla de cálculo. Pero ni el invento de Mordente ni las investigaciones de Bruno tienen en verdad el más pequeño valor científico. El mínimo de Bruno, caracterizado como está por la diferencia cualitativa, no es susceptible de tratamiento matemático, y sólo tiene significado como intento de resolver, desde el punto de vista de la investigación humana, el problema de la relación entre la unidad de la naturaleza yla multiplicidad de las cosas. Si el De minimo expone el camino humano para llegar a comprender la relación entre el todo y las partes, el De monade, en cambio, expone el proceso divino por medio del cual se establece tal relación. El poema está fundado totalmente en aquel sipificado simbólico de los números y de las figuras geométricas que había sido tema preferido de los neopitagoricos y pasó después a los filosofemas de la magia renacentista. Tiende a hacer derivar todo el mundo natural de la década, esto es, de los primeros diez números, que a su vez derivan de la mónada, o sea de la unidad. De acuerdo con el supuesto fundamental del neoplatonismo, el Uno o Mónada se concibe como principio de todo. Uno es el infinito, una es la primera esencia, uno es el principio y la causa primera; uno es el mínimo indivisible del cual fluyen las especies naturales; uno es el sol en el macrocosmos y uno es el corazón en el microcosmos. El uno es representado por el círculo. Del uno brota la díada, de la misma manera que del movimiento del punto nace la línea. Y la díada constituye la estructura de otros aspectos fundamentales del universo. La bondad, al difundirse, crea el bien; la verdad, al propagarse, crea lo verdadero, y así se determina la díada de la esencia y del ser compuesto. Materia y forma constituyen una díada; díada es la potencia que puede ser activa y pasiva; el acto, que puede ser primero y segundo. Dos son las almas del hombre, la intelectiva y la sensible; y, en general, la díada constitgye todas las oposiciones que se encuentran en el dominio metafísico, físico y humano. La tríada, representada por el triángulo, constituye los tres principios de la unidad, de la verdad y de la bondad, de la cual nace la otra triada de la esencia, de la vida y del entendimiento, a la que siguen innumerables tríadas en el mundo físico y en el humano. La tétrada, que era sagrada para los pitagóricos, constituye el bien, el entendimiento, el amor y la belleza; las cuatro formas de conocimiento que Platón distinguía en la República, inteligible, pensable, sensible y oscuro; los cuatro elementos de la geometría: punto, línea, superficie y profundidad; así como los cuatro elementos que Bruno encuentra en el cielo, en el mundo intelectual, en el mundo espiritual y en el mundo sublunar. Análogamente procede Bruno a mostrar la presencia y acción de la péntada, de 1a héxada, de la héptada, de la óctada, de la enéada, y en fin de la década, estableciendo correspondencias simbólicas entre estos números y los aspectos fundamentales del mundo en su estructura metafísica, física y humana. Se RENACIMIENTO Y NATURALISMO 127
trata de correspondencias fantásticas, en las cuales los elementos del ggiverso metafísico son ordenados y enumerados más o menos arbitrariamente para hacerlos susceptibles de entrar en el sentido mágico de yno u otro número. Pero lo importante es la tendencia general del poema: reducir el universo a la estructura numérica para mostrar que su génesis depende de la mónada, que es el origen de todo número. Bruno ha querido demostrar con sus matemáticas simbólicas la procedencia del mundo del zno; y ha querido mostrar en acto esta derivación haciendo ver la multiplicación del uno y la articulación de las figuras correspondientes, en los sucesivos grados de la realidad natural. El carácter arbitrario y fantástico de esta derivación es evidente; pero es también evidente que Bruno ha querido con ella responder al problema que emergía de su filosofía de la naturaleza: conciliar la unidad del universo con la multiplicidad de sus modos de ser.
382. BRUNO: EL INFIMTO Y EL HOMBRE
El carácter fantástico de estos desarrollos de la especulación de Bruno, que hubieran debido y pretendido ser técnicos y responder a un problema especulativo preciso, confirma la naturaleza de toda la doctrina bruniana. La cual tiene sus raíces en una necesidad de expansión dionisíaca, en la voluntad de abrir ante el hombre las perspectivas más amplias y proyectar, más allá de todo horizonte cerrado, la vitalidad que el filosofo siente en sí mismo. Bruno no ha adoptado nunca la forma de un pensar cauteloso y crítico, a pesar de adverte sQ necesidad: filosofar significa para él luchar contra los límites y las estrecheces que apremian al hombre por todas partes para alcanzar una visión del mundo por medio de la cual el mismo mundo no sea ya un límite para el hombre, sino el campo de su libre expansión. La gnoseología de Bruno no obedece a la misma exigencia. Tomando su origen en el neoplatonismo, Bruno lo completa‘y modifica de acuerdo con aquella divinizacion de la naturaleza que es la meta última de su pensamiento. Es significativo que, enumerando en el De umbris idearum (Opp. lat., II, I, 48-49) los grados de la ascensión mística según Plotino, añada dos por su cuenta: la transformación de sí mismo en la realidad y la transformación de la realidad en sí mismo. El grado último del hombre es, pues, identificarse no con Dios, sino con la res, o sea con la realidad o la naturaleza. En el Sigillus sigillorum (Ib, II, II, 180) pone como el grado más alto,'.por encima de la sensibilidad de la imaginacion, de la razón y del entendimiento, la contractio mentis, por medio de la cual las actividades humanas se concentran y unifican, haciéndose aptas para comprender la unidad del lodo. Y ésta también es la finalidad del mens, último grado del conocimiento, en la Summa terminorurn metaphysicorum (Ib., I, IV, 32). Todo esto indica que, para Bruno, la última meta del conocimiento humano es la unión, lo más íntima posible, con la naturaleza en su sustancial unidad. Y éste es, en efecto, el significado del mito de Acteón, expuesto en el De gli eroici furori. Acteón, que consiguió contemplar a Diana desnuda, por lo que fue transformado en ciervo, convirtiéndose de cazador en caza, es el símbolo del alma humana que, yendo en busca de la naturaleza y llegando finalmente 128 FILOSOFIA MODERNA
a verla, se convierte ella misma en naturaleza. Y, en efecto, la naturaleza es la unidad a que todas las cosas se reducen en su sustancia. Quien, como Acteón, llega a conocerla, ve “la fuente de todos los números, de todas las especies, de todas las razones, que es la mónada, verdadera esencia del ser de todos; y si nO la ve en su esencia, en la absoluta luz, la ve en lo que engendra, qu< es semejante a ella, su imagen : porque de la mónada que es la divinidad, procede esta mónada que es la naturaleza, el universo, el mundo: donde se contempla y refleja, como el sol en la luna, mediante la cual ilumina, encontrándose él en el hemisferio de las sustancias intelectuales” (De gli eroici fur., Opp. it., Il, 473). El fin más alto de la especulación filosofica no es, pues, el éxtasis místico de Plotino, la unión con Dios, sino la visión mágica de la naturaleza en su unidad. Lo cual es expresado también por Bruno en el mismo diálogo con la alegoría de los ciegos, que simbolizan 1a incapacidad humana para alcanzar la verdad, los cuales recohran la vista y se consideran satisfechos cuando pueden por fin contemplar “la imagen del sumo bien en la tierra” (Ib., 515). PLora bien, esta identificación del hombre con la naturaleza, este hacerse naturaleza, es la meta última, no sólo de la vida teórica, sino también de la práctica. La naturaleza, esto es, Dios, obra con necesidad ineluctable. Una necesidad intrínseca repla la acción del Dios-Naturaleza, el cual no puede querer en ningún caso mas que lo mejor y, por tanto, no conoce la indecisión ni la elección (De l’inf., I, en Opp. it., I, 293; De imm., en Opp. lat., I, I, 246). Pero esto no quiere decir que Dios no obre libremente; significa más bien que en El necesidad y libertad se identifican; más aún, que El no obraría libremente en el caso de que no obrase como exige la necesidad de la naturaleza (De imm., Ib., 243). No se puede comparar la libertad perfecta de Dios con la imperfecta del hombre, y hacerla consistir solamente en la elección indiferente entre posibilidades distintas y contingentes. Esto sucede en el hombre solamente por el estado de ignorancia y de imperfección en que se encuentra, estado que le impide conocer lo mejor, o atenerse a ello conociéndolo. Si la libertad humana fuese perfecta, sería como la de Dios: coincidiría con la necesidad de la naturaleza (De imm., Ib., 246-247). Profundiza más en esta cuestión Bruno en su Spaccio. Aquí, anticipándose a la pregunta de cómo los ruegos de Júpiter pueden influir en los decretos del hado, que es inexorable, responde que el hado mismo quiere que se le ruegue hacer lo que ha decretado obrar. “Sin embargo, el hado quiere que, aunque el mismo Júpiter sepa que es inmutable, y que no puede ser sino que lo que debe ser y será, no de]e de llegar su destino por tales medios.” (Opp. it., I, 31). La verdadera libertad humana se identifica, pues, con la necesidad natural (con el hado) y consiste solamente en el reconocimiento y aceptación del mismo hado. La plegaria es muchas veces una señal de futuros efectos favorables y como la condición de estos efectos, ya que el hado manifiesta su necesidad en la voluntad misma de los hombres y no fuera de ella (Ib., 40-41). La verdadera libertad humana, como la divina, se identifica, por consiguiente, con la necesidad. La libertad que es contingencia y elección arbitraria, no es un don, sino solamente una consecuencia del estado de imperfección en que el hombre se encuentra respecto a Dios. El acento de la especulación de Bruno insiste, sin embargo, en lo que asemeja el hombre a Dios, y no en lo que le distingue de Dios. Bruno aprecia RENACIMIENTO Y NATURALISMO 129
y exalta en la condición humana lo que empuja al hombre a igualarse con la naturaleza de Dios. En la edad de oro, cuando el hombre vivía en ocio, no era más virtuoso que las bestias y quizás era incluso más estúpido que ¿uchas de ellas. La pobreza, la necesidad, las dificultades han agudizado su ingenio, le han hecho inventar las industrias y descubrir las artes; y siempre suscitan de las profundidades del entendimiento humano nuevos y maravillosos inventos. Sólo así el hombre es verdaderamente y sigue siendo “Dios de la naturaleza” (Spaccio, III, en Opp. it., Il, 152). Pero lo que exalta y diviniza sobre todo al hombre es el furor heroico: el ímpetu racional, por el cual el hombre, que ha conseguido el bien y lo bello, se desinteresa de lo que primeramente le tenía atado, y no tiende a otra cosa más quo a Dios. El poder intelectual del hombre no se satisface con una cosa finita, y tiende a la fuente misma de su sustancia, que es el infinito de la naturaleza y de Dios. Aquí reside la más alta dignidad del hombre, que no es absorbido ni aniquilado por el infinito natural, sino qpe puede comprenderlo, hacerlo suyo y reconocer en él la señal más cierta de su naturaleza divina.
383. CAMPANELLA: VIDA Y OBRAS
Si el naturalismo de Bruno es una religión dionisíaca del infinito, el naturalismo de Campanella es en realidad el fundamento de una teología política, o de una política teológica. Tomás Campanella nació en Stilo, Calabria, el 5 de septiembre de 1568. Entró en 1582 en la orden dominicana; pero su actividad de escritor le atrajo en seguida persecuciones y condenaciones. Hacia fines de 1591, fue encarcelado en Napoles por las opiniones contenidas en la Philosophia sensibus demonstrata que había publicado meses antes. Era en esta epoca un fervoroso telesiano; él mismo refirió por entonces (Syntagma de libris propriis, 1) que sobre el ataúd de Telesio puso una elegía, ya que nunca había podido hablar con él. Algunos meses después fue puesto en libertad (1592) con orden de volver a su provincia en el plazo de siete días; pero, desobedeciendo la orden, marchó a Roma, y luego a Florencia y Padua, donde se inscribió en la Universidad. En 1593 fue nuevamente encarcelado por herejía. Trasladado a Roma y torturado, fue puesto en libertad en 1595 y confinado en Santa Sabina, donde continuó su actividad de escritor, que no había interrumpido ni siquiera en la cárcel. Desyués de una nueva prisión y un nuevo proceso (1597) Campanella regreso en 1598 a Stilo. Allí urdió la conjuración que hubiera debido llevar a la práctica su ideal religioso-político: una repúbhca teocrática, de la cual él hubiera sido legislador y cabeza. Pero la conjuración ¿ue descubierta en 1599 y Campanella trasladado a Nápoles para ser mmetido a proceso. Para evitar la condena a muerte se fingió loco y sostuvo ¿u ficción pese a las más graves torturas (1601) ; merced a este recurso fue ¿¿ndenado a cadena perpetua (1602). Estuvo en la cárcel 'unos 27 años. Su ¿¿píritu indomable se templó en esta terrible prueba. Desde el fondo de su ¿¿ida lanzaba llamamientos y consejos a todos los reyes y príncipes de la ¿>ena, vaticinando la inminente renovación del mundo con la vuelta de éste ¿ una única religión y a un solo estado. Por convicción u oportunidad, 130 FJLOSOFIA MODERNA gENACIMIENTO Y NATURALISMO 131 mantuvo la tesis de que sólo la monarquía de España podía realizar la unificación política del género humano y encaminó a la defensa de esta tesis su actividad de escritor. No abandonó nunca esta actividad, ni aun en la “orrida fosa" del Castel Sant’Elmo, ni en la prisión más blanda de Castel dell’Ovo o Castel Nuovo. Frecuentemente vio cómo eran secqestrados o destruidos sus manuscritos, y otros se perdieron por haberlos confiado, con esperanza de que fueran publicados, a personas que le visitaban en la cárcel. Pero volvió a epcribir las obras perdidas, ronsiguió mantener correspondencia con varios sabios europeos y hacer publicar en Alemania alguna de sus obras. En 1626 fue puesto en libertad por el gobierno español y trasladado al Santo Oficio de Roma. Allí el papa Urbano VIII le autorizó a tener todo el palacio del Santo Oficio loco carceris (como cárcel) (1628) ; y Campanella comenzó a orientar sus esperanzas de renovación política, no hacia España, sino hacia Francia. De manera que, yuando en 1633 se descubrió en Nápoles una conjuración contra el Virrey, organizada por Tomás Pignatelli, discípulo de Campanella, éste no se sintió ya seguro en Roma. El embajador francés favoreció su f » ¿ Campanella se refugió en l'rancia (1634). Acogido benévolamente por el rey Luis XIII y dotado de una pensión, Campanella pudo pasar tranguilamente en París los últimos zños de su vida atendiendo a la publicacion de sus obras. Ya desde hacía iiempo las estrellas le habían anunciado que el eclipse del 1.º de junio de 1639 le sería fatal; no le valieron, cuando enfermó, los ritos mágicos en cuya eficacia siempre había creído, y el 21 de mayo de aquel año murió. El interés dominante de Campanella es uno solo: el teologicopolítico. Sin embargo, pueden dividirse sus obras en dos grupos: filosoficoteológico y políti<.o. El mismo Campanella nos ha dejado en el Syntagma de libris propriis et recta ratione studenti (una especie de guía para el estudio de la filosofía dictada en 1632 al francés Gabriel Naudé) un inventario de sus obr'as, indicando la ocasión y la época aproximada de su composición. Estudios recientes han ordenado y completado estas indicaciones, permitiendo orientarse en el desorden de los escritos de Campanella, que fueron casi todos rehechos varias veces por su autor. Escritos filosóficos: Philosopbia sensibus demonstrata, compuesta en 1589 y publicada en 1591. Compendium de rerum natura, compuesto en 1595 i, publicado en 1617. Del senso delle cose e della majia, compuesto en 1604, traducido al latín y publicado en Francfort en 162C. Apologia pro C.iilileo, compuesta en 1616 y publicada en 1622. Philosopbia realis, publicada en Francfort en 1623, comprende: escritos de física, entre los cuales es notable sobre todo el Epilogo magno, compuesto, en su disposición definitiva, entre 1604 y 1609; los Aforismi polittci, compuestos antes de 1606; la Citta del sole, compuesta hacia 1602, luego revisada y después traducida al latín, y Ías Quaestiones fisiológicas, morales y políncas, compuestas antes de 1613. Astroíogicorum libn UII, compuestos en 1613 y publicado's en 1629. Atheismus triumphatus, compuesto en 1605 y puhlicado en 1631. De medicina, compuesto en 1609 y publicado en 1635. De gentilismo non retinendo, compuesto en 1609-10 y publicado en 1636. De praedestinatione, compuesto en 1628 y publicado en 1636. Pbilosophia rationalis, publicada en 1638, comprende la Poetica, la Rhetorica y la Dialectica, escritos que fueron reformados diversas veces. Afetaphysica, uno de los escritos fundamentales, fue completado después de larga elagpggqjpg en 1623 y publicado en 1638. Quod reminiscentur, compuesto hacia 1615. Theologia obra vastísima en 30 libros que fue empezada en 1613 y ha quedado inédita. Escritos políticos: Discorsi sui Paesi Bassi, compuesto en 1594-95 y publicado en 1617. Aionarchia di Spagna, compuesto en 1600 y publicado en 1620, en versión alemana. Aforismi politict, ya mencionados. Citta del zole, ya mencionada. Monarchia del messia, compuesto en 1605 y publicado en 1633 en traducción latina. Discorsi della liberta e della felice suggestione allo stato ecclesiastico, compuesto en 1627 y publicado en 1633. Discorsi ai principi d’Italia, compuesto en 1607. Antiveneti, compuesto en 1606. Campanella es también autor de Poesías (compuestas en su júventud y en – los primeros años de su permanencia en la carcel), que no son poesías filosóficas en el sentido de ser (como las de Bruno) expresión versificada de su filosofía, sino poesía auténtica, o sea, realización de una ac'titud ¿uya fundamental. En ellas Campanella alcanza la conciencia de su cometido, de su misión en el mundo. Haciendo votos a Dios para ser libertado de la prisión, dice (Poesie, edic. Gentile, p. 135) : Si me libras, hacer escuela te prometo De todas las naciones A Dios libertador, veraz y vivo, Si a tan alto pensamiento no es indigno El fin a que me espoleas: Abatir los ídolos, privar de culto A todo Dios ficticio, Y a quien se sirve de Dios, y a Dios no sirve; Tremolar el estandarte y k enseña de la razón Contra el vicio cobarde; Llamar a libertad las almas esclavas, Humillar a las protervas. Ni a. las moradas envilecidas Por el rayo o la bestia, cantar nuevas canciones, Por lo cual Sión languidece; Haré del cielo tempEo y altar de las estrellas. La realización de la unidad religiosa del género humano aparece a Campanella como el fin fundamental de su vida y es la promesa que hace a Dios como voto por su liberación. En un soneto nos aclara la naturalqza política de este fin y lo enlaza estrechamente con las bases de su filosofía (Poesie, p. 18) : Fo nací para debelar los tres mayores males: Timnía, sofismas, hipocresía. Por ello me doy cuenta con qué armonía Potencia, prudencia, amor me enseñó Temis. Estos principios son verdaderos y supremos De la gran filosofía descubierta. Remedio contra la triple mentira, 132 FILOSOFIA MODERNA Bajo la cual llorando, ioh mundo!, gimes. Carestías, guenas, pestes, envidia, engaños, Injusticia, lujuria, pereza, desdén, Todos están sometidos a aquellos tres grandes males, Que en el ciego amor propio, hijo digno De la ignorancia, tienen su raíz y fundamento. Por esto vengo yo a arrancar la ignorancia.
Potencia, 'pruden‘cik y amor, como veremos, son las tres primicias, esto es, los principios metafisicos del ser; su descubrimiento equivale para Campanella a la destrucción de la tiranía de los sofismas y de la hipocresía, y, por consiguiente, de todos los males que de ellos derivan en el mundo. El ' poder de liberación y de elevación de su filosofía se afirma así claramente. La filosofía, para Campanella, tenía que ser la palanca para realizar una reforma política que ehminase los males del mundo y restaurase en él la justicia y la paz. Y tal fue en realidad la inquietud dominante de toda la obra de Campanella. La cual se desarrolla gradualmente desde la física a la metafísica, de la metafísica a la teología, para poner la teología como fundamento de la unidad religiosa del género humano y de su unificación pol ítica.
384. CAMPANELLA: FISICA Y MAGIA
El punto de partida de Campanella es la física de Telesio. Pero aun confirmando los fundamentos de esta física con un gran número de observaciones particulares y desordenadas, Campanella se separa pronto de ella para buscar complementos mágicos y metafísicos que son completamente extraños al espíritu de su fundador. Así, el Del senso delle cose e della magia toma }os principios de la física telesiana, sólo con objeto de demostrar aquella'universal animación de las cosas que es fundamento de la teoría y de la práctica de la magia. Y el Epilogo magno entretejió de nuevo toda la trama del De rerum natura de Telesio transformándolo en una especie de cosmogonía teológica, que ya no tiene por fin esclarecer los principios autónomos de la naturaleza, sino el de referir estos principios a proposiciones teológicas. A pesar de su juvenil entusiasmo por Telesio y su constante fidelidad a la letra de su física, Campanella, se mueve en una esfera de intereses que no tienen ya relación con los que animaban la obra de Telesio. Telesio rechaza toda fuerza mágica, metafísica y teológica en sus explicaciones naturalistas: su finalidad es comprender la naturaleza en el orden que le es propicio, y sólo ve en Dios el garantizador de este orden.' Campanella ve en la naturaleza la estatua e imagen de Dios y, en las fuerzas que 1a agiian, el campo de acción de los encantamientos y de los milagros de los magos. No tiene ningún interés científico. No quiere comprender la naturaleza, sino tomarla por asalto, y dominarla. Cree en la astrología, sobre la cual escribió una obra; y piensa que la astrología confirma su vaticinio del inminente regreso del mundo a una unidad religiosa y política (Ath. triumph., 14, 27; Quod reminis., I, 2, a. 3). Y si defiende la obra de Galileo RENACIMIENTO Y NATURALISMO 133
(en la Apologia pro Galileo), lo hace sólo desde un punto de vista teológico q intenta demostrar que la doctrina de Galileo esta más conforme con las gagradas Escrituras que la contraria.
De los principios del naturalismo telesiano, Campanella deduce jpmediatamente la universal sensibilidad de las cosas. Puesto gue todos los seres, aun los animales y los hombres están formados por las dos naturalezas agentes, el calor y el frío, y por la masa corpórea, y puesto que los animales y los hombres están dotados de sensibilidad, es necesario que las mismas naturalezas agentes y la masa corpórea sientan también. El efecto debe encontrarse en la causa de la que procede : si los animales sienten, es señal que sienten también los elementos o principios de que están constituidos (Del senso, I, 1). Campanella sostiene, por tanto, que nada hay carente de sensibilidad: ni la materia, ni el cielo, ni las estrellas, ni las plantas, ni las piedras y los metales, y ni siquiera los otros elementos constitutivos del mundo. La sensibilidad que todos estos seres poseen es debida a un espíritu caliente y sutil que anima la masa corpórea y que también es corpóreo (Ib., Il, 4). Pero como el hombre, además del alma corpórea, tiene otra infundida por Dios por media de la cual ejecuta las acciones más excelentes, aunque se sirva para ello, como de eficaz instrumento, del espíritu corpóreo (Ib., II, 27; Epil., III, 14), de la misma manera, el mundo tiene en su totalidad un alma que es el instrumento directo de Dios y que dirige todas las operaciones (Ib., Il, 32). El alma del mundo determina el consenso de las cosas naturalés entre sí, porque las dispone todas a un único fin y, así, las une a pesar de su desemejanza (Ib., III, 14). Por esto, Campanella no sólo no niega la causa final, smo que le otorga la primacía sobre las otras y considera las causas físicas – el calor, el fno, la materia, el lugar – como simples.medios para llegar al fin (Epit., III, 1, av. a). De ese consenso se sirve la magia para efectuar sus acciones milagrosas. La magia es sabiduría a la vez práctica y especulativa, porque “aplica lo que pretende a las obras útiles para el género humano” (Del senso., IV, 1). Campanella distingue una magia divina, que obra en virtud de la gracia divina, .como la de Moisés y la de otros profetas inspirados por Dios; una magia natural, que es' la de las estrellas, la de la medicina y la de la física, y que saca de la religión la confianza propia del que espera el favor de esta ciencia; y una magia diabólica, que obra por acción del demonio y consigue hacer cosas que parecen milagrosas a quien no las entiende. La magia divina no exige mucha ciencia porque está fundada en el amor y fe en Dios. La magia natural, en cambio, hace intervenir todas las ciencias y artes, y Camyanella cree que pocas cosas san imposibles para ella. Pero para él es tambien magia obrar sobre’.los hombres y sobre sus pasiones; por lo cual son “magos segundos los oradores y poetas” (Ib., IV, 12) ; pero es mayor mago el legislador, porque “la acción mágica más pande en el hombre es dar leyes a los hombres" (rb.;iv, iP). La expresión máxima de la fidelidad de Campanella a la física de Telesio ¿s la supremacía del conocimiento sensible, supremacía que Campanella ¿ostuvo siempre desde la primera a la última de sus obras. “La sabiduría, ¿>ce (Ib., II, 30), es el conocimiento cierto de cada cosa, internamente, sin ¿¿das.” Ahora bien, el nombre mismo de la sabiduría deriva de los sabores ¿¿1 gusto, que es el único entre los sentidos que no se limita a percibir las ¿alidades extrínsecas de la cosa, sino que, triturándola y asimilándola,. 134 FILOSOFIA MODERNA
percibe su naturaleza física intrínseca. Es, pues, sabiduría por excelencia la que está fundada en los sentidos, los cuales son los únicos que pueden comprobar, corregir o refutar cualquier conocimiento incierto. Así, los antípodas, que fueron negados por San Agustín y otros autores antiguos, han quedado 3emostrados realmente por Cristóbal Colón con la experiencia sensible. “El.¿entido da certeza, y no requiere prueba, porque él mismo es prueba; pero la razón es conocimiento incierto, porque exige pruebas; y cuando se aduce la prueba y la causa, se toma otra sensación cierta.” Pero esta reducción de todo el conocimiento a la sensibilidad, plantea el p-oblema que abre paso de la física a la metafísica. La sensibilidad es, en efecto, siempre conocimiento de las cosas exteriores; ccómo puede el alma, si todo conocimiento es sensibilidad, conocerse a sí rnisma? “Lo que me hacía admirar, dice Campanella (Ib., II, 30), es cómo el alma se desconoce a sí misma y lo que ella hace.” Y, en realidad, el alma no puede desconocerse a sí misma: es menester, pues, fundar la sensibilidad externa en la sensibilidad que el alma tiene de sí misma; tal es el problema que Campanella aborda en la Afetafísica.
385. CAMPANELLA: LA AUTOCONCIENCIA
Campanella divide su Metafísica en tres partes : la primera, dedicada a los principios del saber; la segunda, a los principios del ser; la tercera, a los pr!ncipios del obrar. Comienza su tratado reproduciendo el desarrollo del pensamiento de San Agustín en su libro Contra Académicos (vol. I, § 160): 1a misma duda supone una verdad que está fuera de toda duda. “Sabio es, dice (pet., l, 2 a. 1), aquel a quien las cosas le saben (sapiunt) tal como son, y saber es percibir las cosas tal como ellas son.” El escéptico que sabe que no sabe nada, reconoce al menos esta yerdad y, así, presupone que hay un saber y una certeza fundada en principios universales que están más allá de toda duda. Estos principios, o nociones comunes, proceden algunos del interior del alma, de una facultad innata; otros del exterior, por consentimiento universal de todos los seres o de todos los hombres. El principio más cierto de la primera especie es que nosotros existimos y podemos, sabemos y quererqos. El principio más cierto de la segunda especie es que nosotros somos a!guna cosa y no todo; podemos, sal5emos, queremos alguna cosa, y no todo o de todas las maneras. Por esto, cuando nos dirigimos a las cosas particulares y singulares, y del conocimiento de nuestra presencia a nosotros mismos, pasamos al conocimiento objetivo, comienza la 1ncertidumbre: el alma se aparta del conocimiento de sí, para contemplar los objetos, que no se le manifiestan nunca total y distintamente, sino sólo parcialmente y de manera confusa. “Nosotros podemos, sabemos y RENACIMIENTO Y NATURALISMO 135
qgggemos cosas diferentes de nosotros mismos, porque podemos, sabemos y ¿pz queremos a nosotros mismos : del mismo modo que yo puedo levantar ¿p peso de 50 sextercios, porque puedo levantarme a mí mismo, que me he cargado con aquel peso, y de la misma manera que siento el calor, porque ¿e he calentado, y amo la luz porque me gusta estar iluminado por la luz.” (Ib., I, 2 a. 5.) En otras palabras, el conocimiento de las cosas exteriores presupone el conocimiento que el alma tiene de sí misma. Debe haber un conocimiento innato de sí (notitia sui ipsius innata, Ib., VI, 8 a.,l), un autoconocimiento originario, en el que reside la posibilidad del conocimiento de todas las demás cosas. P,uesto que la sensación .proviene de la asimilación del sujeto cognoscente a la cosa conocida, y es, como tal, una pasión del alma, esto es, una modificación que el alma recibe del exterior, esta modificación sería extraña al alma si el conocimiento de la misma no fuera esencial al alma y no constituyera su ser. “Nosotros decimos, escribe Campanella (Ib., VI, 8 a. 4), que el alma y todos los demás seres se conocen originariamente y de manera esencial a si mismos; mientras conocen de un modo secundario y accidental todas las demás cosas, en cuanto se conocen a sí mismos como cambiados y hechos semejantes a las cosas por las cuales son cambiados. El espíritu que siente, no siente, por tanto, el calor, sino que en primer lugar se siente a sí mismo; siente el calor a través de sí mismo, en cuanto cambia por el calor y siente el cuerpo en cuanto es substrato del calor que es su objeto.”
Esta doctrina reproduce y amplía la de Telesio. Telesio, en efecto, no había reducido la sensación a la acción de las cosas o a la modificación producida en el espíritu por las cosas; y había, en cambio, identificado la sensación con la percepcsón que el espiritu tiene tanto de la acción de las cosas como de la modificación producida en él por esta acción. “Queda, pues, decía en conclusión (De rer. natura, VII, 3), que el sentido sea la percepción de las acciones de las cosas, de los impulsos del aire y de las propias pasiones, de las propias modificaciones- y de los propios movimientos; y, sobre todo, de estos últimos. En efecto, el sentido percibe aquellas acciones sólo en cuanto percibe que está influido, modificado y movido por ellas.” Pero esta doctrma, que había sído definida por Telesio, en el plano de un puro análisis natural del conocimiento, la lleva Campanella al plano metafísico. La autoconciencia no es propia solamente del alma, sino de todos los seres naturales, en cuanto dotados de sensibilidad. “Hay una sabiduría doble en las cosas, dice Campanella en la Theologia (I, 11, a. 1) : una innata, por la cual ellas saben que existen y por la cual les place el ser y les desplace el no ser, y esta sabiduría es esencial, de manera que no se puede perder sin perder también el ser. La otra adquirida (illata), por la cual ¿ienten las cosas externas porque son modificables por ellas y hechas ’emejantes a las mismas. Por tar.to, cualquier cosa se siente a sí misma de por sí y, como suele decirse, esencialmente, mientras que siente las otras ¿ccidentalmente, esto es, en cuanto se hace semejante a las cosas por las ¿ales es modificada, modificada tanto en el sentido de ser destruida, como ¿¿ontece cuando es alejada del propio ser y padece dolor, como en el ¿¿ntido de ser perfeccionada, como cuando es conservada y restituida a su ¿¿tegridad por la sensación de cosas afines y favorables, y entonces ¿xperimenta placer.” La primera especie de sabiduría, el conocimiento 136 FILOSOFIA MODERNA
innato, es propia de todas las cosas; pero en las cosas y en los hombres queda disrrunuida o impedida por los conocimientos adquiridos. “En Dios, que carece de todo conocimiento adquirido, conserva, en cambio, toda su potencia.” (Theologia, ibi.). La Metaphysica de Campanella fue publicada en París en 1638; pero había sido compuesta, después de una larga elaboración, en 1623. En 1637 Descartes hybía publicado su Discurso delMétodo. Se ha afirmado muchas veces la comparación entre la autoconciencia de Campanella y el cogito de Descartes. En realidad los rasgos más destacados de la teoría de Campanella indicah claramente su extensión y sus límites. Sirve únicamente para fundamentar la posibilidad del conocimiento sensible y carece del significado idealista que algunos intérpretes modernos han querido ver en ella. Es ajeno a Campanella la problemático de la realidad, que constituye el rasgo fundamental de la teoría de Descartes. La realidad y la cognoscibilidad de las cosas exteriores no son un problema para Campanella, como lo serán para Descartes; la realidad se presupone de tal manera que la autoconciencia se atribuye no sólo al hombre, sino a todos los seres naturales, como su elemento constitutivo. Por esto la autoconciencia no es pensamiento (como en Descartes), sino sentido, sensus sui: no caracteriza la existencia específica del hombre como sujeto pensante que se propone el problema de una realidad distinta de sí mismo, sino que expresa la constitución de todo ser natural como tal, que no puede obrar sensiblemente o recibir sensiblemente las acciones de los demas, sin sentirse a sí mismo. Para Descartes la autoconciencia es el hombre como tal; para Campanella la autoconciencia es tanto el hombre como Dios, como el ser más ínfimo de la naturaleza. Además, la autoconciencia ha perdido en Campanella el carácter de interioridad espiritual que tenía en San Agustín, para quien era el principio de la indagacion que el alma dirige hacia sí misma. Se puede decir que en San Agustín la autoconciencia había sido el principio de una metafísica espiritualista; en Campanella es el principio de una metafísica naturalista y en Descartes es el prmcipio de un ideahsmo problemático. Pero sólo en la forma que tomó en Descartes, la autoconciencia podía convertirse en el principio de la filosofía moderna, como indagación dirigida al hombre en su subjetwidad, en el carácter específico de su existencia en el-mundo.
386. CAMPANELLA: LA METAFISICA
Hemos- dicho que la autoconciencia es para Campanella el principio de una rnetafísica naturalista. En efecto, sobre ella se fundan las determinaciones esenciales de la realidad natural. Tales determinaciones se revelan precisamente por la autoconciencia: somos conscientes de poder, de saber y de amar y debemps admitir que la esencia de todas las cosas está constituida exactamente por estas tres primacías: el poder (potentia), el saber (sapientia) y el amor (amor) (Afet., VI, proem.). Cada cosa existe, en cuanto puede, ya que solamente es, en cuanto puede ser. El poder ser es, pues, la condición del ser y de la acción de todas las cosas (Ib., VI, 5, a. 1). La segunda piimacía, el saber (saber de sí o de otro), entra igualmente como constitutivo de la esencia de todas las cosas. En efecto, no sólo los animales RENACIMIENTO Y NATURALISMO 137
y fp$ plantas, sino también las cosas inanimadas, como se ha visto, sienten; y en esta sensibilidad se funda la concordancia universal de todas las cosas, la ¿monía que rige el mundo (Ib., VI, 7, a. 1). En cuanto a la tercera pr>macía, el amor, es evidente que pertenece a todos los seres, porque todos aman su ser y des'ean conservarlo (Ib., VI, 10, a. 1). En cada una de estas prjmacías la relación del ser consigo mismo precede a su relación con lo demás: se puede ejercer una fuerza sobre otro ser, sólo en cuanto se la ejerce gpbre sí mismo, del mismo modo que se puede conocer y amar otro ser, sólo en cuanto cada uno se conoce y ama a sí mismo (Ib., II, 5, l, a. 13). Pero todas las cosas que conocemos son finitas y limitadas y como tales compuestas no sólo de ser, sino también de no-ser (Ib., IV, 3, a. 1). Así como hay tres primacías del ser, así también hay tres primacías del no-ser : la impotencia, la ignorancia y el odio. También estas tres primacías entran a formar parte de las cosas finitas; las cuales, por ello, no pueden to,do lo que es posible, no conocen todo lo que es cognoscible, y no aman solame‘nte, sino que también odia'n: y precisamente por esto son finitas (Ib., VI, proem.). Pero la finitud de las cosas compuestas de' ser y de no-ser presupone la infinitud de un ser que excluya el no-ser y sea puro ser. Lo que está restringido a una esencia limitada y determinada y excluye de sus límites todo otro ser, no es el ser primero; antes bien, depende del ser. El ser primero es el que excluye toda limitación, que es ilimitado e infinito y no conoce ni principio ni fin. Este ser es Dios (Ib., VI, 2, a, 1). A Dios no se llega solamente por medio de esta clase de consideraciones demostrativas. El también se manifiesta inmediatamente por aquel conocimiento innato y escondido (innata et abdita), por el cual cada ser sabe que es y ama su ser y su autor. Si Dios no es por sí conocido por el conocimiento adquirido, es siempre conocido y amado en virtud del conocimiento innato. El conocimiento adquirido sólo puede llegar a Dios por medio del razonamiento, partiendo de las cosas sensib1es; pero el conocimiento innato lo atestigua inmediatamente y fuera de toda duda (Theolog., I, 2, a. 1). Lo atestigua, además, en su esencia, ya que así como nos revela las tres primacías de las cosas, nos revela también las tres primacías de Dios. Como cualquier otro ser, Dios es potencia, sabiduría y amor (Met., VI, 11, a. 4). Pero en El, la potencia no implica ninguna impotencia, la sabiduría ninguna ignorancia y el amor ninguna desviación, del bien. Las tres primacías son en El infinitas, como es infimto el ser de que está constituido (Ib., VI, proem). Con todo, ni en Dios ni en las criaturas estas primacías están separadas, ni son diversas, ni tampoco se confunden o se unifican. Campanella admite entre ellas la distinción formal de que habla Duns Escoto (vol. I, § 305), que no es una distinción de razón ni una distinción real, que excluye la pluralidad numérica y garantiza la unidad de ser (Theol., I, 3, a. 12).
Dios crea las cosas de la nada y la nada entra a formar parte de las cosas, no por obra efectiva de Dios, sino en virtud de su permiso. Creando al hombre, Dios no le niega positivamente el ser de la piedra o deJ asno, sino que permite y consiente que él no sea al mismo tiempo piedra y asno, y de esta forma permite, en cierto modo, que el no ser forme parte de él. En su ¿abiduría Dios se vale tanto del no-ser como del ser, porque hace servir la limitación propia de las criaturas para su ordenada disposición en el universo 138 FILOSOFIA MODERNA l (hfet., VI, 3, a. 2). Por medio de las tres primacías Dios crea el mundo y también lo conserva y gobierna. En efecto, de ellas se originan tres grandes influjos, que son: la necesidad, el hado y la armonía. La necesidad procede de la absoluta potencia de Dios, y por ella ninguna cosa puede ser u obrar diversamente de cómo prescribe su naturaieza. El bado procede de la absoluta sabiduría de Dios y se identifica con la serie de las causas naturales. La armonía procede del absoluto amor de Dios y por ella cada cosa se dirige a su propio fin y todas al fin supremo (Met.,'IX, 1; Theol., I, 17, a. 1). Lo opuesto a la necesidad es la contingencia; lo contrario del hado es el azar; lo opuesto a la armonía es la fortuna: y estos contrarios se derivan no ya del ser, sino del no-ser, que entra a formar parte de las cosas finitas (hfet., IX, 1). ral.Ón y, por tanto, común a todos los pueblos y universal. Y, en realidad, en , ¿te punto la transacción no hubiera sido posible si el intento de Campanella ¿ra el de llevar a los hombres a la religión auténtica y reunirlos de esta manera en una única y universal comunidad. Aceptar una forma de religión imperfecta o al menos parcialmente falaz, hubiera sido una traición fatal a su misión de profeta. Esta misma misión le imponía, con todo, el deber de defender y preconizar una reforma del catolicismo: una reforma por medio de la cual el catolicismo tenía que haber vuelto a su naturaleza, tomándose a sí mismo como norma de su propia renovación. Y así, Campanella se vale del concepto cardinal del Renacimiento, la vuelta a los principios, para profetizar por una parte el retorno de todos los pueblos de la tierra, cualesquiera que sean sus creencias, al catolicismo, y por otra, el retorno del catolicismo a su verdadera naturaleza. El fundamento de este doble retorno es la religión natural. 387. CAMPANELLA: LA POLITICA RELIGIOSA La filosofía especulativa de Campanella, tanto física como metafísica o teológica, no es un fin en sí misma. Tiene por objeto solamente proporcionar fundamento teórico a una reforma religiosa que debería reunir a todo el linaje humano en una sola comunidad. Campanella es por temperamento y vocación un profeta religioso, para el cual la filosofía sirve como instrumento de renovación de la eonciencia religiosa del hombre. No se limita a anhelar este ideal de renovación, ni lo restringe al mundo de los doctos, como se había hecho durante el Renacimiento, sino que pretende promoverlo prácticamente y por todas partes, hallando e indicando el instrumento eficaz de su inmediata realización. Cuando en la Ciudad del Sol hubo diseñado el ideal períecto que su mente vislumbraba, se dedicó a trazar los caminos que podían conducir a su realización; y no se detuvo frente a transacciones inevitables. Preso en la cárcel por el gobierno español y condenado a cadena perpetua, señaló precisamente a la monarquía española como brazo secular que tenía que llevar al mundo a la unificación religiosa. Y entonces se dirig"ió a los príncipes de Italia para invitarles a favorecer aquella monarquía (Discurso a los príncipes de Italia, 1606-07); y se apoyaba la exhortación en el principio de que “es necesario seguir el partido que sea mejor, o que el destino presenta como menos malo” (Edic. D’Ancona, p. 46). Puesto en libertad y desengañado de las esperanzas que había puesto en España, diripióse, a Francia y esperó entonces de la monarquía francesa la realizacion de la unificación religiosa de los hombres, ansia suprema de sus pensamientos. Campanella creía, pues, posible que su reforma religiosa se convirtiera en una realidad; más aún, estaba convencido de su próxima realización. Aceptaba de antemano las transacciones que tal realización debía costar respecto a la pureza del ideal descrito en la Ciudad del Sol, precisamente porque se sentía legislador y profeta más que filósofo. Pero, si en el terreno político, esto es, en cuanto a la elección del brazo secular que debía realizar la reforma religiosa, estuvo dispuesto a transigir, no parece que haya habido transacción en la aceptacion y defensa del catolicismo, al cual creyó permanecer fiel desde el principio hasta el fin de su actividad. En efecto, siempre reconoció y defendió al catolicismo como religión auténtica, la religión natural, la única religiosidad conforme a la La prunera formulación del concepto de religión natural está en fa Ctudad del Sol. Allí se encuentra bosquejada la estructura de un estado idealmente perfecto, gobernado yor un príncipe sacerdote, llamado Sol o Metafísico, asistido por tres principes colaterales: Pon, Sin y Mor; esto es, Poder, Sabiduría y Amor, que son las tres primacías de la metafísica de Campanella. Las características de este Estado, en el cual todo está minuciosamente ordenado y predispuesto por hombres de ciencia, son la comunidad de bienes y de mujeres (según el modelo de Platón) y la religión natural. Los habitantes del Estado del Sol viven exclusivamenie según' la razón, esto es, según los dictados de la metafísica de Campanella : su religión se identifica con esta metafísica y se distingue del cristianismo por la falta de revelación, por consiguiente, del complernento sobrenatural a la enseñanza de la razón. “Aquí te admiras de que adoren a Dios en Trinidad, diciendo que es Sumo Poder, del cual procede la Suma Sabiduría, y de ambos, el Sumo Amor. Pero no conocen a las personas distintas y no las nombran como nosotros, porque no tuvieron revelación, pero saben que en Dios hay procedencia y relaciones de sí mismo a sí mismo; y, así, todas las cosas se componen de poder, sabiduría y amor, en cuanto tienen ser, y de impotencia, ignorancia y desamor, por cuanto dependen del no-ser.” (Edic. Bobbio, p. 106.) Que la pura investigación filosófica condujera a la trinidad, era un pensamiento bastante antiguo, que se encuentra, por ejemplo, en Abelardo (vol. l, § 209). En Campanella, este pensamiento conduce a concluir que el cristianismo “no añade nada a la ley natural fuera de los sacramentos”, y que, por esto, “la verdadera ley es la cristiana, y que, una vez quitados Íos abusos, será la señora del mundo” (Ib., p. 108). Se mantqvo fiel a esta conclusión a lo largo de toda la serie de obras posterior'es. Defendiendo en las Cuestiones sobre la mejor república (edición D’Ancona, p 289) los cogceptos de la Ciudad del Sol, afirma que ha querido en esta obra presentar una república no fundada por Dios, smo por lá filosofía y la azón humana, para demostrar que la verdad del Evangelio está conforme ¿on la naturaleza. La relipión natural está, pues, fundada en la razón y es ¿escubierta por la filosofia. Pero es una religión para los doctos, que no ¿ría capaz de promover la unidad espiritual del género humano. Y también ¿mperfecta, porque le falta un complemento sobrenatural y, por tanto, el ¿¿¿timonio de las profecías, de los milagros, de las gracias que dan fuerza 140 FILOSOFIA MODERNA RENACIMIENTO Y hlATURALISMO 141 exoansiva y vigor inconmovible a la religión revelada. A la religión natural se hubiera podido limitar un Campanella filósofo; pero no podía y no debía contentarse con ella un Campanella profeta. Y, en efecto, no vio en la religión natural más que la norma que permite probar el valor de las religiones históricas, escoger entre ellas la verdadera, ¿ustificarla en su verdad y volverla a conducir a su verdadero principio, suprimiendo los abusos. Por esto afirma ciertamente Campanella que la religión natural, que es la indiga o innata, es siempre verdadera, mientras que la adquirida y sobreañadida (addita) es imperfecta, y puede a veces ser falsa (Met., XVI, 3, a. 1) ; pero no considera posible que la religión innata pueda existir sin la adquirida y sobreañadida. La religión innata es propia de todos los seres que, teniendo su origen en Dios, tienden a volver a El; la religión adquinda es propia solamente de los hombres, y por esto es la única que implica mérito y valor moral (Met., XVI, 2, a. 1; Tbeol., VIII, 1, a. 2). Así como una norma no sirve sino para aquello de que es norma, de la misma manera la religión indita no vale sino en relación con la religión addita, de la cual es fundamento. Campanella debía, por lo tanto, mostrar en la religión indita el fundamento y la norma de todas las religiones positivas para promover el retorno del género humano, dividido en sectas religiosas diversas, a la única religión verJadera; pero, al mismo tiempo, debía reconocer esta religión ver3adera en una de las mismas religiones positivas y precisamente en la que mejor se adecuase a la religión natural. Tal fue, en efecto, el objeto que se propuso en el Atheismus trnmphatus y en el Quod reminiscentur. En la primera obra, que lleva por subtítulo Recognitio religionis universalis, pretende, en efecto, demostrar que la religión universal es la racional “inFundida en nosotros por Dios, comprobada por los filósofos y por las naciones, revelada a los profetas, y después publicada sobrenaturalmente por Dios e ilustrada por las gracias, por los verdaderos milagros, por las profecías y por la santidad” (pref.). Esta religión universal está fundada en la razón, a la cual creen conformarse todos los pueblos de la tierra y a la cual se conforman aun los seres inferiores de la naturaleza, aunque sea de una manera no expresa o implícita (Ath., 3, p. 23). Por esto, entre todas las religiones positivas, es menester escoger una que no sólo no repugna a la naturaleza, smo que la ayuda y la perfecciona (Ib., 10, p. 105) ; y tai es solamente la religión cristiana. “Toda ley, esto es, toda rehgión es razón o regla de razón; por consipiente, toda ley es participación o brillo de la primera Razón, de la Sabiduria de Dios, que es el Salvador, ya que Razón es 1a Sabiduría misma que gobierna y salva a todos los seres según el modo propio de cada uno.” (Ib., 10, p. 107.) Aquí Campanella aduce de nuevo el antiguo concepto de la patrística que identifica a Cristo con la razón universa1, y se sirve del mismo argumento para identificar la religión natural con el cristianismo. Las leyes positivas son especificaciones, explicaciones y' aplicaciones de la misma primera ley natural. Su variedad no es irracional y no aparta los pueblos de Dios,(Ib., p. 109). Basta, pues, qúe los pueblos tengan conciencia del único y verdadero fundamento de su religión, cualquiera que sea, para que se conviertan al cristianismo y pongan fin a la diversidad de las religiones y de los estados (Ib., p. 105). El Quod reminiscentur es un llamamiento a todos los pueblos de la tierra para que se decidan a este retorno. El título está tomado del Salmo 22: quod reminiscentur et convertentur ad Dominum universi fines gertgp¿ y zz rnspira en el principio fundamental de que “todas las cosas volverán a su principio”. Campanella declara que es inminente el retorno de todos los pueblos de la tierra a su principio, esto es, a la religión auténtica, al cristianismo genuino del catolicismo. Por esto, se dirige a los cristianos y a los no cristianos notificándoles los signos astrológicos y las profecías que indican el inminente retorno, para invitarlos a obrar en consecuencia. Y, en primer lugar, se dirige al Sumo Pontífice y todos los cristianos. “Yo os ruego, por el reino de los Santos, por la redención de Cristo, por la esperanza de la gloria futura, que nos acordemos de nuestro origen; y así sucederá que con nosotros todas las naciones se convertirán a Dios.” (Quod reminis., I, 4, a. 1.) E indica los remedios prácticos políticos que deben provocar o favorecer este retorno y, reformando las costumbres y [a práctica del catolicismo, suprimir toda posibilidad de abuso y llevarlo otra vez a su verdadera naturaleza. Es, por tanto, partidario de una reforma morgl del catolicismo, que, sin variar los dogmas ni la estructura jerárquicz de la Iglesia, la restituya al orden y sencillez del período patrístico, y, por consiguiente, a su capacidad de proselitismo y de difusión universal. Con esto Campanella se insertaba en los planes grandiosos de la Iglesia de la Contrarreforma y venía a justificar y defender la renovada fuerza de expansión de la Iglesia misma. Pero con todo esto se engañaría quien juzgase la posición de Campanella como un conformismo ortodoxo. El plan profético de Campanella coincidía ciertamente can el plan y con las exigencias de la Iglesia de la Contrarreforma; pero el motivo y la justificación de su plan no eran y no podían ser los de la Iglesia. Campanella acepta el catolicismo porque lo identifica con la religión natural; acepta la revelación porque sin las profécías y los milagros la religión no posee fuerza persuasiva ni capacidad de difusión universal. El último fundamento de la posición de Campanella es filosófico y naturalista, no religioso. Es el profeta de una religión que tiene su raíz en la naturaleza y en la razón critica; y aunque haga suyo el catolicismo, mira más allá de el hacia un fundamento natural y racional, no tradicional ni revelado, que es el único que puede justificar a sus ojos la tradición y la revelación. BIBLIOGRAFIA § 375. 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En el texto se cita la 2.¿ edic. de Gentile de las obras italianas y la edición nacional de las obras latinas. Sobre la vida de Bruno: Spampanato, Vita de G. B., 2 vols., Mesina, 1921. Un Bruno profeta religioso es presentado por Corsano en Il pensiero dí Giordano Bruno nel suo svolgirnento storico, Florencia, 1940. Una áspera crítica del pensamienco de Bruno, atribuido en sus características fundamentales a deficiencias psíquicas de Bruno, y, por tanto, limitado a observaciones puramente psicológicas, es el ensayo de Olschki, Giordano Bruno, Bari, 1927. En polémica implícita con Olschki está escrita la obra de Guzzo, titulada I dialogbi nel Bruno, Turín, 1932 ; L. Firpo, II processo di C;. B., Nápoles, 1949; D. Waley Singer, C. B., His Life and Thought, Nueva York, 1950. Del concepro ile la vqrdad como filia temporis (desarrollado con todo de una manera unilateral): Gentile, C;. lt, e il pensiero del rinascimento, Florencia, 1920. § 380. Que la exposición bruniana de hs docrrinas de Copérnico es confusa e incomprensihle por defecto de formación científica, fue advtrtido por Schiaparelli. § 381. Sobre las obras latinas: Tocco, Le opem latine di G. B. esposte e confrontate ron le italiane, Florencia, 1889; Lasswitz, Gesch.. der Atomistik, p. 395; Cassirer, (;ecib. ifes Erkenntnisproblems, I, pp. 368 sigs. § 382. Sobre las obras gnoseológicas y morales: Dilthey, Analisi dell’uomo, trad. italiana, pp. 66 ap.; Cassirer, individuo e cosmo, passim. § 383. Sobre h vida de Campanella: Amabile, Fra T. T., la sua congiura, i suoi processi e Iv sua pazxiu, 3 vols., Nápoles, 1882; Id., Fra T. C. ne’Castelli di Napoli in Roma ed in Parigi, 2 vols., Nápoles, 1887. Sobre los escritos: Firpo, Bibliografia degli scritti di T. C., Turín, 1940; Id., Ricercbe campanelliane, Florencia, 1947. Ediciones: Philosophia sensibus demonstrata, Nápoles, 1591; Compendium de rerum natmm, Francfort, 1617; Del senso delle cose e della magia, Francfort, 1620; París, 1636; París, 1637 (todas en la trad. latina); edic. del téxto italiano, bajo la revisión de Bruers, Bari, 1925; Pbúosophia realis, Francfart, 1623; Paris, 1637; Epúogo magno (texto italiano), edic. revisada por Ottaviano; Roma, 1939; Citta del sole (texto italiano y lat.), al cuidado de Bobbio, Turin, 1941 ; Astrologicorum libri VII, Lyon, 1629-30; Francfort, 1630; Atbeismus triumpbatus, Roma, 1631; París, 1636; De gentilismo non reetinendo, De praedestirwtione, en vol. con la obra anterior ; Pbilosopbia rationalis, París, 1638; Poetica (texto ital. y latino), al cuidado de Firpo, Roma, 1944; Merapbysica, París, 1638; Quod reminiscentur (las dos primeras de las cuatro partes), al cuidado de Amerio, Padua, 1939; Tbeologia, libro 1, revisión de Amerio, Milán, 1936, libros XXVII-XXVIIl, Roma, 1955; Discorso sui paesi bassi, Lyon, 1617, 1626 (texto lat.); texto ital., al cuidado p Firpo, Turín, 1945; Monarcbia di Spagna, Amsterdam, 1640, 1641, 1653; texto italiano en Opere di T. 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¿¿ymcción, juzgada como necesaria por el filósofo, que permaneció intimamente fiel al racionalismo, p¿a la realización práctica de su reforma religiosa. Una tesis análoga defiende Treves, La filosofiu política de T. C., Bari, 1930; Bobbio, en el prólogo de la edic. de la Citta del sole, vuelve a sostener en ggrla Ql crudeza la tesis de Amabik. A. Corsano, T. Campanella, Milán, 1944, se inclina también, yque con mucho equilibrio crítico, a la tesis de Amabile. En cambio, R Amerio, en numerosos ¿¿ ¡cglos, entre los cuales son notables especialmente Di alcune aporie dell’interpretaaione deistica qympgnelliana al lume degli inediti, en "Riv. di fil. neosc.", 1934, pp. 605 sigs.; lcL, Il problema esegetico fondamewtale del pensiero campanelliuno, en la misma revista, 1939, pp. 368 sigs., ha gogtenido la ortodoxia perfecta de Campanella, negando tanto la tesis del fingimiento comd la de la ¿ynsacción oportunista. Es difícil impugnar las conclusiones de Amerio, fundadas también en textos ¿ygitos de la Tbeologia, por lo que se refiere a la achesión convencida de Campanella al catoliciano, yy el cual reconocía sin más la religión nacural. La no ortodoxia de Campanella consiste solamente naturalismo metafísico. Este motivo excluye, con todo, cualcpier fingimiento o transacción pportunista y supone la íntima unidad de la postura filosáfica de Campanella